En el siglo XXI, el movimiento de reubicación, ya sea inmigración, migración o tránsito, se está presentando a alta velocidad. Como país cuya identidad está arraigada en la inmigración y la expansión, Estados Unidos ha experimentado una crisis psicológica posterior al 11 de septiembre y ha dado un viraje que lo aleja de sus cimientos de diversidad y lo lleva hacia una mentalidad homogeneizada que funciona a partir del miedo a los demás. Cruzar la frontera para alcanzar la ciudadanía estadounidense es difícil de por sí: ¿qué sucede después de que la gente llega allá? ¿Cómo entiende su identidad después de los ataques del 11 de septiembre un país como Estados Unidos, que se basaba en la inmigración, la expansión y el movimiento? ¿Cómo puede la gente seguir respetando y apoyando la historia de tránsito y migración de cada persona?
Perpetual Motion fue una instalación realizada conjuntamente por dos artistas locales, ganadores de varios premios, Víctor Cartagena y Elizabeth Oppenheimer, que arribaron al país bajo circunstancias muy distintas: mientras Cartagena llegó de El Salvador huyendo de la agitación política que amenazaba su vida, Oppenheimer, nacida en Estados Unidos, se trasladó a Suiza siendo niña y, ya adulta, decidió regresar a San Francisco. Los dos llegaron a Northern California por diferentes razones, pero terminaron en el mismo espacio, trabajando como artistas y preocupados por lo que está pasando con la historia y la memoria personal, en especial en términos de las secuelas psicológicas que dejó el 11 de septiembre. Mientras que el término diáspora se emplea más a menudo con relación a un solo grupo étnico o racial, Perpetual Motion extiendió el significado de diáspora a la comunidad inmigrante como un todo.
Visualmente, Perpetual Motion era llamativa: la blanca galería estaba llena de cámaras de aire de color negro tomadas de diferentes medios de transporte, desde automóviles hasta enormes equipos agrícolas. Los tubos colgaban del techo suspendidos de alambres invisibles colocados a diferentes niveles o estaban en el piso y, a veces, debido a su enorme tamaño, hacían del espacio un desproporcionado laberinto tridimensional. Estarcidos sobre los tubos había diferentes números que representaban refugiados que han sido admitidos en Estados Unidos, otros a quienes se les ha negado la entrada, y los que en la actualidad están esperando obtener asilo allí. Sin embargo, en una desviación decisiva de la mayoría del arte que aborda el tema del movimiento de personas, el enfoque no estaba tanto en las circunstancias que rodean el movimiento sino, más bien, en la acción del movimiento mismo. Tomados a nivel del piso y proyectados en cada una de las cuatro paredes de la galería se podían ver dos rápidos videoloops de pies caminando. Uno de los loops, proyectados en paredes opuestas, era de lo que parecía ser gente citadina caminando a pasos acelerados, posiblemente dentro de un metro o alguna otra área pavimentada, lo cual le daba al espectador la sensación de una angustiosa urgencia, sin tener una idea concreta de la procedencia o el destino de estas personas. Las otras paredes mostraban un clip de una sola persona, descalza, corriendo, lo que sugería una yuxtaposición entre el ritmo de la vida urbana y la rural, o entre los ricos y los pobres. Varias pistas de sonido barbullaban a través del espacio, y quien quisiera escucharlas debía hacer un verdadero esfuerzo de concentración. Algunas palabras parecían emanar de las paredes como fantasmas, mientras que otras se escurrían de entre los tubos más grandes que reposaban en el piso, cuya pista recitaba los números estarcidos a los lados de cada cámara de aire. Las paredes recitaban extractos fundamentales del ensayo de la escritora Rey Chow “Media, Matter, Migrants” (de su libro Writing Diaspora, Indiana University Press, 1993). En parte, decía: “Un resultado directo de esta carrera por la velocidad que domina la vida a lo largo y ancho del mundo es la urgencia del migrante, el involuntario pasajero en tránsito entre culturas, para quien la falta de vivienda es el único ‘estado’ natal…”. Al agregar este audio al desorientador mar de cámaras de aire y los fragmentos de movimiento de los videos que enmarcaban el salón, el espectador estaba cercado, lo que creaba una sensación de malestar como la del mareo.

Sin embargo, la representación visual dentro de la galería era una fracción de información si se comparaba con los materiales de soporte externos de la instalación, incluida una guía de recursos para inmigrantes donde había contactos para todo, desde asistencia en salud y clases de inglés como segunda lengua hasta ayuda para alojamiento transitorio e historias de inmigración en línea. En esta forma, los dos años de investigación que Cartagena y Oppenheimer le dedicaron a Perpetual Motion permiten que el impulso se prolongue más allá del cierre oficial de la exposición, ayudando y apoyando el traslado de gente a Bay Area, dándoles algo estable a qué aferrarse mientras el mundo se mueve alrededor de ellos en nuevas y diversas formas.
SARAH LIDGUS
