La serie más reciente de ocho pinturas del artista cubano Paul Sierra, nacido en La Habana y reconocido desde hace tiempo por sus representaciones seriales, retrata accidentes vehiculares. Los choques de automotores están entre las principales causas de muerte en Estados Unidos y, según informes, en el resto del mundo alguien muere en un accidente automovilístico cada minuto. Es un dato alarmante de proporciones asombrosas al que Sierra le da vibrantes formas y presencias visuales. Según lo afirmó el autor de este artículo, “los automóviles son un segundo hogar”, y los accidentes de tráfico, “una forma de morir repentina, brutal, violenta”. Irónicamente, o quizás debido a su naturaleza espantosa, el tema de la muerte en sí está ausente. Con un título muy apropiado, Kaddish (2005) invoca la oración judía recitada por los dolientes convocados durante los once meses posteriores a la muerte de un ser querido y en cada aniversario de ésta. Curiosamente, en la oración no hay una referencia literal a la muerte misma. Igualmente, el espectador no ve víctimas en la pintura, sólo las secuelas de lo que fue al parecer una colisión trágica. Un automóvil azul, volcado y muy averiado, que aparece al fondo, y un humeante auto rojo inutilizado, tirado en una zanja de una carretera rural, delatan una imprudencia temeraria al conducir. Nada se divulga acerca de los conductores; quién sobrevivió o quién murió es un misterio que se deja a la imaginación del espectador. Sin embargo, el duelo por alguien sigue siendo una actividad irrefutable asociada con el percance. No obstante, Sierra, ateo declarado, reconoce su credo judío paterno mediante el nombre de su obra. En el fondo, una iglesia anónima le hace eco al débil tono religioso.

Igualmente desconocido y desapercibido, excepto por la bota solitaria que se ve al fondo, es el Donor (Donante), que le da a otro lienzo su título y que aparentemente pereció en el choque fatal que involucró a un automóvil verde y una motocicleta roja captados al estilo de una fotografía, en una vía rural. Un fondo verde brillante lleno de árboles le infunde una misteriosa quietud a este perturbador retrato del escenario de un accidente. Curiosamente, la versión de Sierra del capó un poco dañado hace pensar en piel o tela. Mangled (2005) presenta un auto azul destripado cuyo revestimiento metálico destrozado también adquiere la apariencia de una tela suave hecha jirones. Un Red Toyota (2005) está enterrado en un exuberante y fértil paisaje de resplandecientes verdes y amarillos al estilo de Monet. Las partes metálicas fragmentadas del vehículo nos recuerdan los huesos rotos de un cuerpo humano; podría decirse que, a falta de gente, el artista les infunde a sus vehículos atributos humanos. Visto así, Truck vs. Chevy (2005) se convierte en una parábola pictórica del combate entre el “David” y el “Goliat” de los automotores. Este lienzo tampoco contiene figuras humanas explícitas. Otras dos pinturas, Pile Up y Rush Hour, de esta serie de 2005 nos recuerdan las pinturas de estrelladas de autos realizadas en la década de 1980 por Carlos Almaraz, artista chicano residente en Los Ángeles, a quien Sierra elogia. La primera de éstas resuena por la paleta y el drama, aunque no con la majestuosidad de la obra canónica del pintor inglés Joseph Mallord William Turner, The Burning of the Houses of Parliament (1834). En Pile Up se pueden distinguir cinco vehículos; al observar con más detenimiento, el luminiscente fondo deja ver un neumático y otros fragmentos resultantes del impacto. El fuego devorador de estas dos pinturas de Sierra, y las columnas de humo, en especial en la última que acabamos de describir, amenazan al espectador con aspectos antropomórficos.
Paul Sierra le da a su público instantáneas de los momentos subsiguientes a colisiones de vehículos. El hecho de que casi todas las piezas seriales presenten marcos exteriores negros que encierran sujetos que alguna vez fueron muy cinéticos, y ahora se han convertido en homenajes memento mori animados de una manera extraña, pone de relieve la banalidad de las muertes en carretera captadas por los lentes de las cámaras y reportadas en los medios.
Dos pinturas exhibidas junto con los vehículos en movimiento son Prometheus (1991) e Icarus (1993), figuras mitológicas asociadas con fuego y consecuencias trágicas. Ícaro, por supuesto, voló demasiado cerca del dios sol Helio y cayó, se estrelló y murió cuando la cera que sostenía sus alas se derritió debido al calor. Al robar el fuego de los dioses y dárselo a la humanidad, Prometeo sufrió la dolorosa ira de Zeus. Empleando un vigor estilístico barroco, al estilo de Sequeiros, y grueso empaste, Sierra transforma su humana personificación de Ícaro en una fuerza vital más etérea que se mezcla con el prominente escenario paisajístico de la pintura. En cierta forma, Prometeo es representado experimentalmente, desprovisto de su cualidad física dominante e imponente. En el contexto más amplio de la serie sobre vehículos, uno se queda pensando hasta qué punto la figura humana es un sujeto efímero para Paul Sierra. Por fortuna, en otra de las obras expuestas, dos equipos de diminutos remeros se disputan la atención con el paisaje citadino circundante, en un magnífico y luminoso lienzo titulado From the Fullerton Bridge (2004). En The Blink of an Eye (1994), que se aprecia junto a las obras de la nueva serie, se representa a un hombre que corre —nos recuerda la pintura Running Man, hecha por Borofsky, el artista de instalaciones, sobre el Muro de Berlín.
VÍCTOR ALEJANDRO SORELL
