Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Tatiana Flores

Fernanda Brunet

Galería Ramis Barquet

Cuando recibí la tarjeta que anunciaba la nueva exposición de Fernanda Brunet en Ramis Barquet, quedé perpleja al ver una fotografía de lo que parecían ser flores comestibles en tonos pastel agrupadas sobre un avión. Como admiradora de las pinturas de Brunet, me preocupó la idea de que la artista hubiera abandonado su medio para dedicarse a la fotografía.

Mis temores resultaron infundados —en cierto modo. La artista no ha renunciado a la pintura pero sí ha empezado a explorar el terreno de la escultura. Lo que la tarjeta mostraba parecía un primer plano de una de sus nuevas esculturas, una representación autoestable, de tamaño natural, de un volcán en erupción elaborado en fibra de vidrio rosada, con pequeñas flores de color pastel hechas de masa de pan, que adornaban los torrentes de lava. La obra era deliberadamente frívola y parecía ridiculizar tropos de feminidad. Recordaba los pasteles de boda y los vestidos de las quinceañeras con todo su cursi exceso. Debido al tamaño y al medio, también tenía una enérgica presencia.

Exposición Individual: Fernanda Brunet — imagen 1
Fernanda Brunet. Volcán, 2006. Fibra de vidrio, madera, metal, flores, migajón ( pasta de pan). 177,8 x 152,4 x 152,4 cm. (70 x 60 x 60 pulgadas).

A Brunet se le conoce desde hace tiempo por sus pinturas en las que explora la sexualidad femenina. Las erupciones volcánicas, las explosiones, o las plantas en plena floración que constituyen su repertorio visual no son muy sutiles en su exuberancia orgásmica, aunque también son obras muy decorativas que, al igual que las flores de Georgia O’Keefe, pueden admirase sólo por sus características formales, sublimando sus matices sexuales.

Las esculturas volcánicas no permiten un encuentro puramente formal. Ejecutadas en tonos piel y ocupando un espacio real, exigen una identificación corporal con sus espectadores. Parecen órganos que secretan, como una vagina, falos, el ano o el seno —en resumen, hacen alusión a las partes del cuerpo humano que son tabúes. Exhibidos a lo largo de los volcanes, unos relieves murales titulados Drops, que consistían en la misma fibra de vidrio rosada con flores pegadas pero a mucha menor escala, también parecían partes del cuerpo, ya fueran órganos internos o externos. Sin embargo, los volcanes eran los que llamaban más la atención. Las definidas líneas y los colores mate de las flores contrastaban con las brillantes superficies irregulares de los volcanes, que se parecían mucho a un chicle. La tosca apariencia del tallado de las esculturas recordaba también los proyectos de ciencias de los escolares. Estas piezas intencionalmente ordinarias negaban las asociaciones tradicionales de talento o habilidad artística atribuidas a obras sofisticadas y participaban de una deliberada falta de destreza en la ejecución del objeto artístico, insistiendo en su propia materialidad. A diferencia de las sublimes connotaciones del volcán en el arte que se aprecian en las pinturas de los artistas viajeros del siglo XIX que visitaron América Latina o en los grandes paisajistas mexicanos José María Velasco y el Dr. Atl, que a menudo exploran temas de espiritualidad y respeto ante la naturaleza, los volcanes de Brunet desubliman el tema al enterrarlo en materia, ponerlo directamente en el piso, convertir el volcán en una válvula de escape para referentes corporales, y representarlo en pasteles kitsch. Sin lugar a dudas, estas esculturas ponen de manifiesto deseos reprimidos.

Para quienes por mucho tiempo hemos sido sus admiradores, la obra tridimensional de Brunet puede ser una sorpresa no muy bienvenida. Para aquéllos que admiramos los vibrantes colores, las dinámicas composiciones y la permanente frescura de sus pinturas, los volcanes parecían extrañamente estáticos y unidimensionales. Por fortuna, la exposición también incluyó nuevas pinturas, la mayoría embutidas en el salón del fondo de la galería. Muchas de ellas eran representaciones de flores, erupciones volcánicas, y a veces las dos, ejecutadas en planos colores metálicos y fosforescentes. Su presentación caprichosa, dispuesta desde el techo hasta el piso, sin tener en cuenta el tamaño ni ninguna otra forma de jerarquía, aumentaba su dinamismo y también le proporcionaba un contraste refrescante a la galería frontal, más desocupada, en la que sólo se exhibían esculturas y relieves. Se destacaba la fabulosa LAAL-LA (2006), una hazaña de lava en erupción en tonos plateados y rosas, con un conjunto de flores flotando en la lava anaranjada que se derramaba en el espacio del primer plano. La que se titulaba simplemente Flores (2006) era otra imagen memorable consistente en un vibrante fondo rojo salpicado de púrpura y anaranjado, ejecutada en una forma muy plana, como una caricatura. El frente estaba ocupado por grandes flores blancas con toques de luz en verdes y violetas, dando tumbos en la lava, y el punto focal era otra flor blanca que flotaba en el extremo superior izquierdo, con los pétalos extendidos en todas direcciones, que servía para unir las dos mitades de la composición.

Las obras de Fernanada Brunet participan en un diálogo con la historia de las bellas artes; diálogo que tiene varias lecturas, desde forzar los parámetros del género paisajístico hasta explorar posibilidades cada vez más amplias de incorporar imaginería popular y temas kitsch al arte sofisticado. Sus esculturas de volcanes presentan una interesante excursión a un nuevo medio, y sólo el tiempo dirá si éstas generarán, a la larga, el mismo vigor y entusiasmo visuales que generan sus pinturas.

TATIANA FLORES

Fernanda Brunet, por Tatiana Flores | artnexus