A pesar de su vasta y reconocida trayectoria, Luis Camnitzer (Lübeck, Alemania, 1937) jamás había exhibido individualmente en Buenos Aires; sí formó parte de colectivas en diversos museos e instituciones locales. Es que el destacado artista, crítico, escritor y profesor uruguayo, vive y trabaja en Nueva York desde 1964. La muestra que realiza ahora en la Galería Ruth Benzacar es una pequeña antología que confirma su coherencia y la multiplicidad de materiales que emplea en su sorprendente obra, hecha de una sucesión de mínimos pero contundentes gestos poéticos.
Artista conceptual, Camnitzer sin duda no necesita de la espectacularidad, porque más que espectáculo su obra ofrece la posibilidad de reflexionar. Pertenecientes a distintas series, las piezas confirman nuevamente que Camnitzer no precisa excesivos elementos para disparar una gran pluralidad de sentidos. Así, como ya lo había demostrado en 2004 cuando participó de la colectiva Dando vuelta al poder, su condición de artista nómada agudiza la perspicacia para realizar obra sin transportar gigantescos volúmenes. De hecho, las piezas que inician esta muestra pertenecen a la instalación Sin título exhibida entonces en el Centro Cultural Recoleta, compuesta de algunas fotos lenticulares de distintas tomas de rejas de hierro forjado, que custodian algo presuntamente inalcanzable para el común de las personas.

La obra gráfica en papel exhibida revela su capacidad de iluminar el pensamiento e instalar la poesía. Las impresiones digitales pertenecen mayormente a series de la década del sesenta y juegan con la formas del papel y con escasas palabras, como en Espejismo. En tanto, a través de una simple hoja, el artista logra instalar la presencia y la actualidad de la guerra de los Estados Unidos contra Irak. En Oilwell cambia la percepción y el significado de lo dado. Adosa el prefijo oil (petróleo, bencina, nafta, según se traduce en diversos países latinoamericanos) a las palabras que comienzan con la letra “W” de una página entera que parece arrancada de un diccionario en inglés. En otras obras gráficas se abordan temas en donde saltan los vericuetos y las jugarretas del azar, produciendo un extraño maridaje entre las imágenes y los números pertenecientes a mazos de cartas.
En La biblioteca de Babel, Camnitzer construye una instalación que lo involucra con libros clausurados, tabicados con ladrillos y bañados en arena —fijada con algún tipo de pegamento—, colgados de ganchos de carnicería, de tal manera que, antes que un remanso, los volúmenes sugieren violencia y aislamiento.
Vidrios y piedras, flores —en una corona fúnebre con la leyenda “Coronel a tus coronas”, que se va marchitando a medida que progresa la muestra- y yeso conforman una heterogénea lista de elementos que se suman a su producción visual, asombrando al espectador por su contagiosa curiosidad y por su prolífica imaginación que produce la fabricación de artefactos tan disímiles como penetrantes, acompañados con frases que, entre otras cuestiones, aluden a “El pasado de las ideas” o a “Las ideas del pasado”.
La serie de Seis aforismos, plasmados en pilas de hojas tamaño normal y firmados por el artista con un sello de goma, se hallan al alcance de cualquiera por sólo un peso (el equivalente a 33 centavos de dólar). Tras colocar la moneda en una alcancía el espectador se convierte en dueño y retira una auténtica obra del reconocido artista, que dictamina que “Mirar sin pagar es un robo” y que “Adquisición es cultura”. Camnitzer convoca al observador a participar, como él mismo, de más de una manera del circuito del arte. Disfruta provocando con su pensamiento y, también, se ríe de sí mismo.
El aula es la obra más extensa e intensa de la muestra, dominada por una gran pizarra frente a la que se halla ubicado un banco o escritorio de escuela donde reposa un cuaderno abierto junto a una lapicera. Las irónicas frases escritas —“Desgraciadamente yo tengo la guita y vos trabajás” (guita: modismo argentino que significa dinero), “Como bien y vos no”, “Me divierto y vos no”— con tiza blanca sobre fondo negro en la pared promueven respuestas divertidas, alucinadas, irritadas. Muchos, especialmente, discuten con vehemencia la intención y el significado de la línea que reza: “Desgraciadamente, lo único que te queda es la ética”. El artista-profesor dice lo suyo; el observador-alumno no permanece ajeno y contesta airada, cínica o comprometidamente. La masiva intervención del público asombra, inclusive al artista, ya que no era esa su intención manifiesta, y cambia el rumbo de la obra; constantemente.
VICTORIA VERLICHAK
