Torres de Caracas. Modernidad silenciada

Juan Araújo. Serie de Las torres del silencio, 2005. Óleo sobre papel y MDF. 5 piezas. Cada una de 25,4 x 17,7 cm. (10 x 7 pulgadas).

Colectivamar 2006 - may 2006· Por Iris Peruga

Torres de Caracas. Modernidad silenciada

El domingo, 11 de septiembre, la Sala Mendoza inauguró una exposición que, aunque enfocada en una realidad totalmente caraqueña, abre un tema de reflexión que seguramente incumbe e interesa a muchos habitantes de las ciudades de toda Latinoamérica, ya que plantea una interrogante acerca de un tema candente: qué pasa o qué ha pasado con la modernidad en nuestros países. Se focalizada en las Torres del Centro Simón Bolívar, y sobre su devenir y avatares en el tiempo transcurrido desde entonces; se trata de un tiempo problemático en el que aunque ya no se habla de innovaciones o cambios, por lo menos en relación con las artes visuales, muchas cosas, por no decir todas, han cambiado ostensiblemente y nos han llevado al estado de inquietud e incertidumbre actual.

En efecto, el Centro Simón Bolívar, en la urbanización El Silencio, obra del arquitecto Cipriano Domínguez, planificada, financiada y ejecutada por la dictadura perezjimenista, es el más conspicuo y temprano icono de la modernidad en Venezuela (y, tal vez, de otros países de América), no sólo por la época en que fue levantado (entre 1949 y 1956), sino por lo que representó en la conciencia del país.

Organizada conjuntamente por la Sala Mendoza y la Fundación para la Cultura Urbana, bajo la curaduría de la directora de la Sala, Ruth Auerbach, y la asesoría del arquitecto William Niño Araque, es “una propuesta de indagación plástica” sobre Caracas y su supuesta o tal vez añorada, sufrida, violentada, rechazada o execrada modernidad, para lo cual se invitó a un nutrido grupo de artistas jóvenes (21 en total, entre quienes se encuentran Miguel Amat, Alexander Apóstol, Juan Araújo, Alessandro Balteo, Ángela Bonadies, Muu Blanco, Mariana Bunimov, Eugenio Espinoza, José Gabriel Fernández, Alí González, Beto Gutiérrez, Eduardo Kairuz, Mauricio Lupini, Andrés Manner, Cipriano Martínez, Daniel Medina, Luis Molina Pantin, Nascimento/Lovera, Matías Pintó D’Lacoste, Manuel Carvallo + Gerardo Rojas y Javier Téllez) a que presentaran sus ideas sobre el tema, materializadas de acuerdo con sus lenguajes plásticos o visuales particulares.

Las Torres del Silencio, edificio bien conocido en el mundo, ya que se ha usado con frecuencia como imagen emblemática de Venezuela, son presentadas al inicio de la exposición en excelentes fotografías (pertenecientes a la colección de la Fundación para la Cultura Urbana, un núcleo importante de ésta). Realizadas en blanco y negro, en la misma época en que las Torres se construyeron (primer lustro de los años cincuenta), por fotógrafos tan prestigiosos como Alfred Brandler, Leo Matiz, y Foto Estudios Palacios. En otro lugar del mismo espacio se muestra una colección particular de tarjetas postales de la construcción, de diferentes épocas, fotógrafos y calidades, que pone de relieve los diferentes medios con que la modernidad se aproximó a sus obras. Al mismo tiempo, un video situado en ese espacio inicial hace un recorrido por los corredores, sótanos y estacionamientos del edificio en tiempo real y en la época actual, realizado por la propia curaduría, con la colaboración de Alexander Apóstol en la cámara.

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Luis Molina Pantín. Arqueología urbana del Centro Simón Bolívar, 2004-2005. Impresión cromogénea. Dimensiones variables. Foto: Luis Molina Pantín.

En la sala de exposición (piso inferior) se desarrolla el proyecto propiamente dicho, aunque la muestra tiene como portada, en la misma entrada de la Sala, dos intervenciones: una de Luis Molina Pantin: Arqueología urbana del Centro Simón Bolívar, resuelta mediante la apropiación fotográfica de la portada de una revista Élite de 1967, y una instalación sonora de Javier Téllez que narra el episodio del terremoto que sufrió Caracas en 1967, tomado de una emisión de radio en esa fecha. Ambas piezas, foto y audio, dialogan y se complementan en metáfora.

Al bajar la escalera todavía tenemos cierta información sobre el proceso de construcción de las Torres, presentado mediante algunas páginas de revistas de la época en las que se pueden leer muchas de las características de la construcción y el modo cómo ella aspiraba a constituir una renovación de prácticamente todo el centro de la ciudad.

