Sólo considerar los elementos expuestos en las paredes, en un monitor, en el piso y el techo de la galería sería una visión demasiado humilde de Pablo Helguera en su exposición Swang Song. Para tener una idea completa de la exposición, el espectador debe recrear la conjunción de esas obras con el concierto-performance compuesto —en su casi totalidad— por el artista, e interpretado por la Mexican-American Orchestra bajo la conducción de Alondra de la Parra, llevado a cabo el día de la inauguración, a cuatro cuadras de la galería. Como artista visual, Helguera enlaza los territorios de la obra objetual, la performance y la música con la mirada puesta en la extinción. El autor viene desarrollando sus presentaciones en torno a la extinción de las lenguas, de las culturas y de los implementos para ejecutar/registrar la producción sonora, y la reutilización de los mismos. La finitud como preocupación de entrada al tunel de sus creaciones alcanza los vestigios de diversas culturas, los medios, ciertos personajes, a la par que deja infiltrar un romanticismo finisecular en el clima general de sus exposiciones.

Helguera es tanto individual como generacional, lo que analizamos a continuación. Los artistas de este momento —buena parte de ellos—, no se mantienen en los límites de una sola expresión, sino que conforman híbridos (de varias, simultáneamente o no), como se describió a Swang Song en el párrafo anterior. Quienes atienden a un lineamiento conceptual evitan la narrativa lineal; algunos ofrecen al espectador aspectos del proceso de realización de la obra, otros no lo hacen (como Helguera en esta exposición). La elegancia es generacional e individual —no estamos en los 70—, y por ende, cada elemento está cuidado en su realización y presentación. El espectador de las Artes Visuales está expuesto a las experiencias como cualquier individuo que hoy sale a la calle. En la diversidad está sublimada la narrativa de algunos artistas neoconceptuales. El espectador tiene que tener en cuenta todo esto en relación con la obra de Pablo Helguera, y además, que él se instala en las herencias y en investigación, las revela, gusta de explicarlas, publicarlas y sublimarlas en los objetos, como en Conservatorio de Lenguas Muertas, un conjunto de treinta cilindros de cera, de los poquísimos que subsisten en ese tipo de elementos de grabación, en cada uno de los cuales se registraba una de las lenguas en vías de extinción. Alineados en su color cálido y en su palidez —como aquello aún con vida pero que se extingue—, se encontraban en diversos estantes de una vitrina. Si bien, ésta presentación no dejaba de evocar la presencia del marketing en la exposición de productos de belleza, también atendía a esa dualidad entre lo real y lo sintético que abunda en diversos temas, sean realizaciones de artistas o productos comerciales. Conservatorio de Lenguas Muertas estaba bien iluminado, ejercía un extraño fenómeno de atracción; la palabra “conservatorio” en el título permite diversas interpretaciones tanto en inglés como en español, que quedan abiertas al juego del lector. Las inquietudes propias del artista podrían ubicarse como aspectos de la antropología cultural. Concentrado en lo visual de lo musical —no en partituras sino en las anotaciones o registros epocales—, y ocasionalmente en ciertos instrumentos, él nos expone a conocer ciertos aspectos del pasado a través de rescates helguerianos. Ya en 1942, Henrietta Yurchenko realizó su primer viaje de investigación para rescatar las lenguas y músicas originales indígenas en México y Guatemala. No es el afán de Pablo Helguera hacer exacta y solamente eso, su visión es sigloveintiunesca, ambiciosa, enciclopédica e irónica.
Al entrar a la galería, dicha vitrina y Acolman, la instalación en el techo, ejercían un fuerte atractivo. La composición suspendida —resuelta en madera y cera—, de poco espesor y de contorno molecular también motivaba a percepciones de orden clásico, podía ser tanto un panal de abejas como un encasetonado renacentista; el mismo motivo trazado con masking tape daba contorno en el piso donde se ubicó la orquesta. Si Acolman deriva de un de los bellos monasterios en México, Endigness, la composición musical de quien hoy nos ocupa, revela lo híbrido de las estéticas actuales. Una evocación natural aflora: John Cage, música, texto, objeto, performance, aunque con nutrientes y objetivos muy diferentes, Cage de cara a la ruptura, Pablo Helguera atiende a la finitud —la busca y la evita, le teme y le rinde homenaje— en un eco ancestral de mexicanidad. En la inauguración-concierto-performance, cada ejecutante tenía junto a sí una vela encendida. Terminada la ejecución de Endigness, interpretaron el Farewell de Haydn. Cada músico fue apagando la vela y saliendo del salón uno a la vez, llevando a cabo la integración de lo performático que se mencionó dentro del trabajo del autor.
GRACIELA KARTOFEL
