De todas las ferias que parecieran haber poblado el mundo artístico y que afloran en cualquier momento del año, puede ser que Art Basel Miami Beach haya terminado por eclipsar a todas las demás. Esto no sólo tiene que ver con la abundancia de eventos profesionales y sociales afines que giran en torno a ella, porque, aunque la mayoría de las ferias tienen actividades complementarias como mesas redondas y otras, la versión de Miami se ha extendido y ofrece prácticamente todo lo que tiene que ver con la práctica artística, como se pudo ver en Video Lounge, Art Perform, Art Projects, Art Positions y Art Sound Lounge, para nombrar sólo unos pocos de los componentes fuera de la feria. Aparte de la naturaleza gigantesca de Art Basel Miami Beach, otra de sus características es la tendencia carnavalesca de las numerosas fiestas y celebraciones, la cual, en cierto sentido, ha dado la impresión de que ahora la feria es más un escenario que un lugar para ver arte. El roce y la interconexión que van de la mano con el ostensible glamour pueden asociarse con una percepción condescendiente de la feria, como prueba de la vulgarización del arte en un mundo capitalista, pero sería ingenuo hacer desaparecer las festividades del fenómeno Art Basel Miami Beach como si fuesen nada más que el aderezo social de maquinaciones movidas por el mercado. Todos sabemos del potencial de invertir en arte, pero es simplista decir que el arte es una mercancía y, de manera dogmática, desdeñar su potencial de venta como si, de algún modo, lo corrompiera. Pero, intelectualmente, es más exigente y, desde luego, más interesante, desde el punto de vista sociológico, distinguir qué géneros son arte, antes que la generalización que va con la percepción contraria. Como lo demostró la versión de 2005 de Art Basel Miami Beach, se llevaron a cabo muy buenas presentaciones por muy diversas razones; algunas, al crear un contexto para trabajar donde no había ninguno, y otras, al encontrarse de frente con la multicéfala feria.



Video Lounge, por ejemplo, fue organizado esta vez por el historiador de arte y curador Christopher Eamon. Sus selecciones estaban divididas en once rúbricas temáticas e incluyeron obras recientes así como piezas más antiguas. Fue gratificante ver obras fundamentales de Valie Export, Yvonne Rainer y Michael Snow en yuxtaposición con su progenie artística que, sin duda, contrarrestaba la amnesia histórica del arte; porque, con mucha frecuencia, los artistas más jóvenes, al no conocer la precedencia de su práctica, terminan reinventando la rueda. Sin embargo, la inteligente selección y las divisiones creadas por Eamon no eran todas académicas, puesto que había lugar para que cada quien hiciera su propia selección en el nuevo Video Lounge, donde se encontraban unas 100 obras para elegir y examinar. Uno se iba con la impresión de que esta especie de independencia tal vez hacía parte de la premisa curatorial de darle al espectador un papel más creativo. En más de una ocasión se pudo escuchar a alguno de los visitantes que explicaba su selección curatorial de entre las muchas obras disponibles. Por otro lado, Art Perform fue más bien sombrío. Su curador fue Jens Hoffman, del London ICA, y la mayoría de los performances trataron de involucrar cierto grado de site-specificity literal o metafórico, lo que no es tarea fácil debido a que el escenario de Miami puede imponerse a tal punto que cualquier cosa asociada con la ciudad de manera tangencial se convierte en blanco narrativo legítimo. Por ejemplo, un artista recogió desechos de la playa y los archivó como si fuera un Robinson Crusoe moderno; otro leyó apartes del libreto de Scarface y ofreció recorridos a pie por los escenarios de la película; otros dos organizaron un concurso insustancial y sin riesgos consistente en hacer muecas. La naturaleza más bien superflua de los performances fue redimida sólo por el esfuerzo conjunto de Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla. Su performance consistía en un reclutador del ejército que trataba de conseguir gente que se inscribiera para el servicio militar. Aunque, probablemente, nadie se inscribió, fue una forma de cuestionar el a veces petulante fariseísmo del liberalismo del mundo del arte con algo que era políticamente incorrecto. No sólo fue ésta la pieza más impresionable de Art Perform sino que sus autores fueron los mismos que crearon la obra más dramática de Art Positions, donde las obras se exhibían en grandes contenedores colocados en la playa, lo cual ofrecía diferentes posibilidades contextuales para trabajar. Sin embargo, lo que Allora y Calzadilla expusieron fue un contenedor que estaba completamente aplastado. La mayoría de las obras de estilo similar al de ésta tuvieron éxito, debido a que este gesto post-Dadá rozaba contra las restricciones de la feria y, por consiguiente, la distinguía de las demás exposiciones Art Positions. Dentro de la feria había obras muy sólidas tanto en los stands de las galerías como en las secciones Art Kabinett y Art Nova.


