La preocupación por los múltiples aspectos que hacen parte del amplísimo universo cifrado por la cartografía resulta una constante en una zona bien extendida del hacer estético contemporáneo. La falta de orden, la desproporcionalidad en la distribución de los recursos y su “abusado uso”, así como la anarquía de falsos modelos globales donde los centros hegemónicos, metropolitanos y europeos continúan siendo los enclaves emisores de discursos, han impulsado al artista actual a pensar sobre la legitimidad, autoridad, pertinencia y sentido del mapa. ¿Para qué sirven los mapas? —se pregunta casi todos—, si desde luego las fronteras físicas son vulneradas por acciones bélicas obtusas, frentes retóricos abiertamente sospechosos y gestos presuntamente diplomáticos que tras la falacia de lo multicultural siguen haciendo una instrumentación interesada del concepto de alteridad, en tanto este último se revela como muy rentable, dado el tipo de transacción y mercadeo al que se exponga.
Los artistas latinoamericanos, excepto aquellos que le aseguran al método del préstamo y a la puesta en escena de los modelos foráneos la tan ansiada llegada al éxito, han buscado siempre la manera de cuestionarse el orden y destino de su cultura cuando los textos fundacionales de la misma han estado redactados con el pulso autoritario del que vino de lejos. En este sentido, la recurrencia a la cartografía, a su velado ejercicio de poder en la disposición y ordenamiento no sólo del mundo sino de las acciones mismas del pensar, se convierte en pretexto para un sinnúmero de reflexiones que exceden incluso los límites mismos del mapa en cuestión. Todo pareciera indicar que es ésta la motivación idéntica que orquesta la última muestra del artista de origen venezolano, radicado en Londres, Cipriano Martínez. Su más reciente exposición en la sala Pages Espai Dart en Barcelona ha resultado ser un gran trazado cartográfico en el que los manejos ambiguos de la representación centran la incertidumbre respecto a cualquier criterio de verdad, de fiabilidad y de autenticidad respecto a la historia que cuentan las infinitas bifurcaciones y yuxtaposiciones cruzadas que relatan los mapas.

Compuesta de diecinueve piezas, todas de naturaleza pictórica pero con modulaciones diferenciadas en el tratamiento del soporte, esta exposición encubría la trampa de la sagacidad y el nervio. Cada obra sigue una lógica interna donde las polaridades binómicas basadas en el esquema cartesiano del orden como oposición al caos, quedan asentadas y nunca resueltas. En cualquier caso, y en esta propuesta en particular, el par binómico orden/caos no queda expresado como una oposición sensu strictus. Cipriano Martínez es un artista de saberes, y de saberes que apuntan al don de un pensamiento abstracto y relacional.
Siendo así, sus obras expuestas, agrupadas en las series: Ordenamientos: mapa I y II, Pesadillas naranjas y Derrames y Metástasis, escapan del esquematismo incluso de la representación como criterio de verdad. Cuestionan, a su modo, la objetividad del mundo, la ceguera mediocre en las cartografías mayúsculas a partir de visualizaciones de un presunto orden donde hay mucho de abstracción y de fuga, de deseo de puridad pero también desenfreno cauto. Es por esta razón que las abstracciones de Cipriano Martínez cuyo posible referente de identificación sea acaso el falso mapa, no son víctimas ellas mismas de lo anecdótico y de la descripción, en tanto ansían convertirse en metáforas de procesos mentales, culturales y, si se quiere, hasta de naturaleza fisiológica (con todo lo que de filosofía tenga esto). Motivos entonces por lo que algunos críticos han querido ver en sus trazados de manchas, de accidentes, de caos ordenado o semiordenado, asociaciones infinitas con el interior del cuerpo, el mundo casi mágico de los líquidos y fluidos intersticiales que rondan por los recodos inescrutables de la anatomía.
Tejidos, nervaduras, proyecciones mentales que prefiguran engañosas ideas de posibles cartografías, son algunos de los recursos de los que se sirve Martínez para dibujar un paisaje. Nadie accede a la obra de Cipriano Martínez desde el goce limpio de la mirada. Todos actúan bajo el prejuicio favorable de que el arte siempre quiere decir algo, porque la falta de nombre confunde, atormenta, desquicia la razón pura.
El engaño, la falsedad del mundo de afuera, de sus circunstancias, la mentira sobre el arte mismo considerado un mecanismo de reflejo, de intervención en la conciencia, la realidad de un horizonte perceptivo que cada vez se hace más inasible y menos aprehensible. Todas las obras presentadas en esta muestra bajo el título El orden desde dentro tienen un elemento en común, y es el uso de la ambigüedad como estadio perenne de la duda. La representación: ¿quién se acuerda de lo que se ha dicho sobre eso que algunas teoría llaman representación? La duda, siempre ésta, y en su lugar su deseo, hace sucumbir a la razón, sencillamente la asfixia.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
