Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Claudia Laudanno

Amilcar de Castro

Galería Millan Antonio

Del 19 de octubre al 30 de noviembre la Galería Millan Antonio albergó una vasta individual del desaparecido escultor, Amilcar de Castro (Paraisópolis, MG, 1920–Belo Horizonte, MG, 2002), con curaduría general de Rodrigo de Castro. El conjunto de piezas, compuesto por esculturas en acero oxidado, preferentemente, monumentales y sometidas ex profeso por el artista a la acción de los efectos atmosféricos, se complementó con un ciclo de pinturas acrílicas sobre tela, en rigurosos valores de blancos y negros, igualmente de generosas dimensiones. La totalidad del corpus de obras se repartió por las amplias dependencias del recinto expositivo, ocupando la planta baja, el parque y el primer piso.

El lenguaje escultórico de Amilcar de Castro se fundamentó, desde sus inicios, en las innovaciones que generó gradualmente su poética espacial, llevando al límite y reformulando conceptos tan ortodoxos, como las cualidades de masa, bulto, volumen compacto, para desafiar dicho género milenario, como una vía lógica de escape a sus heredados atavismos.

Exposición Individual: Amilcar de Castro — imagen 1
Amilcar de Castro. Sin título, 1990. Acero. 120 x 80 x 0,6 cm. (47 3/4 x 31 3/4 x 0.2 pulgadas).

En el contexto de la muestra homenaje, celebrada en la Galería Millan Antonio, los pliegues, los desdoblamientos, las circunvoluciones, las superficies caladas, los vacíos, los tajos longitudinales e incisiones, delimitaban estructuras ciclópeas, vigorosas y contundentes, de innegable dinamismo, como es destacable en esculturas de gran porte, del tipo de Sin título (diciembre de 1990), realizada en acero, de 120 x 80 x 0,6 cm. Se trata de un cuerpo triangular que se abre al vacío, por medio un complejo interjuego de aristas y planos en el espacio que se doblan, jugando con el concepto de masa como envoltorio hueco y virtual. Del mismo tenor es la obra Sin título, también fechada hacia fines de 1990, de 120 x 120 x 2,5 cm. Ésta semeja un pórtico cuadrado de sabor ancestral, con una gran abertura central desplazada levemente hacia la derecha.

Por otra parte, resulta oportuno señalar que algunos trabajos, de formato más pequeño adoptan diferentes posiciones, introduciendo un carácter marcadamente lúdico a las piezas, las cuales pueden ser manipuladas a libre arbitrio por el propio espectador y, de hecho, se convierten en objetos escultóricos autotransformables. Este tipo de opus está representado por el núcleo temático de los Montajes, bloques macizos de acero que se pueden desplazar o separar, en forma modular, desde el centro hacia afuera, independizados de los lugares puntuales que ocupan, con unas medidas de 23 x 46 x 23 cm.

En tanto cuerpos aparentemente opulentos, se consigna una serie de esculturas circulares dislocadas, con incisiones de siluetas triangulares y rectangulares, que las fuerzan y las expanden, produciendo un cúmulo de transformaciones que redoblan el vacío circundante del paisaje y el entorno natural que las rodea. Estas obras expresan una inmóvil serenidad, unidas al ascetismo y el purismo formal, componentes de primer orden en la praxis y la teoría estética del maestro de Castro, tal como lo refiere en una de sus declaraciones más sustanciales: “Es preciso confiar en el reino del Silencio, donde la palabra es inútil. Así como un pájaro en su vuelo traza un dibujo en el aire, el pensamiento hace lo mismo en el reino del Silencio. Y sentir eso es descubrir el misterio de la sabiduría de VER”.

Pionero indiscutible de la “nueva escultura” en Brasil, De Castro fue, igualmente, uno de los artífices de ese cambio, punto de viraje y refundación de dicho lenguaje del arte, a partir de presupuestos netamente vanguardistas y contemporáneos. Ya en 1953, creó su primera escultura concreta, desde los lineamientos de una abstracción geométrica pura, completamente arreferencial, inspirada por el legado de Max Bill y la Bauhaus.

El repertorio de las construcciones, montajes y ensamblajes en acero oxidado y hierro, los procedimientos, formas, materiales y series temáticas desarrollados por el artista son tan radicalmente diferenciales que el propio vocablo “escultura” parece quedarle estrecho frente a todas las manifestaciones tridimensionales que desarrolló hasta 2002, año de su muerte, y que hoy se siguen arropando bajo este rótulo.

Las obras de Amilcar de Castro despliegan una retórica de lo plástico donde las tensiones compositivas entre planos, líneas, texturas, campos o zonas de color, otorgados por el propio material escultórico de sus volúmenes geométricos, consiguen generar efectos dramáticos o expresivos, pero siempre dentro de una modalidad inmanente a las piezas.

Entre tanto, sus pinturas y dibujos, a pesar de tener una fuerte base geométrica, ostentan un gestualismo sin concesiones, por ratos casi brutal de los trazos, disponiendo manchas o parcelas de valor, cuyo furor reduccionista al blanco y al negro se aprecia como una citación culta al suprematismo de Malevich. Este tipo de abstracción pictórica se desencadena por impulsos de un espiritualismo visceral, basado en la presentación de formas propias, capaces de configurar espacios bidimensionales neoconcretos, que a posteriori se convierten en masa volumétrica, esto es, en sólida escultura.

CLAUDIA LAUDANNO

Amilcar de Castro, por Claudia Laudanno | artnexus