Hace más de diez años, la exposición El alma en el cuerpo, presentada por el mismo curador, Jean Clair (Grand Palais, 1993-1994) tenía por objeto el encuentro de las ciencias y las artes. Melancolía aparece hoy en día como otra fase del mismo proyecto intelectual y estético. Con cualidades idénticas (el sumo cuidado en la escogencia y la combinación de objetos y obras en el espacio, un carácter erudito y multidisciplinario ejemplar), la exposición continúa la reflexión sobre la convergencia de las preocupaciones terrenales de sabios y artistas frente a los cuestionamientos de la vida, la muerte y misterios como “el alma”. Al proponer una interrogación filosófica sobre la “melancolía”, la exposición quiere mostrar cómo los artistas representan ese “movimiento del alma” considerado según las épocas como un pecado mortal, la manifestación de la genialidad o una enfermedad.

La exposición Melancolía es tanto la historia de las manifestaciones y representaciones occidentales de este humor por parte de los artistas y científicos como una interrogación sobre el sentido de la creación. Desde Aristóteles, y por tradición, la melancolía, causa de sufrimiento y locura, impregna el temperamento de los hombres marcados por la grandeza, el de los héroes y los genios. Como señala Philippe Dagen1, esta exposición es también una reflexión sobre los creadores que se apartaron de la norma y transgredieron el orden y las reglas para expresar su singularidad, la propia historia de Occidente.

El recorrido, a la vez cronológico y estético (desde el siglo V hasta nuestros días, con yuxtaposiciones de épocas, estilos y técnicas) se desarrolla sobre ocho períodos en los que se seleccionaron obras de artistas, objetos científicos y libros que revelan los interrogantes formales del talento europeo. Partiendo de ciertas estelas antiguas hasta numerosas obras contemporáneas, pasando por grandes artistas como Durero, Poussin, Goya, Friedrich, Delacroix, Rodin, Van Gogh, Munch, De Chirico o Picasso, y otros más modernos como Anselm Kieffer y Ron Mueck, la exposición, que agrupa alrededor de 250 piezas minuciosamente escogidas en 51 museos franceses y extranjeros, presenta un vasto panorama de representaciones de la melancolía en Occidente. El alma occidental está impregnada de esta “melancolía” que la ciencia médica llama hoy en día “depresión” y el mundo actual cultiva con cierto masoquismo ese “desencanto” en el que se va hundiendo.

Si la visita a la exposición captura más que nada nuestra mirada, también interesa a otros sentidos. Primeramente, hay material de lectura en los muchos fragmentos de textos emblemáticos pertenecientes a escritores y filósofos de todas las épocas que jalonan las salas, interrogan y refuerzan el sentido de las obras: Santo Tomás de Aquino, Sófocles, Platón, Hugo, Nietzsche, Lacan, Sartre, Houellebecq, etc. Está también la música que acompaña a las otras artes y se escucha, en un espacio de reposo o meditación, fragmentos escogidos de Mozart, Vivaldi, Schumann, Haendel, Monteverdi o Malher.
De entrada, en la primera sala intitulada “Prólogo: la melancolía antigua”, podemos notar sobre las vastas estelas funerarias griegas esa actitud tan particular en la que, con el cuerpo postrado, los brazos replegados y las manos colocadas bajo el mentón, el hombre trata de protegerse del mundo exterior. En la segunda sala, que lleva por nombre “El baño del diablo”, abordamos la Edad Media a través de obras religiosas. Toda una iconografía cristiana que multiplica las imágenes del duelo y la aflicción es ilustrada por Gérard de Saint Jean, Martin Schongauer, Lucas Cranach y Jerónimo Bosch (el taller). Esta época es atravesada por la palabra accedie. En teología, esta palabra, que lleva a la pereza del corazón, será considerada durante mucho tiempo como uno de los pecados mortales.

En el Renacimiento, se termina por encasillar bajo el apelativo de “Hijos de Saturno’’ (título de la tercera etapa museográfica) a todos los seres desposeídos o marginales de la sociedad, en particular a los artistas. En el centro de lo que se puede llamar “La Edad de Oro” de la melancolía figuran el célebre grabado de Alberto Durero Melancolía I (1514) y la pintura de Lucas Cranach, La Melancolía, (1532), acompañados de las obras de Giuseppe Arcimboldo, Nicolás de Leyde y Nicholas Hilliard, etc., de grabados (William Blake), instrumentos de medición, relojes mecánicos y de arena, astrolabios, globos terráqueos (1502), y de la figura sorprendente de un Maestro de Estrasburgo, Busto de hombre apoyado, (último cuarto del siglo XV). El ambiente es verde sombrío, la pieza está estructurada con arcadas y nichos, lo que refuerza el sentimiento de un gabinete de curiosidades. Con la Era Clásica (La anatomía de la melancolía, en las siguientes salas), el tema de la melancolía pierde su especificidad en el campo artístico y ya no sugiere casi nada más que ideas de soledad y meditación. En la Iconología de Cesare Ripa (primera edición en 1593), la Melancolía es una joven mujer a la que han dejado sola sentada sobre una roca, y este modelo, convertido en lugar común, se vuelve a ver a todo lo largo de los siglos XVII y XVIII. Una magnífica vanidad de Philippe de Champaigne, Vanidad o alegoría de la vida humana, primera mitad del siglo XVII) hace eco a la famosa La Magdalena con veladora, de Georges de la Tour (1640-1645).

Con “Las luces y sus sombras”, la exposición entra en el siglo XVIII. Si la Era de las Luces clasifica en un primer momento a la melancolía en el campo de la sinrazón y la locura, es para tratarla luego como enfermedad del espíritu, en el asilo. La melancolía burguesa del siglo XVIII se convierte en un malestar de vivir generalizado, en un sentimentalismo. Su escenario es la naturaleza, cuya soledad permite al sujeto alejarse del mundo y tomar conciencia de sí mismo (obras de Antoine Watteau, de Francisco de Goya El tiempo llamado Las viejas, hacia 1808-1812), Johan Heinrich Füssli, llamado Henry Fuseli, Giovani Battista Piranesi, etc. La sección VI se tituló “Dios ha muerto. El Romanticismo”. Con la muerte de Dios proclamada por Nietszche, se termina la larga historia de la pérdida de un mundo garantizado por la fe; desde ese momento, la soledad del hombre en el mundo queda sellada. Y así como el vagabundeo pone de manifiesto el aburrimiento y la ociosidad del sujeto, el spleen (en inglés, la primera acepción de esta palabra designa al bazo, donde, según se creía, residía la bilis negra) se convierte en la expresión moderna de la melancolía. Las obras de Eugène Delacroix, Théodore Géricault, Caspar David Friedrich y Arnold Böcklin hablan de la inmensidad misteriosa y pavorosa del mundo, de lo desconocido, de la naturaleza soberana. En la siguiente sala, “La naturalización de la melancolía”, la ciencia se adueña de la melancolía: la psiquiatría y la psicología, de Charcot a Freud, hacen de la melancolía un topos de la nueva ciencia del alma (obras de Franz Xaver Messerschmidt, Van Gogh (Retrato del Doctor Paul Gachet, 1890), de gran número de fotografías y grabados.
De Odilon Redon a Anselm Kiefer, de Otto Dix a Antonin Artaud, de Rodin a Ron Mueck, Sin título (Big man). “El ángel de la historia. Melancolía y tiempos modernos” termina con el deambular del visitante. Dudando, interrogándose, entusiasta o consciente de su propia melancolía, este último no dejó de sentirse identificado por el discurso tanto estético como filosófico que lo enfrenta a la conciencia de su realidad y de la fugacidad de la vida y de las cosas.
NOTA
1. Le Monde, 13 de octubre de 2005.
CHRISTINE FRÈROT
Historiadora de arte dedicada a la crítica, la investigación y la enseñanza. Escuela de altos Estudios de Ciencias Sociales, París.

