Escultura y paisaje son dos problemas aparentemente anacrónicos. Pensarlos de nuevo es lo que algunos llaman “reflexividad”. Entonces, la pregunta “¿De qué hablamos cuando hablamos de paisaje y de escultura?” parece el “giro” necesario del pensamiento crítico. Rosario López reflexiona acerca de estos dos problemas: el paisaje y la escultura. El paisaje como experiencia, y la escultura, como estrategias mínimas que invitan al espectador a revivir la sensación inexplicable de sentirse en un límite y también agobiado frente a estructuras monumentales. Ambas experiencias bordean el desasosiego y la sensación de quedarse sin aliento.
La exposición se propone recuperar un viaje a Machu Picchu, un paisaje monumental donde se está cerca de la pared, y a Paracas, con casas de estera olvidadas en mitad del desierto. Paisajes totalmente diferentes entre sí, que son agobio y vacío al mismo tiempo. Rosario López explora el poder escultórico de estas dos sensaciones vitales.
La exposición demuestra que además de la experiencia, la artista tiene en cuenta una investigación sobre las obras de otros que la precedieron y que convirtieron al paisaje en su obsesión, los románticos alemanes, por ejemplo, y Rosario López pone en juego la línea de horizonte para que el espectador se enfrente visualmente al abismo y al vacío como una sensación visceral. Pero están presentes, así mismo, las reflexiones más contemporáneas de los “paisajistas” de los años setenta, que, con la conciencia de sentirse en medio de “un todo”, expandieron la noción de escultura.

Los objetos de esta exposición están afectados entonces por la geografía, las emociones y el comportamiento de los materiales y de la imagen, porque es una exposición que mezcla fotografía y materiales orgánicos y los somete a operaciones estratégicas muy simples
Por ejemplo, invierte la fotografía de un paisaje con cielo azul y línea de horizonte, y el vacío de ese cielo, por estar en el lugar que “no le corresponde”, aparece con un intenso poder escultórico. Las piedras de Machu Picchu, en dos fotografías de gran formato recostadas contra la pared, trasladan a la galería el poder de los muros de piedras que se ensamblan, y la fuerza de la presión de unas sobre las otras es protagonista de la imagen. Y es que en esta exposición, la fotografía tiene el poder de invitarnos a mirar otras cosas además de la anécdota; nos invita a sentir el poder de las fuerzas escultóricas que determinan la forma y el vacío del paisaje.
Con los materiales orgánicos, Rosario López se inventa unos límites muy creativos para que el vacío se haga visible. Así, construyó un techito de fique —que, sin embargo, ocupa una gran sala de la galería— que se comba por el peso del aire. Recubrió el espacio entre piedras con un material que sometido a presión, hace visible el poder escultórico del vacío entre ellas. Y construyó una casa de estera, siguiendo el modelo de las casas de Paracas, de dimensiones reales. Son increíbles las operaciones mentales que esa casa despierta en el espectador: ante todo, resulta evidente que protege un vacío y también el abandono y la ausencia; no hay que olvidar que muchas de las casas en el campo latinoamericano son abandonadas por los campesinos, debido la violencia o la miseria. Y también resulta increíble lo incómoda que “se siente” esa “casita” en el espacio de la galería; tanto, que parece reclamar presencias más reales en los espacios de exposición.
¿De qué hablamos cuando hablamos de espacio? Hablamos de un espacio que toma en cuenta las sensaciones y las experiencias del lugar en el cual nos encontramos o nos tocó vivir. No hablamos del espacio evasivo de la modernidad, representado por una línea recta o un espacio blanco entre dos puntos, que borraba todo el interés por permanecer o aunque sea observar lo que pasaba “en medio”, ya que lo importante era llegar casi siempre ansiosos a “alguna parte” o “a otra parte”. Es una exposición renovadora de una artista muy joven, pero concentrada en su trabajo, que demuestra por eso madurez y compromiso. Una artista que cree en la escultura y en los materiales, pero que los “desordena” atravesándolos con experiencias vitales y corriendo grandes riesgos.
NATALIA GUTIÉRREZ
