En el catálogo para Made in Mexico —el estudio “del momento”, de 2004, del ICA Boston sobre arte contemporáneo mexicano— Sebastián Romo hace esta reveladora afirmación sobre su patria: “En contraste con otros países donde lo “cotidiano” se basa en los medios de comunicación, en México lo “cotidiano” puede ser recuperado y transferido a otro contexto sin haber pertenecido a una campaña publicitaria o como artículo de exportación para ser usado en cualquier lugar.”
Estas cualidades —frescura, independencia, adaptabilidad— inspiraron la exposición de Romo titulada Zauber, palabra alemana cuya traducción aproximada es una especie de magia o hechizo. En efecto, esta cautivadora selección —que incluyó obras en medios mixtos, dibujos en tiza y una instalación de fotografía—reunió una variedad de información, fuentes y formas dispares en una agrupación inusual que se benefició de su extravagante combinación.

Un subconjunto de obras estaba construido en formato de rompecabezas. Aplicando imágenes a tinta sobre láminas medianas, rectangulares, de cartón para rompecabezas, Romo recompuso un puñado de imágenes fotográficas de tal modo que cada obra contiene algo de las otras. Este es un excelente truco que trata de enfocar las imágenes principales —en su mayoría retratos formales de jóvenes latinas—que, sin embargo, quedan atrapadas en fragmentos de árboles, paisajes, avisos y piel (tomados quizás de revistas pornográficas). En consecuencia, estas imágenes combinadas están todas relacionadas, en cierto modo, y, con todo, flotan en una especie de purgatorio imaginista. Se deslizan de un registro a otro pero nunca se resuelven por completo por cuanto el ojo se mueve a través de los rompecabezas —por lo demás—cuidadosamente hechos.
Otro grupo de obras estaba compuesto de dibujos en tiza sobre pizarra, medianos y grandes, montado cada uno en simples soportes de madera. Algunos estaban colgados; otros, recargados de manera informal sobre las paredes de la galería. La tiza blanca sobre superficies negras complementaba el enigmático tema —un cráneo humano, una cruz de Malta, la rama de un árbol en floración, una larga daga, y humo turbulento. Como garabatos a mano alzada sobre un tablero escolar, estos dibujos, aunque de mayor categoría, conservaban todavía la misma sensación de estar recién hechos—nos recordaban obras de otros artistas, en particular Gary Simmons, y daba la sensación, molesta aunque emocionante, de que podrían borrarse de un manotazo o con sólo pasar un trapo. Esta elegancia transitoria, puesta en peligro, era acentuada por la misteriosa imaginería gótica.
Dispuestas a lo largo de un espacio de la galería, y en otros lugares, había combinaciones de fotografías, simplemente impresas y clavadas directamente a las paredes. Estos fragmentos bien registrados de la vida de un artista internacional itinerante representaban un ojo errante que va de un lado a otro, una sensibilidad porosa en movimiento, en continuo cambio. Vistas casuales de aeropuertos, entradas, esquinas, autopistas, ventanas de apartamentos raspadas por la lluvia, tableros de mesas, etc., se fusionaban en un ambiente distante aunque fluido, de nostálgica añoranza —era el diario emocional del artista como viajero, narrado en instantáneas.
Estas fotografías eran todas del mismo tamaño y estaban dispuestas en forma lineal, como formando una cuadrícula, con unos pocos ramales al azar. Esta cuidadosa presentación le impartía orden y ritmo a lo que era, sin duda, una desordenada mezcolanza de experiencias, lugares y recuerdos. El prolijo esquema creaba un acogedor contexto para este collage casual y extendía su abrazo a las demás obras de la exposición. El toque ligero y metódico de Romo permitió que esta ecléctica selección de obras se mezclara con facilidad, sugiriendo que un ojo refinado puede extraer de una cultura visual y una vida migratoria, un orden estéticamente agradable.
JOHN EWING
