Cuando se considera el lugar que ocupa Sudáfrica en los conflictos políticos, sociológicos y psicológicos del siglo XX, no sorprende que quienes reflexionan sobre la historia reciente de la nación y se encargan de relatarla tengan una tarea complicada. Lo que todo esto ha significado en realidad —la brutal imposición y el mantenimiento, durante décadas, de un régimen colonial totalitario, el posterior derrocamiento y desmembramiento del régimen, y el diligente esfuerzo del país para llegar a un entendimiento restaurativo de este oscuro período mediante las llamadas audiencias de la llamada Comisión de la Verdad y la Reconciliación— no puede plantearse de una manera simple y categórica.
Los poetas, novelistas y otros artistas del país, que tienen mucho que mordisquear, nos ofrecen reflexiones sobre la situación, que tienen sus propios aspectos redentivos. ¿Quién puede pasar por alto el profundo alcance de las obras teatrales de Athol Fugard, las novelas de Nadine Gordimer y J. M. Coetzee, las obras de arte de Marlene Dumas, Zwelethu Mthethwa, David Goldblatt y William Kentridge, entre tantos otros?
Los mejores momentos de este variado grupo son penetrantes, líricos y, a menudo, rabiosos, coincidiendo con la crudeza de sus circunstancias pero también con la complejidad. Si sus miembros comparten tan sólo una idea, podría ser la de que una mirada inquebrantable es la clave del poder. Sin embargo, varios de estos artistas abordan el apartheid de una manera muy oblicua, si es que lo hacen en absoluto. La separación forzosa de la población debe haber sido el hecho más notorio de la vida sudafricana del siglo XX, pero no fue el único. Oprimidos y opresores, además de ser ciudadanos de un estado singular —y particularmente salvaje—, son también los moradores de un paisaje, amantes y, además, humanos corpóreos.

Durante el transcurso de su prolífica e inmensamente variada carrera, William Kentridge no sólo ha reconocido lo matizada que es la verdad de cualquier asunto, ha llegado a ser un conocedor de la llamada “condición humana”. Sus animaciones, poco pulidas y de apariencia envejecida, cuentan con frecuencia historias cargadas de ansiedad sobre la ordinaria y por lo general indecorosa conducta del industrial Soho Ekstein, su esposa y el amante de ésta, Felix Teitlebaum, en episodios con títulos como Sobriedad, Obesidad y Envejecimiento e Historia de la queja principal. Las brutalidades del apartheid se filtran a menudo —de manera aterradora, grotesca, en forma de palizas y torturas, vislumbradas, observadas, quizás soñadas, por los dopplegangers de Kentridge—y se podría concluir que gran parte de la inquietud puramente interior de sus existencias se deriva de la asfixiante atmósfera sociopolítica que los rodea.
Pero, a diferencia de muchos artistas que trabajan en la actualidad, las reflexiones dibujadas a mano y filmadas por Kentridge están llenas de humor oscuro y tierno. La flácida carne de sus personajes es expuesta a menudo, y sus desgarbados cuerpos son con frecuencia escudriñados por vectores de uno u otro tipo, que rebotan. Maquinaria y muebles bailan el vals y elminué; un palomo se transforma en pez dentro de un botiquín; una línea desordenada de sombras de títeres cruza un árido paisaje, como refugiados desfigurados, a la melodía asmática y desafinada de What a Friend We Have in Jesus.
Quizás el mejor aspecto del agudo sentido del humor de Kentridge sea su afición por lo viejo, lo hecho a mano, lo individual. Cada animación consiste en un puñado relativamente pequeño de imágenes hechas de dibujos que ha borrado y vuelto a dibujar muchas veces y luego ha fotografiado. Hay un elemento de abnegación en este proceso. En un video trabaja con un autorretrato de tamaño natural espléndidamente representado al que ha vuelto añicos, y algunas de sus otras películas presentan actos similares de autodestrucción.

Aunque parezca increíble, este proceso nunca llama la atención hacia los sacrificios del artista. Más bien, el efecto es el de una magia extraña pero absolutamente verosímil, como cuando números y complicados arabescos aparecen en el momento en que el artista toca el papel con el lápiz. Kentridge puede tener objeciones a la vida del siglo XX, pero parece tan ofendido por las apabullantes perplejidades de la mecanizada cultura urbana masiva como por el apartheid y el mundo posterior a éste.
Es probable que muchos espectadores conozcan mejor a Kentridge por su devastador Ubu Tells the Truth (1997), en el que gatos animados y trípodes de cámaras son los agentes de la vigilancia, la tortura y los asesinatos oficiales; o por las crónicas de Soho Ekstein y Felix Teitlebaum, más apacibles pero no menos perturbadoras. Cuán encantadora y refinada parece en comparación la serie 7 fragmentos para Georges Mèliés (2003), pequeños dramas que presentan al artista en las agonías de acertijos puramente artísticos: buscando inspiración en una página en blanco o creando personajes que huyen, o haciendo pinturas que desaparecen a medida que él trabaja. En uno de estos, Auto-Didact, Kentridge, en su estudio, busca en uno de los bolsillos de su pantalón y saca la página de un libro, luego, otra página de otro bolsillo, después, muchas páginas vuelan del piso a sus manos y, por último, un libro tras otro, hasta que él sale con un brazado de ellos.
Cerca de este grupo de obras, en la oscura galería del piso de abajo del MAC, se hallaba una película afín titulada Viaje a la luna (2003), una encantadora y divertida historia en la que aparece una cafetera que viaja hacia la Luna como si fuera un cohete, mientras nuestro interlocutor, el artista, observa su progreso a través de una taza de café espresso. Hay muchos objetos y secuencias sorprendentes en esta obra, incluidos libros con vacilantes textos verticales, dibujos que cobran vida, muebles y obras de arte que levitan, y un hombre de la luna maravillosamente familiar que Kentridge copió del mismo Georges Mèliés al que le rinde homenaje en su 7 fragmentos para Georges Mèliés. Resulta que Mèliés fue un animador de principios del siglo XX cuyo propio Viaje a la luna presentaba un cigarro a modo de cohete que se estrellaba en el ojo del hombre de la luna.
Esto es todo inventiva atmosférica, violenta, presentada en forma precisa y con humor al estilo usual de Kentridge, pero también es perturbador hasta el punto de que los fragmentos no lo son, porque hay un fantasma, una mujer desnuda, que camina sin hacer ruido por el estudio del artista, observando mientras él observa, tocándole el hombro, pero desapareciendo cuando él se voltea con la esperanza de saludarla.
JOEL WEINSTEIN
Vive en Miami, escribe sobre arte para revistas nacionales e internacionales.
