En la antigua caballeriza del Cuartel militar de Ballajá, a un costado de la Plaza Quinto Centenario del Viejo San Juan, acampa un ejército de calaveras que posan como bailarinas, personalidades de la política local e internacional, top models y soldados rasos. Uno de éstos, con un casco militar y celular en mano, exclama: “Mama, papa, Im ok… we won di War!”. La secretaria Condoleezza Rice es convertida en una Emisaria del diablo que a pesar del “cadaverismo” de la situación conserva incólume el peinado. Una Miss Puerto Rico USA condensa en un gesto la marcha militar y el típico movimiento de las modelos sobre la pasarela. Otro grupo de calaveras engalanadas rodea un féretro cubierto con la bandera estadounidense en Para los pendejos.

Son dibujos de Carlos Fajardo hechos con plumilla Flair sobre papel transparente y sobrepuesto en papel previamente estampado. Después han sido fotocopiados en máquina Xerox y enmarcados en madera negra como si fueran esquelas funerarias para la exposición. El artista no oculta los efectos del proceso. Por el contrario, a menudo las imágenes parecen cortadas por las sucesivas copias —la que envió al curador, la que decidió regalar a un amigo—, o bien, quemadas y sobresaturadas por la tinta negra de la máquina fotocopiadora. Sean festivos o simplemente decorativos, los dibujos de Fajardo son “copias de copias”, como el reflejo de una sociedad que multiplica su pobre origen.
Varios de estos motivos gráficos ocupan lugar protagónico en las pinturas de la exposición Obras disloplasmáticas: alrededor de cuarenta. Fajardo proyecta sobre el lienzo las imágenes aprovechando la transparencia del dibujo inicial y luego realiza combinaciones. Por ejemplo, una bailarina de pelo largo pasa de los brazos de un soldado al interior de un jarrón “abandonado” sobre un montón de neumáticos en Florero de goma. La estampa de Miss Puerto Rico USA o la imagen de una pareja de militares que bailotea son repetidas sobre la lona. El cementerio de gomas se desliza desde un paisaje idílico en el campo hasta la orilla de una playa. Esta movilidad —por no decir, promiscuidad— de los motivos es consecuente con su trabajo artístico, pues Fajardo camufla los distintos ámbitos de “la realidad” —entiéndase por esto, recortes de anuncios comerciales, calcomanías, trozos de periódicos, revistas— mediante la técnica del collage y junta el acrílico con la masilla, la pintura de esmalte y los marcadores de oficina.
El artista utiliza géneros tradicionales, como el paisaje, el retrato —a menudo caricaturesco—, el florero y la crónica histórica y social. Sin embargo, los presenta con la mala conciencia de saberse una Pintura decorativa, unos Aguacates plásticos, una Pintura neoliberal o un Bodegón censurado. Esto nos lleva al banquete de los títulos en la propuesta de Carlos Fajardo, para quien el paratexto, es decir, aquellos elementos que son extrínsecos a la obra pero marcan su recepción, es tan importante como la obra misma.
Los títulos son como detonadores de sentido y pueden causar “daños colaterales” en el espectador. A los casos antes citados pueden sumarse, un Paisaje agrandado que presenta al payaso Super Size de McDonald's, una Curtura iletrada, o las exposiciones mismas, pues Obras disloplasmáticas está precedida por otras de similar tono: Bodegones conservadores, Bodegones totalitarios, 30 dibujos honestos y 30 pinturas malas.
Ingenuamente se podría empatar su obra con el cine necrofantástico a lo Tim Burton, pero mientras éste halla cierta remuneración estética en las representaciones macabras, Fajardo las utiliza como un muestrario llano de la obscenidad que implica la dominación estadounidense sobre Puerto Rico y, en última instancia, sobre el mundo. En una ocasión afirmó: “En realidad todo es pantomima y pasarela, concursos y remeneo, hipocresía, claques y esnobismos… Vivir para copiar. Vivir para mentir. Vivir para joder. Vivir para existir. Vivir para cagar”. La guerra contra Irak —en la que han muerto decenas de puertorriqueños— es el clímax de esa obscenidad.
La tradición crítica de las artes visuales puertorriqueñas ha tenido notables exponentes desde que irrumpió en escena en la década de 1940 y se consolidó hacia 1970. Tras la muerte de Filiberto Ojeda Ríos, el legendario líder de “Los Macheteros” —Ejército Popular Boricua—, durante una redada del FBI el pasado 23 de septiembre, muchos artistas han abandonado la rutina del taller —donde lo mismo producían pinturas de caballete que obras conceptuales— y han retomado la corriente crítica. En este panorama, Carlos Fajardo aparece como un cultivador maduro. Su expresión integra los gestos de la denuncia en los medios tradicionales que la nueva generación a menudo desdeña. Como señala Héctor J. Huyké en el catálogo: “Los colores a veces cuadran con las formas y a veces no. En este mundo de contradicciones, el pintor no quiere precisión. No quiere hacer las cosas ‘como Dios manda’. Porque aquí no manda ningún Dios…”
ELVIS FUENTES