Una pieza muy ostentosa fue exhibida por Thomas Hirschhorn (¿alguna vez ha sido modesto?), y consistía en lo que parecían ser desechos cifrados a través de una especie de relicario románico. La habilidad de Hirschhorn para combinar desechos con una refinada elegancia lo ha distinguido de otros que trabajan con un modus operandi formal semejante, el de la estética de la acumulación exagerada, como Jason Rhodes, por ejemplo. Dos hermosas presentaciones corrieron por cuenta de la galería austriaca Krinzinger. Una era un video de Edwin Wurm titulado Am I House (2005), que parodiaba la televisión infantil pero que era bastante cerebral y humorístico, por su monótona reflexión sobre la ontología del arte y el interrogante sobre en qué consiste la arquitectura. Otra sólida exposición de Krinzinger se vio en Art Kabinett, una sección de la feria consistente en pequeñas exposiciones individuales o temáticas dentro de stands de galerías. Krinzinger proyectó películas de acción vienesas y fue un placer poco común ver obras clave de estos importantes artistas para quienes el performance es muy importante. Otras notables exposiciones de Art Kabinett incluyeron una de abstracción geométrica latinoamericana de la siempre irrefrenable Mary Anne Martin Fine Art. Igualmente memorable fue un exquisito mural del brasileño Tonico Lemos Aud exhibido por Galería Luisa Strina. La pieza consistía en piedras semipreciosas, alfileres y pintura. Quizás la exposición más conmovedora de Art Kabinett fue el homenaje a Harald Szeeman, quien falleció el año pasado. La galería Haas & Fuchs presentó selecciones de Documenta 5, de 1972, curada por Szeeman. ¿Fue esto únicamente para presentarle los debidos respetos a un curador importante desde el punto de vista histórico, o pudo haber sido el equivalente curatorial de La Boite en Valise? de Duchamp. Desde luego, esta comparación se adaptaría muy bien al curador suizo (q. e. p. d.). En contraste con Art Kabinett estaba la sección Art Nova.



Allí se podían encontrar grandes exposiciones, incluida una excelente instalación de cerámicas y cajas de madera del mexicano Eduardo Sarabia, presentada por I-20, de Nueva York. Las cerámicas, un palimpsesto esférico y una derivación contemporánea de la cerámica mexicana de Talavera, que históricamente es una conjugación de la sensibilidad prehispánica, española y mudéjar, estaban colocadas sobre cajas de madera pintadas con publicidad de compañías fruteras. En este sentido, no sólo tenían afinidad con las cajas de madera de Brillo, de Warhol, sino que Sarabia convirtió su exposición en un falso museo decorativo semejante a un mercado de pulgas. Lo mismo puede decirse de una pieza realizada en conjunto por Rikrit Tiravanija y Superflex titulada Social Pudding (2004). Su colosal instalación, que incluía películas, escultura, obras sobre papel, murales, aparatos caseros y pudín que podía ser consumido por el público, funcionaba bien en conjunto y mantuvo intactos su vigor estético y su poética visual. En las galerías sobresalieron numerosos stands, incluida una presentación individual de Sarah Lucas en Sadie Coles HQ, de Londres. Como me comentó Don Rubell, el famoso coleccionista de Miami, en una breve charla sobre la obra de esta artista, hay una cierta ambigüedad traviesa en sus esculturas que le dará a Lucas un cuarto de hora más prolongado que el de sus colegas británicos.


Las galerías latinoamericanas estuvieron muy bien representadas y hubo un mayor número que en años anteriores. Entre ellas estuvieron Ruth Benzacar, con la instalación del hipnótico papel de colgadura de Jorge Macchi; la nueva serie de pinturas de Atelier Morales, basada en los escritos de Alexander von Humboldt, exhibida por Nina Menocal; y Millan Antonio, que presentó hermosas fotografías de la videoinstalación de trompos en movimiento de Miguel Ángel Ríos. Con frecuencia, los cuadros congelados de video no son muy convincentes como obras independientes, y la mayoría de las veces se crean para complacer a los coleccionistas que no pueden obtener la pieza de video en la que se basan las fotografías. Pero Ríos, que parece tener una especie de toque de Midas después de inclinarse por el video tras abandonar sus famosos mapas de la década de 1990, creó unas excelentes fotografías que podían defenderse por sí solas. Por último, estaban las galerías locales de Florida de Art Basel Miami Beach, incluida Ambrosino Gallery, que montó una preciosa exposición cuyo artista más sólido fue el prometedor Kevin Cooley, un recién graduado del School of Visual Arts de Nueva York. Cooley es un artista emergente con mucha visión para el detalle y cuyas extrañas pinturas con su cautivadora iluminación repleta de tensión teatral existencial se ubican en algún lugar entre Jeff Wall, Gregory Crewdson y Philip-Lorca di Corcia. Coleccionistas, presten atención: Cooley es relativamente barato ahora, pero sus precios y su apreciación sin duda empezarán a subir en un futuro cercano.
RAÚL ZAMUDIO
Curador y crítico independiente residente en Nueva York y anfitrión del talk show Art after Dark.

