Ricardo Lanzarini (Montevideo, 1963) parece estar jugando siempre con los límites. Sus dibujos en tinta son unas miniaturas que sorprenden, pues están compuestas de una multitud de pequeños personajes que representan un rol, mezclados en situaciones disímiles, en las que cada hecho narrativo parece nacer como consecuencia del anterior y desaparece para permitir generar el que viene después.
Observándolos en detalle, surgen alusiones a dramas hospitalarios, a la burocracia, a la Iglesia, constituyendo un río de extraños personajes involucrados en situaciones donde lo público y lo privado se mezclan.
Parece estar al límite de la información narrativa y el desfile de enfermos, políticos haciendo demagogia, situaciones brutales junto a una cotidianidad sin sorpresas, se entrecruza con locos, curas hipócritas, construyendo un entramado en el que cada personaje termina siendo incluido en una multitud de gente insignificante.

No hay certezas, todos están incorporados en un mundo entreverado y extravagante, nadie sobresale. Juega sutilmente con la noción de tiempo, ya que nunca se sabe con exactitud en qué momento estamos. A veces los extraños sombreros, la vestimenta de los diminutos personajes, tienen reminiscencias medievales, sin que por ello pierda esa extraña fauna su mirada incisiva sobre el mundo actual. Esa particular composición que pone en primer plano el interés por el dibujo, por el rescate de un trabajo manual infatigable, le permite construir espacios que implican una multiplicidad de lecturas. Al observar los dibujos a una cierta distancia, parecen unas compactas estructuras abstractas, al acercarse los detalles abruman. Esa forma de abordar el dibujo tiene la particularidad de generar un límite impreciso entre abstracción, el todo, y figuración, el detalle, destacando la vorágine de información narrativa y visual a la que estamos expuestos.
Escribe Lanzarini: “Un bosque de cabezas y miradas pueblan y recrean mi obra. La multiplicidad de las miradas es multiplicidad de abstracciones. No es discurso, no es lugar, no es espacio predeterminado, en mi obra hay solo bosques que emergen como granos de la piel, como alergias, que nacen por doquier"1.
Lo que seduce es lo que logra hacer con materiales como hojillas de papel para armar cigarrillos, soporte de sus diminutos personajes que obligan al espectador a detenerse frente a ellos para tratar de compartir las relaciones que Lanzarini nos propone. Pequeñas páginas que se convierten en una colección de libros de arte donde hombres y mujeres que parecen salidos de una obra de Kafka están trabajados con tal convicción que, pese a su tamaño, logran atrapar al espectador.
En ese interés por dibujar sobre soportes no convencionales, busca un acercamiento entre elementos cotidianos y dibujo, y esos pequeños formatos, tanto el del soporte como de quienes lo habitan, ocupan el espacio desde el borde de la hoja, como si siempre estuvieran enfrentados al abismo. Pues no se trata simplemente de contar historias, sino de mostrar las frustraciones cotidianas, sin perder ni el sentido del humor ni la actitud crítica.
Los pequeños personajes a veces son sacados de la hoja, recortados e introducidos en vitrinas transparentes donde, por efecto de la misma acción del público al apoyarse sobre el contenedor, comienzan un peculiar desplazamiento que los pega a las paredes, que los desplaza, como si quisieran salirse de su microespacio para emigrar al mundo real.
Los dibujos colgados e instalados en esa exposición no dejaban de plantear una situación particularmente ambigua en la que la sorpresa parecía no correr sólo por cuenta del espectador, sino que el propio autor incursiona en un mundo que va surgiendo en el hacer, un mundo de personajes que, probablemente, terminan creándole también a él el estupor que producen en quien los observa.
NOTA
1. Texto escrito por Ricardo Lanzarini en una de las paredes donde se presentaba la muestra.
IVONNE PINI
