Exposición Individualmar 2006 - may 2006· Por Claudia Laudanno

Adriana Varejão

Galeria Fortes Vilaça

La reciente individual de Adriana Varejão (Rio de Janeiro, 1964) en Galería Fortes Vilaça incluye una serie de inquietantes pinturas, resueltas en grandes y pequeños formatos, así como dibujos, donde la artista propone trabajos ambientales, verdaderos simulacros de environments arquitectónicos, engullidos por la densidad simbólica y la indudable sensualidad y concupiscencia que desata su discurso pictórico. Obras como El convidado, El predilecto, El tímido, El místico, El mentiroso, The chinese, reivindican como propio el espacio comprendido entre el cuadro y el espectador, en memorias de otras encarnaciones, más sutiles, más diáfanas, pero igualmente de innegable furor neobarroco, aunque, esta vez, atemperado, donde, paradojalmente, Varejão parece darnos una lección de transparencia.

Aquello que se pinta sobre el soporte es, sin lugar a dudas, mucho más que la mirada del pintor. Decía Merleau-Ponty, en El ojo y el espíritu, que el artista aporta todo su cuerpo en el acto de pintar. Ello implica un compromiso vital, existencial y de fuerte catarsis autorreferencial, por parte de Varejão, que se cumple en cada instancia de trabajo sobre la obra, con sucesivos acercamientos y alejamientos. Aquí se trata, pues, de una estética de la producción donde la artista carioca se aproxima a la naturalidad primera de la pintura, sin dejar en ningún momento, de hallarse implicada ex profeso en las microhistorias y microrrelatos que narra, desde estrategias semánticas y sintácticas tan barrocas y alambicadas como la elipsis y la hipérbole.

Exposición Individual: Adriana Varejão — imagen 1
Adriana Varejão. El convidado, 2005. Óleo sobre tela. 250 x 391 cm. (98 1/2 x 154 pulgadas). Foto: Eduardo Ortega.

Pero luego, Varejão se asegura de tomar la suficiente distancia de sus intrincadas y sugerentes puestas en escena y, de alguna manera, el hecho de sentirse supuestamente “ajena” a ellas actúa como una especie de ritual mágico que garantiza su propia inmunidad: sólo quien aparentemente no tiene nada que ver con lo acontecido puede expresarse con total libertad. Olvidar o dejar en suspenso determinadas cosas permite al artista contemporáneo desandar ciertos caminos rememorando el pasado como si fuese una huella o ruina activa. Ya lo aseveraba Borges: "El olvido es una de las formas de la memoria". Claro, de una memoria en capas. Fisicalidad contenida de los sentidos y acumulaciones pródigas de conceptos es lo que hay de nuevo en este opus de Varejão. ¿Cómo funcionan tales obras inéditas? Desde el silencio, el soliloquio y la atemporalidad, encriptados en escenarios vacíos de hombres, en tanto zonas de inasible y turbadora belleza.

Se trata de un conjunto de vistas de saunas, piscinas, baños, halls, corredores, encerrados y clausurados en sí mismos. Y la figuración sirve de sustento a una multiplicidad de juegos y entramados de mallas neogeométricas que se expanden por todas las superficies haciendo gala de otro principio fundante del barroco: el horror vacui.

En realidad, estas obras son mapeos, cartografías, en los cuales, el registro de lo humano se ha desvanecido. Al igual que la mónada de Leibniz —el filósofo barroco por excelencia—, aquí todo es pura interioridad: no hay ventanas ni aberturas hacia el exterior. Todo está sellado. Los pliegues del cuerpo in absentia reenvían a los pliegues del alma. Las estructuras y retículas en movimiento danzante se desdoblan, con un manejo del color y del valor altamente complejo, en propuestas casi monocromáticas de verdes, azules, turquesas, ocres, grises, blancos, con algunos toques amenazantes de rojos ensangrentados. Tal es el caso de El convidado, donde el minimalismo glauco de la escena es invadido por una herida derramada. Y de nuevo, la carne líquida, diseminada en una escatología prolongada. En tal sentido, los trabajos actuales de Varejão, se asumen como auténticos “cuerpos pictóricos», cuya voluptuosidad se encarna en el color liberado a acuerdos, contrastes y armonías. En su prolífica andadura artística, Adriana Varejão conjuga una estética analítica y otra perceptiva, esta última madurada en el lema de la recuperación del placer de la pintura sensorialista, "retiniana", que no deja de ahondar en los aportes de los signos indexicales —huellas, trazas, manchas, marcas, surcos—, unida a una iconografía sumaria y restrictiva.

Varejão ha dejado de lado, en este conjunto potente de obras, sus características pinturas-objeto, pletóricas de espesuras, suturas y costras, para abordar de lleno la planimetría, en una seguidilla de ritmos discontinuos, movedizos, pulsantes y de neta hipnosis para el público visitante.

A la manera de una pintura muda, ascética, despojada y conscientemente morosa, esta serie indica un viraje importante en la producción de la artista brasileña. Pintura-cuerpo, pintura-órgano, pintura-ambiental.

En síntesis, Varejão ha elaborado una alegoría de la diferencia en pintura, donde la ficción y la ilusión representacional crean una "cámara de ecos", para ver y escuchar sin atarnos a ningún tipo de secuencia o cualquier noción de causalidad, como le gusta afirmar a la propia artista.

CLAUDIA LAUDANNO

Adriana Varejão, por Claudia Laudanno | artnexus