Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Mónica E. Kupfer

Guillermo Trujillo

Galería Habitante

Guillermo Trujillo es, sin duda, una de las grandes figuras del arte panameño, considerado un maestro tanto por sus estudiantes como por los coleccionistas y el público que han seguido su desenvolvimiento artístico desde los años cincuenta. Lo interesante en la obra nueva de este pintor septuagenario es que vuelve a su origen, interpretando formas y colores que caracterizaron su producción hace décadas, y condensando en composiciones de gran sencillez la esencia de un estilo muy personal. La más reciente exposición de Trujillo en Panamá —una colección de acrílicos, dibujos y esculturas— fue presentada en la Galería Habitante, acompañada de un catálogo especialmente valioso con múltiples reproducciones a color y la notable inclusión de tres ensayos analíticos de respetadas figuras del mundo cultural panameño.

Exposición Individual: Guillermo Trujillo — imagen 1
Guillermo Trujillo. Sin título, 2005. Acrílico. 127 x 152,4 cm. (50 x 60 pulgadas). Foto: Ricardo Rondaniche.

Las pinturas sobre lienzo, grandes acrílicos de unos cinco pies de altura, dominaban el espacio expositivo y armonizaban, tanto en color como en gesto y contenido, con la colección de más de una docena de dibujos en técnica mixta que presentó Trujillo. La impresión general era una de serenidad y elegancia, pues en el conjunto, incluidas las esculturas en bronce con pátinas oscuras, el artista se había limitado al uso de una reducida gama de colores: blanco, negro y rojo ocre. El efecto era de estar rodeado por una serie de obras modernas en ejecución y materiales, pero a la vez antiguas por sus formas elementales y tonos restringidos, como aquellos de los diseños rupestres que se encuentran en algunas cuevas españolas, o en las obras que el propio Trujillo creara en los años sesenta. Son también éstos los colores que dominan la decoración de las vasijas —o huacas— del arte precolombino panameño, expresiones artísticas que Trujillo conoce bien, que colecciona, y a las que ha estado expuesto desde sus años de infancia en Chiriquí, la provincia más occidental de Panamá.

Las figuras esquemáticas —esencialmente verticales— en rojo y negro en las obras de Trujillo muestran seres humanos, signos arboriformes y siluetas zoomorfas en escenas que parecen describir ritos. Los entornos naturales están representados como cuevas u oscuras arboledas y, a diferencia de tantas de sus obras, esta serie no muestra ni cielos abiertos ni horizontes dramáticos, pues toda la acción se realiza dentro de grutas o edenes nocturnos. El artista logra aquí una sensación de rituales enigmáticos en los que animales, plantas y seres humanos juegan por partes iguales. La mayoría de las formas humanas —predominan las siluetas y los perfiles— tienen cabezas, pero sólo unas cuantas muestran detalles en la cara. Hay mujeres y hombres, desnudos o vestidos, con peinados y sombreros, así como humanos meramente insinuados por el cuerpo vertical y el volumen redondo del cráneo. Los animales aparecen interpretados como bastones ceremoniales con cabezas de cabras cornudas, bestias con picos largos o probóscides perturbadoras; y las plantas como raíces, ramas o sinuosas formas fálicas que se entrelazan en un sistema de redes, y que en algunos casos resultan más dominantes —dentro de la naturaleza trujillense— que las criaturas antropomorfas.

La ejecución de las obras es impecable. Estamos frente a un maestro que domina la composición y el volumen, que logra crear una nueva realidad por medio de incontables, repetitivos y delgados trazos de negro o rojo y que crea claroscuros y espacios profundos que dejan entrever el fondo blanco, claridad que contribuye de igual manera al efecto de las figuras tridimensionales. Trujillo no le teme al trabajo, tal como lo ha demostrado a lo largo de su desarrollo, y sigue pintando de manera incansable en un compromiso de años que se cuentan en jornadas diarias de disciplina. A través de su carrera, ha explorado medios tan variados como la acuarela, el grabado y el bordado, y también la escultura, como lo demuestran las piezas que incluía la exposición en Galería Habitante. Se trata de la abstracción de formas verticales que nacen en las pinturas de Trujillo y que en estas piezas de bronce se convierten en seres de volumen y proporciones humanas de casi seis pies de alto. Aunque impresionan por el carácter sensual de sus superficies y las formas vegetales que el artista incorpora a lo humano, resulta difícil que estas figuras aisladas logren el drama y la tensión tanto compositiva como psicológica que se percibe en las obras bidimensionales. La escultura le permite crear íconos individuales de sus personajes —los llamados “nuchos”, por la relación que guardan con los bastones ceremoniales de los indígenas panameños—. Sin embargo, con la pintura —aún reducida a tres tonos—Guillermo Trujillo es capaz de erigir mundos nuevos, espacios simbólicos que hacen eco de las relaciones entre los hombres, los animales y la naturaleza, con obras que transmiten ideas y despiertan sentimientos en el observador.

MÓNICA E. KUPFER

Guillermo Trujillo, por Mónica E. Kupfer | artnexus