María Cristina Cortés ha mantenido a lo largo de su trabajo un gran interés por el tema del paisaje, lo que le ha permitido elaborar una amplia reflexión en torno a los valores cambiantes de la luz. En su obra reciente, titulada Matemonte, una vez más indaga en un paisaje atmosférico, denso y brumoso, esta vez para acentuar las posibilidades del trazo, de la línea, del grafismo, y para continuar aludiendo a las relaciones que se establecen entre cultura y naturaleza.
En estos dibujos sobre lienzo, realizados con técnicas mixtas, en ocasiones, la perspectiva clásica del paisaje se evidencia sobre la tela, en ellas los grafismos que se presentan en primer plano remiten a troncos enmarañados, tras los cuales se extiende un espacio profundo y húmedo. En otras obras, también hay atmósfera, pero la profundidad no es explícita, la bruma aplana el espacio, entonces, las líneas pierden la connotación de troncos y se presentan como trazos de carácter orgánico que tienen la voluntad de generar tensiones sobre un plano. Y es en esta voluntad de dibujar, más allá de representar, donde el trabajo se hace más fuerte e incisivo.

Dibujar es un acto humano que ha persistido en la historia del arte desde los tiempos más remotos. A lo largo de la historia del arte se ha hablado de “la muerte de la pintura”, pero jamás, que yo recuerde, se ha mencionado “la muerte del dibujo”. El dibujo es un medio milenario que a través de un gesto expresa de forma directa, espontánea o premeditada, el pensamiento y hace visibles nuestras intenciones. Los artistas, bien sean conceptuales, abstractos o figurativos, han utilizado el dibujo para planear una obra, o para realizar un trabajo definitivo, y bien se trate de uno u otro caso, el dibujo ejerce, sobre quien lo mira, un particular atractivo.
La obra de María Cristina Cortés ha estado más cercana a los valores de la representación que del arte “conceptual”. Ella hace parte de una generación en la que se crea una ruptura en el arte colombiano: algunos abren camino a las prácticas contemporáneas, otros se pliegan a los valores del arte moderno, ella ha optado por el segundo camino. Fiel a sus preceptos, se ha comprometido seriamente, con una poética cercana al impresionismo y a la “buena pintura moderna”. Sin embargo, desde 1998, María Cristina Cortés, se ha interesado en aludir a temas que tienen que ver con la ecología, lo que nos lleva a esa conflictiva relación entre naturaleza y cultura. Como lo señala Ivonne Pini, en el catálogo de la muestra, este conflicto se acentúa en esta etapa de su trabajo, en la medida que se presenta una naturaleza inhóspita, un paisaje enmarañado y asfixiante.
Más allá del tema que la motiva, estas telas son un excelente ejercicio de dibujo, más allá del conflicto hombre-naturaleza, pervive en ellas la voluntad de componer mediante trazos una superficie que por alguna extraña razón me traen a la memoria los tableros de Santiago Cárdenas. Esas pinturas que nos engañaban, que nos hacían creer que estábamos delante de un tablero verde, mal borrado, pero que no eran otra cosa que una excelente pintura que permitía que a través de ella, se manifestara un gran dibujante. En el caso de Matemonte, como ocurre en el N∫ 21, las líneas pueden ser representación, pueden ser parte de un paisaje en conflicto: ramajes secos, troncos entrecruzados; también pueden ser líneas que proyectan sombras, aludiendo a un espacio figurativo menos preciso; o pueden percibirse como una composición abstracta en el espacio bidimensional. Bien se mire bajo una u otra perspectiva, esta trama de líneas hacen visible el placer y el poder del buen dibujo, producto de un gesto humano que quiere dejar su impronta sobre alguna superficie del mundo.
MARTA RODRÍGUEZ
