Exposición Individualdic 2005 - feb 2006· Por Israel Castellanos

Roberto Diago

Galería Habana

Cuando Émile Zola escribió La alegría de vivir, no podía imaginar que su naturalismo expositor de fenómenos sociales en el París del siglo XIX hallaría otras coordenadas en la plástica y La Habana de estos tiempos. Específicamente, en la creación del artista cubano Roberto Diago (1971), cuya exposición homónima tuvo en Galería Habana, entre agosto y septiembre de 2005, una primera confrontación con el espectador.

Gigantografias en blanco y negro; fotografías iluminadas en cajas de luces y enmarcadas en retablos de madera burda; fotografías en movimiento entrampadas en un monitor o proyectadas sobre una pared y salidas de un par de casitas resueltas con tablones, permitían al público verificar la orgánica articulación de “las bondades del high tech con la rusticidad y la visualidad povera de la madera y los ambientes”. Así lo plasmó en el catálogo de la muestra su curadora, Elvia Rosa Castro, quien además precisó: “La alegría de vivir no es sólo un privilegio, sino un mecanismo de resistencia en el día a día”. Pero lo mismo cabría decir de “Aquí lo que no hay es que morirse”, divisa de los negros esclavos llegados a Cuba en tiempos de la Colonia y que bautizó a una muestra anterior de Roberto Diago.

Exposición Individual: Roberto Diago — imagen 1
Roberto Diago. Sin título, 2005. Técnica mixta. Dimensiones variables.

Por eso también, y de acuerdo con Elvia Rosa Castro, el título de la nueva exposición expresaba la antigua convicción de una poética o discurso artístico. Más, al observar que en esta muestra las expresiones eufóricas se mezclaban con actitudes de abatimiento o resignación, la percusión festiva del tambor y la actividad de varios niños se entreveraban con la sordidez del hábitat y un hombre sonreía con una mueca en el retablo fotográfico llamado La alegría de vivir, el espectador pudo advertir que el nombre de la exposición basculaba entre la ironía y la sinceridad. Todo ello a partir de registros decantados luego por el artista, en un documentalismo que, amén de buscar las cosas de la realidad y/o la realidad de las cosas, lo hacía a través de una óptica que lógicamente expresaba su verdad.

Diago recurrió para ello a varios modus operandi. Como un fotógrafo live, salió a rastrear expresiones que aprehendió en situaciones no necesariamente escogidas con antelación. Como artista que documenta sus acciones, fotografió o grabó en video intervenciones de carácter social en las que ha participado. Ahí están los talleres de artes plásticas con niños en el habanero solar (o casa de vecindad) de La California, y los retratos de sonrientes vecinos de ese paraje que Diago contribuyó a reacondicionar. Fue aquí donde, en la pasada edición de la Bienal de La Habana (2003), tuvo lugar el proyecto colectivo Isaroko.

Diago también procedió como hacedor. Reinterpretó los referentes y los dimensionó a escala hiperbólica, para lograr un impacto mayor. En esa construcción de sentido, la exageración no se produjo por aumento sino por su reverso. Se manifestó así en el environment incluido, que constituyó el punto focal de más interés en la exposición. En mayor medida que las cajas de luces, ese caserío rústico potenció el discurso de los materiales pobres, los cuales no aludían solamente a la precariedad económica. Su misma provisionalidad como hábitat se confundía con los presupuestos de toda obra efímera. Y, por otro lado, las viviendas rudimentarias y la caótica “organización urbana” se avenían más con la improvisación que echa raíces as time goes by, esfumando la noción de lo provisorio, de lo “mientras tanto”. Y devenían, al igual que la cocina de keroseno incluida en la muestra, “objetos de la necesidad”: esos artefactos utilitarios, de inventiva popular y espontánea, creados a instancias de la supervivencia, y cuyos valores funcionales prevalecen por encima de las consideraciones estéticas, según los ha definido el diseñador e investigador cubano Ernesto Oroza.

Todo ello puede hacer pensar que Diago realiza un arte antropológico, sociológico. Sin embargo, también hace antropología del arte, pues como insider trabaja a partir de sus experiencias, contactos e intereses, que metaboliza y expone. Diago continúa interesado en el fenómeno de la marginalidad (que incluye lo marginal, lo marginado y lo automarginado) y sigue priorizando dentro de ella a su “raza” (la negra), hecho que lo inscribe en una larga tradición en Cuba. Tal vez la visión de Diago no ha sido totalmente alegre. Tampoco lo es la vida. Y, como ella, tampoco es enteramente apocalíptica la formulación de Diago. Quizás sea también ésta la opinión de quienes hayan visto La alegría de vivir en la Fundación Brownstone, del París posterior a Zola, donde se exhibió desde octubre hasta fines de diciembre de 2005 esa muestra del multipremiado artista, quien ha participado en la Bienal de Venecia (1997), en varias ferias internacionales de arte, y posee la Distinción por la Cultura Nacional.

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

Roberto Diago, por Israel Castellanos | artnexus