La muestra, abierta desde el 27 de noviembre de 2005 hasta el 15 de enero de 2006, la conformaban diecinueve obras creadas por el artista durante el pasado año. Charcos, mantos, nubes tuvo un ya lejano antecedente en la exposición Seis collages de Luis Lizardo, realizados en papel, 1998, para el mismo espacio. Con una importante trayectoria como pintor e incursiones en fotografía y arte conceptual, Lizardo aborda de nuevo el hecho creador, suceso que, entendemos, supone para él un abandono de la práctica pictórica tradicional para ir al encuentro de una reinterpretación del oficio y de su obra. Así, los elementos expresivos característicos de sus pinturas de antes, líneas recortadas, trazos de intenso cromatismo, pétalos multicolores, reaparecen después de haber experimentado un proceso de transmutación: el negro suplanta al color y las pequeñas formas, desprendidas de la tela, son ahora vibrantes componentes del espacio.

La bidimensionalidad, sujeta desde siempre a la relación figura fondo, ha buscado escapar de esa restricción eterna, deslastrarse de una oferta visual que obliga a la frontalidad arcaica, al encuentro de la planitud, al mirar sin atenuantes sólo superficies, a pesar de los artificios para crear profundidad. Para ello ha echado mano de múltiples recursos, estrategias, técnicas, que le permitieran liberarse de la tenacidad del soporte. En esa indagatoria, cortes, redes, filamentos, se han constituido en recursos que de manera sistemática, y desde la segunda mitad del siglo XX, han sido utilizados por los artistas plásticos con una finalidad explícita: reinventar el milenario oficio, comenzar de nuevo la eterna búsqueda de la forma significante. Un registro de esa experiencia de crear nuevos lenguajes partiendo de lo pictórico dará un conjunto muy interesante de propuestas, y vinculadas a ellas, nombres altamente reconocidos; desde la precursora acción de Fontana, pasando por las escrituras, tes y vibraciones de Soto, las entidades eréctiles de Pol Bury, las reticuláreas y dibujos sin papel de Gego, hasta, desde un ámbito de búsquedas distintas, los tejidos y nudos de Milton Becerra. Así, los creadores han sacado provecho de los planos paralelos al fondo, o simplemente de las formas articuladas confrontadas al “vacío” que se entendió como contrafigura.
Lizardo avanza en esa senda ya trazada con una sugerente interpretación, construye estructuras frágiles y volátiles con las líneas y trazos que antes estuvieron sujetos al lienzo. Le bastan sólo tiras, círculos y formas irregulares de papel para armar los fragmentos que se reúnen o recomponen creando una nueva superficie, sinuosa, ondulante, con plegaduras y elevaciones, completamente ajena a aquella otra que les dio origen; hilos de nylon y tul permiten que esos delicados componentes se mantengan en el espacio, siguiendo por doquier la intencionalidad del artista.
Como si de una materia en transformación se tratase, las obras de la exposición cambian dramáticamente de los Charcos a las Nubes, de la forma densa, abigarrada, a la levedad de las tramas aéreas; de lo físico sujeto al suelo a lo “inmaterial” suspendido en la nada. Es un tránsito en ascenso y también una liberación, un desprenderse de lo real. En las primeras encontramos redes extendidas, rutas que se abren a la inmensidad, Cinta de piso; también cartografías de mundos desconocidos, Charco negro; sin embargo, la mayoría de las veces, se trata de intrincadas estructuras, normadas por su propia e intensa formalidad que las convierte en inéditos e impenetrables laberintos, y, por la misma razón, volcados sobre sí, Charco blanco 1 y Charco blanco 2. En el paso hacia la luz la articulación de las obras cambia, la estructura se hace abierta, diversa, extendida, y la percepción tridimensional se enriquece con la ambigüedad de las formas dispuestas sobre la pared o el espacio; son los enredos, los hay pequeños y grandes. Ante ellos es posible tener múltiples interpretaciones, unas veces se aprecia la sensualidad de las sinuosidades y curvaturas, otras, la tensa suavidad del plumaje, Enredo grande 3 (capa negra); predomina, no obstante, en todas ellas la sutil ingravidez que les proporcionan los elementos que las constituyen, Enredo pequeño 3, Enredo pequeño amarillo. Dependiendo de la densidad de los irregulares pétalos o de los diminutos círculos, la obra se hace oscura, Enredo pequeño 6, o etérea, Enredo grande 2. En los Mantos rumanos el artista llega al límite de lo perceptible, la obra existe más en la sombra que proyecta que en su realidad física, aquélla propone alternancias, ondulaciones y matices que reconstruyen para el espectador la frágil materia dispuesta sobre el muro. Nubes, una instalación compuesta de nueve piezas, replantea la carga poética dispersa sobre las superficies en la plenitud del espacio, con lo cual el visitante pasa de sujeto externo al hecho que mira, a observador desde el interior de la obra. Cual formas brumosas, las pequeñas nubes flotan en un espacio irreal, son, valga la paradoja, inmaterialidades visibles, relámpagos diurnos que deslumbran repentinamente.
FREDDY CARREÑO