Pero ésta es una exposición de arte contemporáneo, cuyas obras fueron realizadas en este mismo año (2005), y sin duda tiene obras de importancia, en especial para dar una visión del tema, pero, lamentablemente, debido a la limitación del espacio, no será posible comentarlas todas. Y la primera que conseguimos, incluso antes de descender a la sala, es de Mauricio Lupini: No al pasado, una impresión digital de gran tamaño que, tal vez debido a esa negación drástica del título, ni siquiera intenta aproximarse al tema de las Torres. La obra, sin formas nítidamente apreciables, y casi sin color (escasamente un diluido verde atmosférico), se aleja diametral e intencionalmente de cualquier posición en torno al tema, al que niega rotundamente.

Juan Araújo muestra sus pequeñas pinturas (en papel y MDF), en este caso imitando algunas portadas viejas de la revista National Geographic, en las que presenta una visión apocalíptica a partir de las Torres, que son comparadas con un volcán en erupción.

Ángela Bonadies resuelve su participación con dos obras relacionadas: Construir la plaza, compuesta de varios grupos de fotografías de la Plaza Caracas en el proceso de montaje de los tenderetes, y un video en DVD, La plaza Caracas y la casa de Buster Keaton. Las fotografías de la plaza tienen un intento de estructura que, en tensión con lo desestructurado de las imágenes que también se perciben allí, hacen de ese conjunto una obra sumamente activa y, por tanto, atractiva.

A su lado en la sala, la obra de Muu Blanco: Perimetral, 2005, nos hace sentir, por medio de grandes fotografías tomadas en contrapicado, el peso y volumen agobiante de la modernidad, representado por la arquitectura de las Torres.

La segunda obra de Luis Molina Pantin o, tal vez, el complemento de la primera, ya que tiene el mismo título, despliega sus imágenes tal como el artista acostumbra últimamente, en diversos elementos comerciales. Parece que la intención es poner de relieve el modo como las Torres son, hoy, sólo motivo iconográfico para el turismo.

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Fotoestudio Palacios. Vista de la Torre Sur, desde el Terminal de trasbordo, 1957. 20,3 x 25,4 cm. (8 x 10 pulgadas).

Alí González propone también dos obras: una, De la serie Cabezas tejidas. Planificador 1, 2, 3, que, a la manera de los cinéticos o, tal vez, en un intento de emular la obra de Gego, presenta los retratos de tres famosos arquitectos relacionados con la modernidad, realizados mediante tramas, una de puntos perforados en la madera y otra de mallas metálicas; la segunda obra, Moderno 1, consiste en una pequeña mecedora de metal sobre la cual ha sido tejida (tridimensionalmente) una rejilla de cintas plásticas de colores variados que aparece rota o colapsada en diversos puntos, tal cual han colapsado las retículas de la modernidad.

A continuación encontramos un gran mosaico. Manuel Carvallo + Gerardo Rojas: Escenarios “Modernos”, se refieren al deterioro o, para decirlo con términos actuales, al colapso de los grandes gigantes, las Torres, mediante fotografías que muestran muchos de sus espacios internos tal como se encuentran en la actualidad, tras los cuarenta y cinco años de “democracia y progreso” que ha experimentado el país. Según esas imágenes, todos aquellos ministerios, empresas y oficinas públicas o privadas que habitaron esos espacios a través del tiempo los usaron como quisieron, decorándolos incluso a su gusto (a veces, pésimo), pero ya nunca hicieron nada más por ellos. Una vez usados, los abandonaron a su suerte.

Una obra de apariencia sumamente frágil, lo que contribuye a hacerla más interesante, es la de Matías Pintó D’Lacoste: Futuro pasado, que presenta un plano de la avenida Bolívar en una plantilla técnica, “instrumental propio de aquella modernidad”, realizada mediante el programa Autocad, procedimiento “digital y supermoderno” que sólo puede ser utilizado por la arquitectura actual. De este modo, el artista enfrenta dos realidades temporales, así como muestra en la obra dos realidades espaciales enfrentadas: esa avenida del centro con su repetición a la inversa en el este de la ciudad.

Un gran dibujo en pintura acrílica sobre tela de Eugenio Espinoza, El paraíso, propone un trazado imaginario de Caracas en el que las autopistas, en lugar de comunicar, parecen tener la intención de incomunicar, ya que, tal como han sido concebidas en el dibujo (trazado al parecer sobre un dibujo original de Le Corbusier para un proyecto en Brasil), bajo las autopistas, que semejan murallas en lugar de autopistas, lo que Le Corbusier había ideado era construir bloques de apartamentos. Tal como Eugenio Espinoza piensa, se trata de “una genial monstruosidad”.

