Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Caridad Blanco de la Cruz

Carlos Quintana

Galería Habana

Luego de más de una década de ausencia, Carlos Quintana se presentó en la Galería Habana con la exposición Lateralidad cruzada. Un conjunto de 14 piezas, en su mayoría pinturas de gran formato en técnica mixta acompañadas por algunos dibujos al carboncillo, conformaron esta presentación suya, a partir de obras seleccionadas de su trabajo más reciente realizado en el país.

La imagen que muchos conservábamos acerca del quehacer plástico del artista estaba vinculada sobre todo con su presencia en la Galería Habana en 1991 con El nuevo clásico y también con las tres últimas huellas suyas —antes de pasar a residir en España y trabajar con la galería Ángel Romero— que fueron parte de la exposición colectiva Misa por una mueca, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en 1993.

Sus personajes de entonces eran casi siempre de solitario protagonismo. Mujeres con cabeza de perro posaban una sensualidad que se desarticulaba del mismo modo que sucedía con la humanidad de sus figurantes masculinos, que marcaban el golpe de lo brutal y la violencia interior que los acompañaba. Hijos de lo instintivo y lo irracional, del desequilibrio y la inconformidad, seres yuxtapuestos dentro de un singular carnaval de sugestivas hibridaciones y burlonas poses. No conforme con esto, Carlos Quintana además jugó de modo perverso y cínico a feminizar lo masculino, y viceversa. Ésa era su manera de bosquejar el universo de una otredad de signo más abierto y menos singular, que lo relativo a la mera preferencia sexual de los individuos. Afirmaba el derecho a ser a contrasentido de cualquier orden, zigzaguear frente a la linealidad, poner en crisis lo perfecto, herir de muerte a la contención y dar rienda suelta a la fe.

Exposición Individual: Carlos Quintana — imagen 1
Carlos Quintana. Como me sigan jodiendo me voy pal carajo, 2005. Técnica mixta sobre lienzo. 200 x 200 cm. (78 3/4 x 78 3/4 pulgadas).

El neoexpresionismo, antes y ahora, persiste como médula de su discurso, como pudo verse en Lateralidad cruzada.

Su producción simbólica, en sentido general, parte de la conjunción del dibujo y la pintura como elementos que se funden, para sólo por instantes separarse. Toda su obra responde a impulsos que manan de su propia energía. Impulsos que han quedado sobre telas y cartulinas durante un largo período y lo han llevado desde un ejercicio muy sui géneris del “retrato” —más cercano a lo que pudiéramos considerar “visiones” suyas— hasta complejos conjuntos que desde hace un buen número de años viene realizando.

Intentar definir o explicar sus obras es el ejercicio de desenmascarar una gestualidad escurridiza. Son ellas casi siempre de naturaleza confusa y ambigua, enarbolan el misterio propio del subconsciente y toman a las emociones como un material indispensable. Recrean, por otra parte, un simbolismo vinculado a los rituales de la religiosidad afrocubana, entremezclándose con lo proveniente de la cultura oriental. Las cazuelas y los budas, el sacrificio y los samurais, aspectos éstos que tienen su raíz en las propias creencias del artista.

El trazo vigoroso es un denominador común del conjunto expuesto. Trazos que suelen enfatizar la turbulencia o alcanzar a ser una caricia. Las de Carlos Quintana son obras que suceden. Hechos o acciones que ocurren a través de él, cual si tratara de un médium, como hace un tiempo me dijera, tal vez iluminado. Desprendidas del tiempo, de la historia, llegan para quedarse impactándonos sobre un soporte determinado, en correspondencia con la idea o las circunstancias. Su realidad asaltándonos, viniéndosenos encima. Una realidad que puede ser toda violencia o tener la nobleza y el peso que abruma a esa cabeza meditabunda delineada en blanco de Estoy extrañándome a mí mismo.

La manera en que Carlos Quintana realiza su pintura y sus dibujos es un manifiesto de libertad, de irreverencia, de desacomodo. Instintivamente, una parte suya —íntima— queda dispuesta en las representaciones. El territorio de lo público queda recogido en lo que aparenta ser una sensibilidad y un espacio en el cual se dilucida lo privado. En medio de esa paradoja podemos reflexionar y reconstruir a partir de sus visiones, imágenes que nos son propias, un tiempo deliberadamente escurridizo y caótico reiterándonos un mundo de cuyo retrato no estamos ausentes.

Ese mundo y ese retrato subyacen en los intersticios a veces ininteligibles de su gestualidad. Precisamente ahora, en este instante nuestro, donde está la sumatoria de múltiples nociones de contemporaneidad cuya imaginería nos atropella. Su collage impide alcanzar la quietud y se acerca cada vez con mayor fuerza a una conciencia trémula de la condición humana, sus anhelos, sueños y suplicios.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Carlos Quintana, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus