Fiel a una de sus grandes obsesiones y pasiones, el mar, Alexis Leyva Machado, Kcho (1970), presenta nuevamente su credencial como escultor en Los animales, significativa exposición en la Galería Habana, donde reconfigura poéticamente uno de los elementos constitutivos de su vasta obra instalacionista y bidimensional, el remo, al convertirlo en eje central de seis piezas y de una diversidad de dibujos exhibidos en carpetas y libretas de apuntes colocados dentro de vitrinas.
Hacía tiempo no disfrutaba de un conjunto de obras tan orgánico y coherente de este artista, cuya última exposición en La Habana (Núcleos del tiempo, fines de 2004), todo lo contrario, insistía sobre ese mismo elemento en tanto sostén, apoyo, pie, de numerosos objetos de la cotidianidad (sillas, lavabos, mesas, camas, refrigeradores), con no mucha imaginación y sí exceso de saturación formal y estructural que me hizo pensar en una amenaza manifiesta a su sólida trayectoria creadora. Afortunadamente, en esta nueva muestra se vislumbra un giro delicado e importante cuyas repercusiones en el panorama de las artes visuales cubanas, específicamente en la escultura, merecen ser estudiadas con detenimiento.

Kcho se revela de un modo, si se quiere, distinto, aunque devoto de sí mismo, pero no en tanto creador de impresionantes instalaciones (a las que ya estábamos acostumbrados), sino como escultor de nuevos arrojos y ardores, capaz de dominar con extrema sensibilidad formas y volúmenes en un reducido espacio y de prolongar hacia dimensiones inesperadas la coexistencia de la naturaleza y la cultura, de lo animal y lo humano, de la razón y las emociones.
El nombre de la exposición nos remite, en principio, hacia confines alejados de sus temas y asuntos desde hace más de una década, pero se trata, en suma, de un juego metafórico, de un texto en busca de inéditas asociaciones con el mar y sus especies, con la pluralidad de paisajes que éstas conforman desde sus profundidades o desde sus alturas, complementados desde la perspectiva isleña que siempre, querámoslo o no, nos identifica. Como dato curioso, ninguna de las seis piezas posee título porque no hace falta: se trata de que el espectador asocie el “animal”, es decir, su metáfora, con cualquiera de las específicas obsesiones y vivencias humanas a partir de una operatoria en que la imago corroe el pensamiento racional inclinándolo irremediablemente hacia el espacio afectivo y emocional de la memoria.
Imaginamos aves marinas, peces y cetáceos que habitan las aguas que nos rodean, moluscos; no obstante, me inclino a creer que Kcho ha elaborado su propia zoología fantástica, de raigambre borgiana, más inclinada al asombro y la sorpresa, a dudas y sobresaltos, al misterio de la creación universal, basándose en una muy personal manera de apropiarse de las cualidades de los materiales encontrados que nos revela, una vez más, su vigor para expresarse como un riguroso artista del reciclaje. Acerca de esta condición suya, él mismo había dado cuenta ya durante casi toda la década de los 90, a tal punto que entre nosotros comenzó a ser identificado como el “artista de la migración”, el “artista de las balsas”, gracias a ese peculiar uso de restos y desperdicios encontrados a la orilla del mar.
Sus códigos y símbolos que tantas vueltas al mundo dieron como códigos y símbolos “colectivos”, representativos de un fenómeno masivo, se repliegan ahora para dar paso a la construcción de un imaginario individual basado en la naturaleza circundante y en la condición isleña a que estamos sometidos. Ésta difiere, visible en sus obras, de aquella “maldita circunstancia del agua por todas partes” (motivadora esencial de textos literarios trascendentes de nuestra cultura), para ubicarse más bien en un punto intermedio entre la que pudiera considerarse una maldición y una bendición: es decir, como una circunstancia más, simplemente, igual a tantas otras que nos singularizan y diferencian en el panorama regional, universal.
Kcho se mueve por debajo y por sobre las aguas, “vuela” como alguno de sus “animales” desplegados en la galería (¿alcatraces, gaviotas, pelícanos?) y nos revela la profunda significación de ese mar que ya había dejado de ser objeto primordial para las artes visuales en Cuba desde mediados del siglo pasado (con sus excepciones, en la obra de Luis Martínez Pedro al filo de los 60, y de Sandra Ramos en los 90) El mar y su infinita gama de seres que lo habitan, los hombres de mar, o el caudal de instrumentos vinculados a la pesca y la navegación, suscitaron poco interés en nuestros artistas de la segunda mitad del siglo XX. Kcho, sin embargo, desde su natal Isla de Pinos —ese segundo “gran” segmento de tierra perteneciente al archipiélago cubano—, ha articulado casi toda su obra tri y bidimensional desde esa perspectiva “original” (la de un apasionado y consciente isleño) sin necesidad de recurrir a la rica herencia pictórica del siglo XIX, garante de una pintura y un grabado excepcionales de agraciada naturaleza académica hasta nuestros días.
Kcho, me atrevo a decirlo así, dota al arte cubano de un nuevo “paisaje marino”, ausente de la escena contemporánea durante décadas. Utiliza objetos usados, olvidados para siempre o relegados por el tiempo y un increíble abandono cuando debía ocurrir todo lo contrario, es decir, convertirse en “objetos de culto” por el servicio que prestaron a través de nuestra corta historia.
En estos “animales” reaparecen los remos de madera y metal, y en menor escala, pedazos de espuma de goma, arpones, cámaras infladas, tablas de surfear, junto a incontables tornillos, soga, nylon, portadores de esa entrañable pátina y esas texturas fabricadas por la erosión. Materiales reciclados originan nuevas formas, objetos ensamblados devienen esculturas (cinco de las seis obras cuelgan del techo de la galería): así construye el artista su muy peculiar universo poético, en busca de una auténtica reivindicación.
Por otra parte, los dibujos realizados en libretas y cuadernos siguen siendo uno de los recursos más queridos de Kcho, pocas veces explorado y explotado por él de manera sabia. Ahí están (iba a escribir yacen) acumulados bajo gruesos cristales, a la espera de una inteligente selección que los muestre como lo que son: verdaderas obras, gracias a esa mano que los define en tinta, crayola, bolígrafo, lápiz, carboncillo, como proyectos futuros, embriones o simplemente rasgos visibles de un oculto pensamiento, hondo y obsesionado por sacar afuera aquello que le corroe en lo esencial humano.
Aunque pareciera que en esta ocasión asoman a manera de complemento de las grandes piezas (o apéndices también), ellos por sí solos resultan una exposición dentro de otra, y ya va siendo hora de que se manifiesten en todo su esplendor y magnitud sin prejuicios de obra menor o secundaria, bastarda. En más de una ocasión este artista ha consignado un serio conocimiento de las leyes del dibujo sobre papel y cartulina (recordemos su exposición en el Museo Ron Havana Club, La Habana, 2004), del boceto procesal, del discurso ideoestético que conlleva, para beneficio de una tradición poco valorada en el ámbito de la cultura visual cubana.
Kcho vuelve a desmarcarse de las corrientes principales que hoy dominan la escena artística local para situarse al lado de quienes se lanzan a la búsqueda de nuevos territorios en lo formal y estructural, preocupados, no obstante, por la trama social en que se insertan, por las circunstancias en que vivimos rodeados casi siempre de agua por todas partes.
Inclinado más hacia la escultura y eludiendo los riesgos de un mercado atenazante en sus diversas modalidades, Kcho vuelve al ruedo del arte cubano con una propuesta asaz polémica en lo conceptual, virtuosa en lo formal y plena de significados permanentes para el imaginario colectivo.
NELSON HERRERA YSLA
