Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Issa Maria Benitez Dueñas

José Antonio Hernández-Díez

Galería Elba Benítez

A lo largo de su trayectoria, Hernández-Díez ha elaborado a través de objetos y materiales cotidianos una serie de construcciones con presencias casi fantasmagóricas difíciles de captar si no se presta atención a lo que el artista nos propone. Lo que en principio puede parecer vacuo (aquellas uñas de plástico gigante, por ejemplo) se convierte en un referente que desata todo tipo de asociaciones no precisamente fáciles de digerir (la clase de mujer que lleva las uñas así, y con ello, todo el contexto sociocultural en el que se desenvuelve). En este sentido, en su trabajo hay siempre un elemento perturbador que provoca cierta incomodidad en el espectador atento, pero que, sobre todo, lo salva de convertirse en una simple ocurrencia más o menos pertinente.

Exposición Individual: José Antonio Hernández-Díez — imagen 1
José Antonio Hernández-Díez. Vista general de la exposición, 2006.

Moverse en este límite es sin duda arriesgado, aún más si formalmente se recurre a medios como la instalación, que siempre puede leerse como una simple puesta en escena cuyo contenido se desplaza a la acción que pueda —o no— tener lugar ahí. Esta situación la ha salvado Hernández-Díez en más de una ocasión poniendo en juego su fascinación por las máquinas, cosa que hace también en Revoluciones por minuto. La nota de prensa describe cuatro instalaciones aunque cabe notar que estas cuatro construcciones mecanizadas hacen más referencia a la ausencia que a la ocupación espacial. No es gratuita la referencia que hace el crítico español Mariano Navarro a las máquinas solteras de Duchamp. Tres de las piezas que presenta en la muestra consisten en prendas de vestir conectadas a mecanismos más o menos sexuados en movimiento perpetuo. Ciertamente, hay una interpretación contemporánea, no necesariamente deliberada, de los Nueve moldes málicos del gran vidrio de Duchamp, que consistían en nueve trajes o uniformes de trabajo distintos y vacíos que formaban parte de todo el mecanismo imaginario inventado por Duchamp. En el caso de las prendas de Hernández-Diez, hay un juego entre la idea de uniforme —los vaqueros como la prenda más presente y común en la actualidad— y la subjetividad de su ausente portador, pues no se trata de unos vaqueros cualquiera. Hernández-Díez es muy claro al indicarnos que se trata de sus jodidos vaqueros: el título de la pieza es My fucking jeans. Éste es el elemento virtual que rompe o, más bien, que choca con toda la construcción mecánica que tira y tira y tira de los pantalones sin lograr arrancarlos del muro. Metafóricamente, es quizá el dueño de los vaqueros quien se encuentra atrapado en ese círculo de movimiento eterno o quien se siente jaleado una y otra vez por una fuerza que no cesa.

Más o menos es el mismo caso en Mi talón de Aquiles, en el que la máquina tira precisamente del talón de un calcetín, o en My fucking dreams, en el que una camisa estampada con estrellas parece querer escaparse volando del hilo que la retiene y que la une a la siempre presente máquina en movimiento. En ambos casos, quizá un punto más poéticos que la pieza anterior, la simplicidad de los objetos y de las construcciones —incluso los mecanismos son bastante escuetos y limpios— esconde un amplio abanico de interpretaciones y evocaciones. La sensación de extrañeza que provocan ya estaba presente, igualmente de manera muy sutil, en la serie de fotografías de zapatos deportivos formando nombres de grandes filósofos y pensadores. Lo que a primera instancia podía parecer una ocurrencia graciosa, también se presentaba como una especie de mensaje oculto generado por el choque total de los dos universos que colapsaban en estas simples acumulaciones de tenis. Lo mismo sucede aquí, pues hay una especie de contradicción fundamental entre un calcetín —objeto común, nimio, incluso denostado— y la brillante y precisa maquinaria que lo pone en movimiento. Pero no sólo eso, la referencia que hace el título, precisamente al talón de Aquiles, transforma ese triste calcetín sobre el muro en un objeto quizá indigno pero muy adecuado como metáfora del mito sobre la debilidad del semidios.

La última instalación en la muestra, La vida que mi mamá quería —una mesa-pedestal y encima de ella un vestido que se supone de noche y una maqueta de un automóvil que se supone de lujo—, se aleja de las tres anteriores al referirse de manera directa y lineal a la aspiración a un cierto estado de bienestar y de lujo pero que carece de la sutil tensión presente en las otras piezas.

El terreno por el que transita Hernández-Díez es, como ya he mencionado, arriesgado, y en esta breve muestra es posible comprobar tanto las virtudes como las deficiencias de su apuesta estética y conceptual. En cualquier caso, es un buen ejemplo de las luces y las sombras entre las que se debate el arte actual.

ISSA MARÍA BENÍTEZ

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