Salón Bidimensional

Jaime Ávila. Hemisferios, 2005. Fotografía. 100 x 200 cm. (39 1/4 x 78 3/4 pulgadas).

Colectivamar 2006 - may 2006· Por Natalia Gutiérrez

Salón Bidimensional

Bueno: ya que en Colombia se organizó un salón de arte sobre el espacio bidimensional con dos significativos premios, pues habría que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de espacio bidimensional.

Podríamos seguir a Georges Perec y su libro Especies de espacios y decir que un espacio bidimensional es un límite y, por lo tanto, uno se ve forzado a mirar algo adentro. Es por lo menos un espacio finito; no es un espacio infinito cuyo mutismo acaba provocando algo que se parece al miedo. No es un espacio intergaláctico o interplanetario, sino que al fin y al cabo es un espacio cercano.

Podríamos apelar también al sentido común y decir que el espacio bidimensional se puede tocar, mover de un sitio a otro y colgar en la pared. Sin embargo, estas características tan simples se han convertido en acusaciones, y el artista ruso Ilia Kabakob lo ha tachado de “autista“,  ya que el espacio bidimensional, según él, solamente se interesa por la historia que cuenta dentro de sus límites sin importarle lo que sucede alrededor, y también lo acusa de burgués, porque se vuelve una posesión, “ una cosa”, un adorno para colgar en la pared.

Colectiva: Salón Bidimensional — imagen 1
Jaime Iregui. Exhibición ideal II, 2004. Fotografía digital. 50 x 70 cm. (19 3/5 x 27 1/5 pulgadas).

Ilia Kabakob, y Georges Perec como siempre tienen razón: a veces el espacio bidimensional es un dato ya dado y la mayoría de los participantes de este salón entraron en él sin ponerlo a prueba con nuevas experiencias; entraron en él sin sorpresas y lo llenaron de estereotipos. Otros, parece que se detuvieron con curiosidad en sus particularidades y le sacaron partido.

Que al fin y al cabo el espacio bidimensional puede estar cerca de nosotros en alguna pared de la casa y convertirse en un bonito adorno y no hay nada más “bonito” que las flores, pues María Elvira Escallón lo sabe. Ella resolvió aprovechar esta circunstancia social del espacio bidimensional y volver cercano lo lejano; tomó fotografías de dos flores sembradas en materas de jardín, una de ellas sometida a la fumigación de cultivos ilícitos. Las fotografío todos los días, lo que le permitió ver los efectos de la fumigación a la que se han sometido las reservas naturales de nuestro país. Le permitió "Evidenciar de cerca" y, según sus palabras, ”acciones enormes, distantes e invisibles”.

Colectiva: Salón Bidimensional — imagen 2
Johanna Calle. Ínsulas, 2004. Dibujo con papel quemado. Detalle. 40,5 x 50,5 cm. (16 x 20 pulgadas).

Si el espacio bidimensional se puede mover de un sitio a otro, pues es el indicado para trasladar las experiencias de la segregación y el olvido de espacios urbanos y de grupos humanos a la visión más “iluminada” y burguesa de la galería. Miguel Ángel Rojas siempre ha estado muy consciente de la importancia del arte para aprovecharlo y escoger experiencias que crean conciencia. Su obra, Sub- urbano, era un ensamblaje de caucho y aluminio con semillas. El artista escribe: “Ciudad Bolívar es un suburbio de la capital de Colombia donde vive una población de más de dos millones de habitantes en condiciones infrahumanas… La imagen de dos jaguares enfrentados es un emblema popular colombiano, en este caso hermanos luchando entre sí”.

Precisamente porque hay que escoger con cuidado el contenido de un espacio con límites tan precisos, Jaime Ávila lo usó para confrontar dos imágenes muy poderosas: Se trata de las casas construidas sobre palafitos, una solución de los habitantes del Pacífico colombiano para vivir en medio de las inundaciones y la precariedad, frente a los pisos de mármol del MoMA de Nueva York. Dos fotografías enfrentadas como evidencia.

Colectiva: Salón Bidimensional — imagen 3
Víctor Laignelet. ¡Rosas frías!, 2005. Pintura al óleo, hojilla de oro, entretela y serigrafía sobre papel. 198 x 222 cm. (78 x 87 2/5 pulgadas).

Si el espacio bidimensional se puede convertir en una “cosa”, Fernando Uhía lo aprovecha y no hay nada más irónico pero también nada más cargado de recuerdos que recostar uno de sus technoesmales contra la pared: con estas puertas de más de dos metros de alto, chorreadas con esmalte del color de las mercancías, Uhía parece recordarnos que éstas tienen a su cargo nuestra educación visual, y a la vez pide tomar en cuenta las experiencias con la pintura de un artista como Morris Louis, que expresaba una actitud sincera hacia la naturaleza del acto de pintar.

Es posible entonces usar el espacio bidimensional para hacer una declaración de las más cercanas influencias. Las pinturas de Nicolás Consuegra sobre vidrio cubiertas de esmalte negro y pequeñas líneas de plata parecen un destilado esencial de los experimentos sobre vidrio de Niepce y de Daguerre.

Colectiva: Salón Bidimensional — imagen 4
Miguel Ángel Rojas. Sub-urbano, 2004. Ensamblaje con semillas sobre caucho y aluminio. 176 x 200 cm. (69 1/5 x 78 3/4 pulgadas).

Y si de fotografía se trata, el visor de la cámara enfrente del ojo es como el cajón de un archivo; es el límite por excelencia, ya que obliga a mirar “algo adentro”. Con su ayuda, Baraya encontró por azar hojas y flores artificiales en el piso y comenzó su herbario de plantas artificiales. La fotografía entonces puede ser un espacio de inventario de los poderes militares invisibles que, sin embargo, se convierten en fronteras de vigilancia; me refiero a las fotografías de los aviones de Juan Fernando Herrán. Espacios de inventario de las cosas del mundo, como la serie de edificios modernos que María Isabel Rueda encuadra al pasar, como si se encontrara rodeada de miles de ellos, por desgracia edificios como paquetes industriales de otro tipo de segregación que ahoga la diferencia. Inventario bidimensional de un mundo de música guardada dentro de los límites de los discos de acetato de Juan Mejía que sólo la obsesión puede liberar. Inventario también de la gente: Rodrigo Facundo parece escoger de las noticias, los protagonistas repetidos de un drama diario para trasladarlo a pintura; y ¿qué es lo que vemos? uniformes de militares, de obreros y de desplazados y actitudes de personas agobiadas y de algunas que claman piedad.

El espacio bidimensional puede aparecer con una palabra escrita en la pared o en la arena por Mario Opazo. También puede tomar forma con la decisión de vencer el poder de la página en blanco y proponerse el reto de colonizarla o por lo menos romper su mutismo y obligarlo a hablar de la manera como vivimos: de manera violenta en ínsulas, que Johanna Calle construye quemando el papel, o con una pregunta sobre la reconciliación en las pinturas de Víctor Laignelet.

Los premios de este salón fueron para Mariana Varela, con un dibujo sobre papel negro de humo y tinta; Morada III parece ser una metáfora sobre el habitar en un mundo inestable. El segundo premio fue para la Exhibición ideal de Jaime Iregui, una serie de fotografías de vitrinas, lugares del coleccionismo y la exhibición. Setenta y un participantes en un salón bidimensional demuestra tanto el apego de los artistas a la tradición como también la diversificación de un espacio para todos los usos y vivencias que el arte pueda explorar.

NATALIA GUTIÉRREZ

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