Cuando Elio Rodríguez Valdés ganó en 1995 el premio principal del Salón Juan David ganó también el derecho de realizar dos años después, en el Centro de Arte 23 y 12, una muestra colateral oficial a la VI Bienal de La Habana, donde retomó los presupuestos de la obra laureada: Macho Still Life. Esta pintura era un bodegón de nuevo tipo, que desde ese género pictórico discursaba sobre el género sexual, la identidad cultural y ciertas coyunturas socioeconómicas. Y al igual que obras ulteriores (y algunas anteriores) estuvo patrocinada por Macho Enterprise, S.A., empresa imaginaria fundada por el artista como estrategia de supervivencia ante la pujanza del mercado (incluido el del arte). Cuando le pregunté sobre esta paródica entidad comercial destinada a publicitar su creación, afirmó: “En realidad es una puesta en escena, un recurso utilizado para darle más ‘sazón’ a mi propuesta, y en su momento me sirvió para estructurarla”.

Y la estructuró con textos (letreros) anunciadores, intencionalidad tipográfica y grandilocuencia de imágenes, rasgos del diseño publicitario igualmente notorios en Remakes, segunda muestra personal de Elio Rodríguez (El Macho) en el Centro de Arte 23 y 12. En esta exposición, realizada entre noviembre de 2005 y enero de 2006, mostró diez obras representativas de tres series, que aludieron además a varios soportes de la publicidad. En la que dio título a la exposición retomó el homenaje a carteles cinematográficos. En Mulatísimas revitalizó a la promoción cigarrera decimonónica, donde la mestiza era plasmada como producto cultural (resultado del encuentro entre culturas) y objeto sexual tan apetecible para el extranjero como la mercancía publicitada. En La gran corrida parodió al afiche taurino y subvirtió un tanto la relación colonia-metrópoli, centro-periferia. Así, el negro (otrora esclavo, ícono de fuerza viril y brutal) se erige en conquistador de la blanca española, justo en la Madre Patria. O armado con un bate (objeto fálico y emblema del deporte nacional cubano) se enfrenta a un toro (símbolo de virilidad animal y de un deporte tradicional en España). La representación de sí mismo, de sus parejas, la acreditación de amigos cercanos (pero en situaciones y roles supuestos), confieren carácter testimonial mezclado con ficción narrativa a esas “simulaciones” de diseños gráficos. Pero no les restan credibilidad ni consistencia como muestras de problemáticas socioartísticas.
Por otro lado, la concepción en serie de esas obras realizadas en 2005 se corresponde con la multiplicación requerida en los reclamos publicitarios. Y aunque ha utilizado la gigantografía o la impresión digitalizada, Elio Rodríguez ha recurrido más a la serigrafía o silkscreen. Es un procedimiento tradicional del cartel cubano incluso antes de 1959 y se aviene mejor con la pintura, por crear un “original múltiple” que, a diferencia de otras técnicas de impresión, permite trabajar con transparencias y pastas, chorrear, bloquear, experimentar sobre la pantalla sintética como si fuera la superficie de un lienzo. Quizás por ahí se encamine también la observación del recién fallecido crítico cubano Ariel Ribeaux, quien en un texto de 1996 reproducido en el catálogo apuntó al uso de la publicidad en la obra de Elio “como cuerpo medular de una poética de representación, como apoyatura ineludible y englobadora de un cosmos pictórico”. Y es que esas obras gráficas son exponentes de cierta simbiosis con la pintura por cuanto, al igual que esta, no necesitan un encargo previo y buscan la polisemia, la lectura demorada (si bien desde la síntesis compositiva). Incluso, cuando hacia fines de los años 80 Elio Rodríguez respondió a una encomienda institucional y tomó parte en el proyecto Muros y Vallas realizado en la capital cubana, recurrió a una pared en una transitada vía pública para mostrar... su propia creación plástica, solamente como producto estético-artístico. Pero desde ya le interesaba esa comunicación tal vez más directa con el espectador que puede alcanzar la obra emplazada en la calle, conforme sucede con el diseño gráfico urbano y la pintura o escultura ambiental.
Es una poética posmoderna la de este artista habanero nacido en 1966, cuyos carteles y vallas nunca han sido “útiles” como diseños gráficos. Su finalidad ha sido siempre estético-artística, gozan de gran autonomía y trascienden el momento en que fueron creados, como la pintura u otros medios considerados artísticos per se, y en los cuales, a su vez, este creador graduado del Instituto Superior de Arte ha utilizado resortes publicitarios, ubicados en las antípodas de la propaganda político-cultural al uso.
Elio Rodríguez también entrevera el retrato y la naturaleza muerta: dos géneros ancestrales renovados en los años 90 en Cuba. Recurre al pastiche, el revival, el juego, la parodia, el apócrifo y el seudónimo, la simulación, la redención de “géneros menores” y/o “no artísticos”, las minorías étnicas, lo popular, el kitsch. Y pareciera coincidir con Celia Cruz en que “la vida es un carnaval”.
ISRAEL CASTELLANOS LEÓN
