Soy la ciudad, es la más reciente muestra en Barcelona del artista venezolano Alexander Apóstol. La selección comprende siete piezas en vídeos de diferentes formatos cuyas relaciones conceptuales y discursivas resultan harto elocuentes. Cada una de las obras expuestas son, con mucho, fragmentos representativos del absurdo que guía el relato social y político de Venezuela. En todas se traduce la paradoja de una situación cultural en esencia arbitraria y fronteriza, una escena donde salta a la vista avisada el drama nacional de un país que es caricatura de su propia caricatura, mueca de modernidad y un desliz a la deriva.
Las obras Soy la ciudad (que presta el título a la muestra) y Moderno salvaje, se me antojan como las mejores piezas de esta exposición, en tanto ellas, con su alto potencial de referencialidad y de agudeza conceptual rotunda, se convierten sin miedo alguno en una metáfora en extremo convincente sobre los conflictos que constituyen hoy objeto de debate y cuestionamiento para la polémica cultural que entraña no sólo Venezuela, sino América Latina toda.

En la primera de ellas, un travesti observa fijamente a la cámara y recita con voz silenciada los textos del arquitecto Le Corbusier sobre la casa ideal. Resulta tan patética la escena como patética es la realidad cultural de toda una geografía signada por profundas contradicciones ideológicas e indomables ironías. El maquillaje mal habido, el resquebrajamiento cosmético en el sentido más ambicioso del término, es el recurso tropológico más certero y eficaz para advertir sobre la crisis, falsedad y, por tanto, levedad de los desvencijados paradigmas de modernización que hicieron sitio en la historia más reciente de la ciudad de Caracas. Qué fue sino la imposición de lo moderno en las ciudades americanas deseosas de figurar en el mapa de las grandes urbes mundiales, que una gran puesta en escena al estilo de la mejor performance travesti. Los añadidos, las correcciones cosméticas del paisaje urbano, las yuxtaposiciones que no hacían sino reconocer la anarquía y falsedad de un modelo generador de una profunda crisis social en la que quedaban demarcados los espacios de la pobreza y la bonanza en tanto esferas antagónicas irreconciliables, revelan la eficacia del travestismo como proceso que logra diagnosticar una realidad basada en el culto feroz a la paradoja y el simulacro.
Cada pieza de esta exposición funciona de manera autónoma, estableciendo al mismo tiempo una fuerte conexión entre cada una de ellas. Así visto, el video Moderno salvaje se asegura una tremenda complicidad en el plano discursivo con el video Soy la ciudad. En éste no aparece la figura de un travesti, pero en su defecto se advierte la arquitectura de un proceso cosmético en el que unos trofeos de caza logran travestirse (mediante una acción mecánica sencilla) en obras de arte geométrico de la peor calidad, satisfaciendo así los gustos contrapuestos de los primeros propietarios de esta auténtica mansión, construida en 1957 por el arquitecto y diseñador Gio Ponti. Esta pieza es la evidencia más literal (y tremenda) de las ínfulas de poder, arbitrajes del gusto y delirio desmesurado de una oligarquía que vio en la modernidad kitsch su paradigma de redención y de superioridad simbólica. Quiérase o no, esta obra es, al tiempo que risible, patética y genial, portadora de un discurso profundamente cruel en la situación dialógica que la coloca junto a otras de las piezas de esta muestra, como Documental y Them as a Fountain, las que relatan con sobrado tino el estrepitoso fracaso del modelo moderno y el hastío de la otra ciudad bárbara que se prolonga y abona sus áreas al margen de la primera, constituyendo así un cruel reflejo del modelo moderno, la otra cara de la moneda.
Ambas piezas indagan en el capítulo más dramático de la realidad sociocultural de Caracas: el de los mecanismos de resistencia y de convivencia utópica en las cada vez más extensas zonas periféricas y marginales que configuran y alteran los perfiles de las ciudades latinoamericanas. Apóstol persigue aquellas áreas de la actual sociedad venezolana en la que queda expresada de un modo irrefutable la paradoja por la que en el presente atraviesan muchas urbes del llamado Tercer mundo. Con ello consigue evidenciar la fuerte tensión que se crea en el campo urbano, entre el lujo de una obscenidad desmesura y el modelo de sobrevivencia agonizando en sus límites. Tanto sus chicos-fuentes, con obvias pero resueltas remisiones a la poética de Bruce Nauman, como sus familias maltratadas por la más cruel precariedad, absortas frente a la tele escuchando los discursos demagógicos del bienestar y del progreso, patentizan la indigencia de un diseño social en el que la oligarquía engorda sus arcas y la subjetividad lateral llora en las márgenes de la primera.
Con esta muestra, Apóstol advierte un cambio sutil en su discurso: el desplazamiento de la mirada desde el espacio público-urbanístico hasta la intimidad desconcertante de los interiores de la casa. El conjunto de las piezas que orquestan esta puesta en escena investigan las relaciones de poder y los universos paradójicas que se fraguan en interiores domésticos marcados por desigualdades insalvables. De esto modo, su relato recorre un amplísimo ramillete de subjetividades, en las que es posible reconocer los hábitos despampanantes de las clases más altas hasta las alternativas para flanquear la pobreza de los sectores profundamente marginales, pasando por el clásico modelo que refleja los conflictos de la clase media.
Mucho hay de esto en la obra de Alexander Apóstol. La suya es una propuesta que abandona esa vocación nómada de frivolidad, para adentrarse en la interpretación de las construcciones culturales que resultan de arduos procesos y negociaciones entre los órdenes de la ideología, la política, la antropología, la sociología y la cultura misma. Aquí radica otra de las virtudes de su trabajo, la de convertir el arte no sólo en un pasaje hedonista para el disfrute más estéril, sino en ampliar sus usos y travestirlo en una herramienta de indagación y comprensión del dilema contemporáneo.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