En extremo interesante, casi me atrevería a decir, fascinante, es la obra de Alessandro Balteo. Su sugestivo título: Caracas la sucursal del cielo, 1998, surge de una especie de eslogan turístico que circuló en los años 50 y 60. Propone en un cono achatado de papel fotográfico colgado del techo una foto panorámica de la ciudad. Para hacer honor a su título, la foto, en el interior del cono, reconstruye el interior de la cúpula del Planetario Humboldt, donde quedó registrada la silueta arquitectónica de la Caracas construida por el régimen dictatorial de los cincuenta. La imagen de Caracas aparece allí, como si se tratara de la imagen del cielo. Hay dos programas en fotocopia del Planetario: uno (de agosto, 1961) que se refiere a las actividades que se desarrollan en el lugar como la opción de asistir a la maravilla de ver el universo; otro (de julio-diciembre, 2005) que concibe esa visita al planetario como símplemente un evento científico.

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Muu Blanco. Perimetral, 2005. Fotografía. 120 x 360 cm. (47 1/5 x 141 3/4 pulgadas).

Es asimismo impactante en su simplicidad la obra de Eduardo Kairuz: Un mundo mejor. Dos altavoces (uno sobre el otro) toscamente atados a una carretilla, tal como las que usan los buhoneros para transportar sus objetos y mercancías, nos instala en nuestra realidad cotidiana actual. Pero el sonido que sale de esos altavoces es absolutamente lo contrario al mundo actual. La voz de un locutor de los años 50 habla de la maravilla en que se está convirtiendo el país por obra del gobierno del general Marcos Pérez Jiménez, debido a los trabajos de infraestructura emprendidos: no sólo la Torres del Silencio, sino también la autopista Caracas-La Guaira y otras que están poniendo a Venezuela a la cabeza de los países de América.

En los espacios adyacentes, más pequeños, encontramos la obra de Mariana Bunimov: Leyes del Silencio, que exhibe, tal como los buhoneros del Silencio exhiben esa mercancía: esos libritos con las leyes nuevas que edita constantemente la Imprenta Nacional. Pero, en este caso, parecería que esas leyes son una invención de la artista, ya que Mariana Bunimov ha redibujando con tinta las portadas, alterando no sólo el aspecto de las Torres, como fondo de las publicaciones, sino, tal vez, también su título y su intención.

A su lado, Cipriano Martínez exhibe la obra Ejercicio para preservar la memoria, realizada mediante pintura con una técnica seudopuntillista (aunque en lugar de puntos, la imagen muestra pequeños cuadrados como si se tratara de una pantalla de TV). Las Torres del Centro Simón Bolívar son presentadas en tres piezas separadas que (contrariamente a su título) no preservan la imagen, ya que muestran un proceso de desvanecimiento progresivo.

José Gabriel Fernández también tiene dos obras: Díptico y bocetos, las más conceptuales de la muestra. Ambas en la misma tónica: ser una especie de calco de las hermosas curvas que se repiten en los techos de los corredores del Centro; sólo las diferencia su técnica: tres piezas de bocetos en tinta sobre papel y dos en gesso sobre madera contrachapada. Mediante una gran cantidad de fotos Polaroid (58 en total), Beto Gutiérrez (Tómate una foto aquí) invita al visitante a tomarse una foto frente a unas Torres del Silencio que han sido y pueden seguir siendo alteradas a capricho.

Podríamos decir que la exposición cierra con un magnífico video de Alexander Apóstol, TV Documental, un DVD que al ritmo de una grabación de varios fragmentos musicales en tono mayor, heroico, muestra el interior de un rancho (se supone que en época actual), donde una familia (padre y dos niños) ven un video en el que se publicita la creación de las Torres del Silencio como una maravilla que cambiará el futuro de Venezuela. El rancho es pobre en extremo y parece estar a medio construir (tal como quedó la avenida Bolívar después de terminadas las Torres). Hay tres personas sentadas en sólo dos sillas, cuya actitud no puede ser más entregada y sumisa, pero, eso sí, el tono del narrador y la música que la acompaña (en algunas partes, el Himno Nacional), así como el ritmo del montaje son heroicos, triunfales, como corresponde a la época en que se construyó el Centro Simón Bolívar.

Lo dicho, la exposición es muy interesante, y podría tener otras lecturas más allá de la que aquí se anota y, con ello, constituirse en un tema de discusión rico y fecundo en la proposición de alternativas para solucionar los problemas que en ella se plantean y para saber qué camino tomar para reemplazar la utopía modernista más allá de la modernidad. Interesante, además, es verificar que la exposición ha sido hecha con los medios reducidos con que cuentan las instituciones culturales privadas hoy en Venezuela, lo cual indica que no sólo hay talento, sino voluntad y, además, mucha generosidad, tanto por parte de los artistas que han intervenido en ella como del equipo curatorial.

IRIS PERUGA