Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Terri Weissman

Mónica Castillo

National Museum of Women in the Arts

La exposición individual de Mónica Castillo en el National Museum of Women in the Arts, con un enfoque riguroso, hace comentarios sobre procesos de percepción visual. Pregunta cómo trabaja la representación, desafía las expectativas del público y sugiere que toda representación mimética es, en última instancia, mutable, y depende de una comunicación imperfecta y de actitudes culturales cambiantes.

La fotografía digital proporciona un medio efectivo para el examen de estas ideas, y en Retratos hablados (1997), Castillo empleó esta forma con gran efectividad. En una serie de fotografías de su propia cara, manipuló digitalmente cada imagen, con el fin de reflejar las descripciones verbales hechas por diversos amigos sobre su apariencia. Las semejanzas son suficientes como para reconocer que es la misma persona, pero hay diferencias significativas: forma y ancho del rostro, relativa prominencia de la barbilla, tamaño y forma de la nariz, color de la piel, etc. La sencilla presentación de los retratos —la falta de expresividad del sujeto, la iluminación uniforme y total que destiñe los colores y la expresión, y la falta de cualquier maquillaje u otro atavío— nos recuerda la objetividad (o incluso el carácter científico) asociado con las fotografías que la policía les toma a los delincuentes o con los carteles de los malhechores más buscados por el FBI. De hecho, las imágenes producidas en forma digital son esencialmente monocromáticas, por cuanto el tono de la piel nunca se aparta mucho del color del fondo, un efecto que le da a la imagen una cualidad deliberadamente no artística. La contradicción entre esta forma de representación aparentemente objetiva (la foto científica de archivo policial) y las distorsiones particulares de cada imagen individual se convierte en una clara y aguda declaración sobre la mutabilidad y las limitaciones de la percepción y la representación. En otras palabras, la presencia de una diferencia en Retratos hablados, que depende del artificio y de una consecutividad que se volvió rígida, expone la brecha inherente a la representación de la realidad.

Exposición Individual: Mónica Castillo — imagen 1
Mónica Castillo. Fotografía del artista con corona, 1994.

Castillo explora las paradojas contenidas dentro de la práctica mimética no sólo en la representación fotográfica sino en muchos otros medios, incluidos pintura, video, piedras, uñas, y bordado. En Autorretrato en tareas (1999), Castillo pintó su propia cara como si estuviera fragmentada en un mosaico y fechó cada pieza para indicar cuándo la terminó. A los poros, cabellos, manchas y otros rasgos de cada sección se les dio mayor o menor énfasis, como si cada una de éstas buscara explorar sistemáticamente un elemento diferente de la piel. El efecto funciona tanto para desfigurar su rostro como para dar la impresión de que se está llevando a cabo un proceso de clasificación taxonómica. Sin embargo, debido a que es un retrato, el desglose de una fisonomía legible ininterrumpida y de una superficie cohesiva, unificada, funciona, como el artificio de Autorretratos hablados, para liberar los contornos de lo real y el significado de autorrepresentación exacta. En última instancia, el desglose también cuestiona el estatus del rostro como emblema de identidad. De manera similar, en Proyección izquierda-derecha (1998), una pieza bordada, Castillo distorsiona los contornos de su cara cuando el hilo que define los bordes izquierdo y derecho se transforma en el centro en un diseño abstracto de rayas, creando un campo abierto.

Castillo amplía sus intereses conceptuales con dos obras de video que hacen menos comentarios sobre la brecha o fisura entre lo real y su re-presentación, y más sobre cómo opera el arte mismo: la artista plantea interrogantes que desafían los deseos de los espectadores y el papel del constructor en la satisfacción de esos deseos. En una obra fascinante, Efecto pictórico I, II y III (2000-2001), Castillo colocó en el piso tres pequeños monitores, cada uno de los cuales proyectaba por separado un video repetitivo: uno de un ojo, otro de unos genitales masculinos y un tercero de un pezón. En cada pantalla se veía una mano con un pequeño y suave pincel mojado en pintura, que acariciaba/pintaba las respectivas partes del cuerpo que, a su vez, respondían visualmente a la estimulación, ya fuera produciendo lágrimas o poniéndose erectos. El juego entre el gesto de crear arte, la excitación sensual y sexual del objeto representado, y la innegable fascinación del espectador frente a todo el proceso plantean serios interrogantes acerca del performance de tocar y mirar, sentir y percibir.

Ésta fue la exposición inaugural de una serie titulada Women Artists Worldwide que se llevará a cabo todos los años en el Women's Museum y en la que éste presentará artistas internacionales a un público estadounidense más numeroso. Mónica Castillo parece haber sido una elección particularmente apropiada para la primera de estas series, debido a que es una artista mexicana que también ha vivido y trabajado por todo el mundo. Educada en Italia y Alemania, también ha enseñado en México y Estados Unidos. Su biografía ejemplifica el tipo de dislocación transcultural que se está haciendo más y más común en un mundo cada vez más globalizado. Así como en estas circunstancias la palabra hogar ya no implica necesariamente un escenario fijo, identidad tampoco significa una clara y simple categoría. Entonces, tal vez no debería sorprendernos el hecho de que la obra de Castillo trate con tanta elegancia la mutabilidad de la representación y desafíe al espectador a que cuestione de qué modo la representación comunica actitudes culturales.

TERRI WEISSMAN

Mónica Castillo, por Terri Weissman | artnexus