Deseo, culpa, pecado, perdón son algunas de las antinomias que informan la exposición Video, pasión y muerte, de José Alejandro Restrepo. La muestra está conformada por una serie de piezas dispuestas en el espacio casi como estaciones de un vía crucis. El recorrido se hace con una mezcla de sentimientos entre la devoción, el cuestionamiento, la decepción y la impotencia. A pesar de ser unidades autocontenidas y diferentes entre sí, todas las piezas están unidas por la tensión que se crea entre lo terrible y lo fascinante, el deseo por ver y luego el miedo a lo visto. Son una serie de videos, videoinstalaciones y fotografías que funcionan como variaciones sobre un mismo tema: el cuerpo como espacio discursivo, el espacio vulnerable y violentado, el espacio poseído y en éxtasis.
La investigación histórica y sociológica ha sido siempre una constante en el trabajo de José Alejandro Restrepo. Lleva ya unos años estudiando las tensiones y equivalencias que se pueden establecer entre las prácticas religiosas y las condiciones de vida bajo la violencia política. Como en la pieza del pasado, Salón Nacional de Artistas, José Alejandro Restrepo apela a la memoria cultural para hacer un análisis a partir de la descontextualización de la iconografía religiosa y política de Colombia.

La entrada a la galería bajo el ojo vigilante y amenazador de Dios establece el tono de lo que va a ser la visita. La penumbra, el sonido y la imagen se unen en la materialización de un espacio de devoción. Sin embargo, el visitante transformado acá en devoto se encuentra allí con un extraño objeto de adoración.
Empieza mirando la proyección del video de un luchador enmascarado recostado en posición fetal sobre una cama de gusanos de seda que se retuercen al igual que el luchador, conformando así una imagen que se desenvuelve entre la agonía y el sueño. Se encuentra después con lo que el artista denomina como una “apropiación” de un Divino Rostro que supuestamente apareció en la galería a la luz de unos velones. Esta “aparición” divina contrasta con el Dibujo de Dios hecho por un hombre en Quito y adquirido por el artista en 2003.
En los videos, Restrepo hace una elaboración en torno a la devoción en un país como Colombia. Utiliza imágenes mediáticas sacadas de noticieros y programas populares en los que se asume una actitud mesiánica, y las mezcla con videos casi documentales de prácticas religiosas. El video Sanadores (2004), por ejemplo, combina de una manera extraña imágenes de sacerdotes, sanadores, militares y personajes de la farándula bajo la presencia ominosa de un sonido amenazador. Esta combinación extraña es, de hecho, una estrategia, funciona como un dispositivo para sacar al espectador del lugar común en el que ha caído su percepción del conflicto armado.
El contacto que se tiene en Colombia con las víctimas de la violencia se da generalmente a través de los medios masivos de comunicación. Incluso para las víctimas directas del conflicto, el hecho violento se convierte en espectáculo, y dentro de esta lógica se banaliza. Lo que se nos presenta ya como normal es señalado y detenido por José Alejandro Restrepo, dándole un ritmo diferente al desarrollo de la escena, para introducir así el sentimiento de lo extraño. Algo no está bien en la imagen de una formación de soldados cantando villancicos. Algo se muestra fuera de lugar con la actitud mesiánica de Jorge Barón y su tradicional ofrenda de “agüita para mi gente”.
Sin embargo, no se trata de una exposición sobre el conflicto armado en Colombia, se trata de un señalamiento aún más profundo sobre la naturaleza humana y sus pulsiones vitales. Restrepo apela a sentimientos intuitivos, como la relación entre el erotismo y la muerte. En Exorcismo (2006), videoinstalación que incluye un video documental de una ceremonia de exorcismo y una estatua de san Juan Eudes que hace sombra estratégicamente sobre el rostro de la persona poseída, se hace una equivalencia entre el éxtasis religioso y el éxtasis sexual. Aquí, como en el resto de la exposición, la negación del cuerpo se convierte extrañamente en una práctica muy sensual. Ánima (2006), por ejemplo, muestra a santa Bárbara con un seno cercenado ardiendo en la hoguera, pero sigue siendo una imagen de una mujer en éxtasis alternada con la cara de dolor de una anciana que parece ser una de esas que estamos acostumbrados a ver en el noticiero.
Así, en la exposición Video, pasión y muerte el lugar de lo sagrado es el mismo de la transgresión, de la violencia hacia el cuerpo, de la afloración de la animalidad. Acá, la austeridad proclamada por la Iglesia desemboca irrevocablemente en el barroquismo de sus prácticas.
MARÍA CLARA BERNAL
