Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Héctor Antón Castillo

Ariel Orozco

Myto

Ariel Orozco es un artista cubano residente en México que muy pronto se percató de la alternativa de no aferrarse a las historias personales como motivo único para concebir ficciones visuales. Asumir la experiencia como medio y no como fin, lo llevó a reemplazar el drama individual plasmado en sus terapias iniciales en favor de reducir la distancia entre el ámbito social y el imaginario poético del creador. Desde entonces, se propuso indagar en esos bordes ambiguos del cuerpo social donde confluyen lo real y lo virtual, sin llegar a delimitar fronteras visibles. Esta opción estratégica apuesta por una poética de la diversidad basada en la premisa de que existen diferentes caminos dispuestos para llegar a un mismo sitio, pero la elección de uno de ellos obliga tomar una decisión imprevista en el momento de ejecutar la maniobra plástica.

Al subordinar los medios a los fines, Ariel Orozco se propone hallar un orden lógico al caos de forma y contenido que se instaura en el arte y la vida. En esta búsqueda del equilibrio, se concentra la intencionalidad de su muestra Lo que sucede y no se ve, presentada entre octubre y noviembre de 2005 en la Galería Myto de la ciudad de México. La familiaridad de estos gestos fríamente cálidos se percibe cuando los elementos comunes a la ficción de lo real y la realidad de lo imaginario coexisten para articular un enfoque que persigue sacar a la luz el sentido inapresable de ciertos absurdos contemporáneos.

Exposición Individual: Ariel Orozco — imagen 1
Ariel Orozco. Yo paso por la ciudad y la ciudad pasa por mí, 2005. Impresión digital. 160 x 20 cm. (63 x 7 3/4 pulgadas).

Yo paso por la ciudad y la ciudad pasa por mí encarna uno de esos trayectos delirantes que ninguna persona modernamente sensata quisiera realizar. La acción consistió en recorrer las calles del Distrito Federal con un traje de lujo para efectuar una serie de intercambios de vestimenta con paseantes encontrados al azar que llevaban ropas de menor calidad. De esta manera, la caminata emprendida por el artista no concluyó hasta retornar al punto de salida cubierto de harapos. De vuelta a casa y frente al espejo, la imagen del agotado performer dejaba mucho que desear: había sido una jornada fallida, una regresión material que sería desechada de antemano por los partidarios de escalar socialmente a cada minuto de respiro vital.

Aires de la ciudad (2005) es una instalación que se materializa en globos multicolores inflados por sobrevivientes de la calle, los cuales se revientan en el transcurso de los días para que este «ritual del contagio» asegure el regreso del aliento envasado a su hábitat natural urbano. Pero la desaparición de la obra es una manera de propiciar la aparición del temor a la contaminación. Aires de la ciudad pone al descubierto los efectos de choque debidos a esos "accidentes" causados por subestimar la perspectiva hegemónica de prevenir los problemas. Esparcido el soplo de los mendigos en el ámbito de la galería, lo que sobrevive es una truculencia del arte transformada en instinto de conservación por la realidad de los espectadores. Aquí se detecta una constante operativa de este quehacer: el manejo del proceso como punta de lanza para derivar en una sucesión de comentarios sociales.

La relación espacio-temporal entre el desplazamiento y el reposo a partir de componentes vitales e inertes del paisaje cotidiano es otra de las aperturas visibles en el trabajo de Ariel Orozco. El gesto de forrar una pelota de baloncesto con la piel de un perro muerto en la calle tiene como finalidad "inmortalizarlo objetualmente". Al margen de todo indicio de panfleto humanitario, Salvar el pellejo termina siendo un juego cínico donde la piel de la perrita que fuera atropellada por un automóvil sigue rodando por el suelo para dar la sensación de vitalidad y disposición para el juego. Aunque la manipulación del artista permite que Lucy no desaparezca aplastada en el pavimento, el carácter de su desamparo afectivo permanece inalterable. Estar «bajo la cobija» de una galería o museo no le asegura al pellejo de la criatura disfrutar de las caricias que le fueron negadas cuando formaba parte de un cuerpo destinado a vagar sin rumbo por las calles.

Lo que sucede y no se ve procuró imprimirle un sentido interactivo al diseño museográfico. Para alcanzar este propósito, la curaduría se empeñó en ofrecerle al espectador el rol de consumidor activo listo para convertirse en un descubridor de no-lugares colocados en el sitio específico de un espacio de arte. Así, las piezas fueron emplazadas para crear un ambiente donde se tuviera la impresión de estar en presencia de un encuentro fortuito entre el público y el objeto-arte. Más que la oferta de otro producto artístico instrumentado para complacer a un puñado de expertos, la exposición se esforzó por ser un detonador de lenguajes accesibles para cualquier visitante. Ello facilitó el pretexto ideal para escoger la variante de que el espectador pudiera considerarse un residuo caótico de ella.

HÉCTOR ANTÓN CASTILLO

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