Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Christine Frèrot

Osvaldo Romberg

Galerie Lina Davidov

Situada en el boulevard Saint-Germain, la Galería Lina Davidov tiene una osada política de exposición. Guiada por una verdadera pasión, la escogencia de los artistas parece responder ante todo a criterios de calidad y a un espíritu de eclecticismo que resulta vivificante, sobre todo en un período de homogeneización estética como el actual, en el que la creación artística busca ser inmediatamente comprensible. La galería puede así cultivar (por su cuenta y riesgo) una saludable libertad para el público y la crítica, sin dejarse alienar por las exigencias del mercado ni volverse esclava de un conformismo formal con el que muchos de sus colegas comulgan en permanencia. El arte de los artistas originarios de América Latina ocupa un espacio bastante importante en su programación (allí expusieron Severo Sarduy, Jorge Damonte, Anabell Guerrero y Carlos Ginzburg, en estos últimos años).

Exposición Individual: Osvaldo Romberg — imagen 1
2005. Instalación en técnica mixta. Dimensiones variables.

La exposición, articulada conceptualmente en torno a un video (que da su nombre a la muestra), se componía de catorce fotografías tomadas del video y retrabajadas por el artista dentro de un espíritu dadaísta, utilizando recortes, inserciones de collage, cinta pegante y dibujos. Durante las dos horas que pasé con Romberg (el cual tenía al mismo tiempo una exposición personal de acuarelas en el Museo de Arte Moderno de Saint-Etienne), tuve que tratar de aprehender largos años de creación y, si no entenderlos en profundidad, por lo menos descubrir en ellos un hilo conductor. Para recordar la riqueza y diversidad del trabajo de este artista e intelectual prolijo y talentoso (nacido en Argentina en 1937 y residente en los Estados Unidos), diría únicamente que, de la pintura al cine, del video a la fotografía y de la crítica de arte a la curaduría de exposiciones, Romberg no ha dejado de construir cuestionamientos relacionados con el arte, con su historia y con el espacio, y ha sabido conservar una línea de investigación coherente tanto conceptual como estética, que tiene que ver con una filosofía personal de lo que es ser artista en este mundo. Si el autor se reivindica como “un artista libre”, si confirma que ve al artista como “un científico que se consagra a pensar”, es para conjugar mejor el saber y el placer, y “sensualizar —como él dice— los problemas sociales”. Las preocupaciones esenciales de Romberg son claras, pues lo que las suscita son la vida y el arte entremezclados.

El video (de 42 minutos) compuesto de tres partes, fue realizado en el año 2000 (para el Festival de Salzburgo) y se presentó en su forma actual en 2002, con ocasión de la apertura de la Slought Foundation de Filadelfia1. El sonido cobra allí gran importancia, sobre todo en la primera parte titulada “Bésame mucho”. Esta epopeya sobre el amor y su utopía pone en escena pequeños personajes-robots transparentes en acrílico, una especie de “muñecos” manipulados por hilos, también transparentes, que recuerdan a las figuras del Ballet triádico de Oscar Schlemmer (1923) o a las del Ballet mecánico de Fernand Léger (1924). Sus vagabundeos programados narran las vacilaciones amorosas de dos personajes ficticios, Carlos e Isadora, tal vez un guiño de complicidad para con Ramona y Juanito Laguna, dos héroes de barrios marginales puestos en escena por Antonio Berni hace algunas décadas. En este “baile” de amor-pasión, en donde la relación se va tejiendo y deshaciendo entre el hombre y la mujer al ritmo de melodías e imágenes, los movimientos de los muñecos van acompañados de canciones emblemáticas y los sainetes se intercalan con “cartones” escritos que presentan la siguiente escena, como en el cine mudo. La Venus de Botticelli se construye y deconstruye con la voz de Edith Piaf (Non, je ne regrette rien), en tanto que el héroe desamparado (Carlos) reflexiona sobre la muerte frente a un Caravaggio. En la segunda parte, titulada “Rondo caprichoso”, los retratos de Fayoum (Egipto) desfilan y se alternan con el misticismo judío de la cábala y con imágenes del David de Miguel Ángel y la Venus de Botticelli. Son todas referencias emblemáticas, asociaciones provocadoras que inspiran tanto a la reflexión como a la emoción. Osvaldo Romberg nos dice que se siente como un “ingeniero de emociones” y que “lo importante para el artista no es lo que él siente sino lo que hace sentir a los demás”. En la tercera parte, titulada “Es brent” (en yiddish, “El pueblo arde”), Romberg expresa que la relación física ha dejado de existir. La sexualidad ya es sólo virtual. Con música de Wagner, el artista juega con las imágenes del arte y con otras diseñadas por computador. Allí, los hombres (“muñecos”) hacen el amor con mujeres (“muñecas”), o bien con las imágenes de hombres tomadas de las obras pictóricas escogidas.

En una esquina de la exposición, un pez dorado perteneciente a una especie tropical misántropa fluctúa en una pecera transparente. ¿Metáfora de la soledad ineluctable del hombre (o de la mujer) o metáfora del amor imposible que es lo que finalmente impregna el conjunto de obras expuestas? La nostalgia parece estar también en otra parte. ¿No será acaso la de su Argentina natal, en donde Romberg es un artista (casi o demasiado) desconocido?

NOTA

1. De la que es curador junto con Aaron Lévy y Jean-Michel Baraté.

CHRISTINE FRÈROT

Osvaldo Romberg, por Christine Frèrot | artnexus