La Galería de Arte Mexicano (GAM) había exhibido ya la producción de María José de la Macorra en 2001. La muestra De las geografías al norte interior perfilaban ya a una autora con preocupaciones muy claras sobre los asuntos de la ecología, el agua especialmente, y los cambios de estado de los distintos elementos.
De Nubes y lluvia/Torres de agua deja ante el público el trabajo de una creadora informada y que lleva a cabo investigaciones que derivan en obras especialmente propositivas en lo que se refiere al uso de los materiales y a las maneras en las que combina los lenguajes de los mapas cartográficos y la cerámica, la tela de alambre e incluso la chaquira, materiales que nos refieren a momentos clave de la vida de la naturaleza aquí evocada.
En los últimos dos años, María José de la Macorra se ha interesado especialmente en las instalaciones y la manera en la que éstas se relacionan tanto con el espacio en el que están contenidas como con los espectadores que se enfrentan a ellas. Y es que estas instalaciones contienen en sí mismas referencias muy claras a una exterioridad que, llevada a los espacios expositivos, adquiere un carácter de recopilación de elementos otrora a campo abierto como los montes, el agua, las nubes, e incluso, cuando hace referencias al ser humano, lo hace deconstruyendo la figura y presentando evocaciones de órganos (estómago, intestinos, genitales, etc.), en un estado de relación de vulnerabilidad ante los fenómenos climáticos.

La muestra recibía al espectador con Spheres within spheres, una reconstrucción de una vista aérea imaginaria del volcán conocido como el “Pico de Orizaba”, promontorio altamente representativo en la región mexicana de Veracruz. La pieza es de gran impacto por los materiales utilizados y la manera en la que De la Macorra expresa su relación con esta montaña. Compuesta de largos collares de varios metros de largo, hechos con esferas de cerámica de distintos tamaños y dispuestos en el suelo haciendo círculos, la obra nos ubica, cuando estamos de pie junto a ella y le miramos de arriba abajo como si lo hiciéramos desde las alturas, ante una montaña a la que se ha sacado una especie de radiografía que nos devela de manera precisa su representación en los mapas que, a base de códigos gráficos, nos enseñan las diferentes alturas, desniveles, terrazas que ahora inferimos sobre una pieza toda en el suelo pero reveladora de volúmenes que en ella no existen.
Referente a esta serie de trabajos, ella ha comentado que “Las montañas son como centros que sobresalen en nuestra geografía terrestre; el Citlaltépetl o Pico de Orizaba es para mí una geografía paralela a la terrestre (la mítica o imaginaria) que corresponde a un paisaje imaginario que tiene que ver con estructuras de nuestra conciencia o de una memoria mítica”.
Sucede algo similar con las nubes que De la Macorra ubicó en una de las paredes de la GAM y que son partes del cuerpo humano dispuestas de piso a techo en todo el muro. Esta museografía recrea una suerte de cielo al que habitan secciones corporales, y se trata de un cielo al que vemos desde nuestra posición vertical en nuestro recorrido por la muestra. Así como a la montaña la miramos como si volásemos sobre ella, al cielo lo vemos como si lo tuviéramos, a modo de horizonte, frente a nosotros.
La pieza Rain nos marca una importante pauta en el trabajo de María José de la Macorra desde el punto de vista del manejo del tiempo. Si con otras obras intuimos que el devenir de la naturaleza es algo en constante movimiento, con esta obra constatamos ese instante detenido del que ahora somos testigos de honor. El fluir está detenido y, de manera simultánea, nos queda claro que esa lluvia cae eternamente.
La interconexión de cada uno de los elementos de la naturaleza entre sí con los componentes de nuestra representación contemporánea nos lleva a ver entre sus trabajos evocaciones de piezas emblemáticas, como la famosa Gran ola de Kanagawa, modelo de representación asimilado de manera total a nuestras referencias culturales cuando se trata de señalar lo relativo a la fuerza de la naturaleza, a su constante devenir, a su defragmentación y reconstitución simultáneas como aquello que, como nosotros mismos, siempre está siendo.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
