Para muchos, la exposición retrospectiva del pintor argentino-panameño Juan Carlos Marcos curada por Alexandra Arias, que ocupó todo el Museo de Arte Contemporáneo en mayo de 2005, constituyó un verdadero descubrimiento. Por una parte, hasta ahora sólo un público limitado estaba al tanto de la larga y fructífera trayectoria de Marcos como artista del lienzo, a pesar de su amplio reconocimiento como publicista en su país adoptivo.
La muestra se inicia con un autorretrato de 1946, imagen que revela no sólo una apariencia verosímil, sino también un notable manejo de los claroscuros, la luz, el color y la espátula, pruebas de toda la promesa que encerraba el joven pintor. La retrospectiva presenta un recorrido cronológico que le permite al visitante conocer las diversas etapas creativas en la vida de Juan Carlos Marcos, que se ha nutrido de sus múltiples mudanzas por el mundo. En la primera sala, que llega hasta 1964, se presentan ejemplos de obras tempranas, como sus imágenes de bailarinas en acuarela realizadas en Argentina, que dan paso a pinturas de influencia informalista creadas por Marcos durante sus enriquecedores años de estudiante en Francia y España. Estas obras impresionan por sus texturas dramáticas y colores sutiles, terrosos, así como por la sensación primitiva y la semiabstracción que las caracterizan.

La siguiente sección de la muestra llega hasta 1986, con trabajos realizados por Marcos en Chile y también en Panamá, donde llegó en 1965 a presentar una exposición en el Instituto Panameño de Arte, institución precursora del Museo de Arte Contemporáneo, con lo que esta retrospectiva cierra un círculo histórico. En esta etapa encontramos obras completamente abstractas, de cuadros dentro de cuadros, en muchos casos blancos y en otros regidos por colores intensos como el rojo o el amarillo. A pesar del formato ahora mayor de los lienzos, el artista emplea diminutas pinceladas que crean texturas y se combinan para crear grandes áreas donde el color es el protagonista. La abstracción continúa en pinturas posteriores en las que Marcos emplea el trompe-l’oeil para producir la impresión de lienzos rasgados, o formas geométricas que emergen y retroceden dentro del cuadro compositivo.
Si en las salas iniciales reina cierta paz por el montaje espacioso de las obras tempranas de Marcos, el primer salón en la planta alta del Museo anuncia cambios en la trayectoria del pintor, con un muestrario de los lienzos cuadrados de la serie titulada Altar de luz, a la que Marcos dedicó varios años. Cada composición se desarrolla basándose en la anterior, pasando progresivamente de abstracciones geométricas a la figuración realista. Los trabajos iniciales fueron recubiertos poco a poco por páginas de diarios, que Marcos pintó con impactante detalle hiperrealista. Cuando los periódicos llegaron a cubrir todo, el artista empezó a pintar sobre esa imagen una corbata y una camisa, luego una tela amarilla, encima de ésta un bodegón tradicional, y así sucesivamente. La serie llegó a incluir más de veinte obras, generadora cada una de la siguiente imagen.
Sigue una sala pequeña, como un minimuseo de obras de pequeño formato creadas por Marcos a lo largo de varios años, entre ellas una serie de bien logrados y divertidos autorretratos en los que el artista usa su faz como lugar de burla reflexiva, con tubos de plomería que emergen de sus ojos o su boca, con un enchufe eléctrico sobre su cara, o con la nariz roja y redonda de un payaso.
El último gran salón de la muestra —cargado de color y figuras humanas— presenta un número múltiple de obras de formato grande creadas entre 1993 y 2004. Se trata de un periodo en el que Marcos se concentró en la creación de obras figurativas de gran realismo y notable calidad artística, caracterizadas por interpretaciones surrealistas, comentarios sociopolíticos, la lograda recreación del cuerpo humano y un considerable sentido del humor. Entre otras cosas, Marcos volvió a la tradición académica en sus estudios de desnudos y en la recreación minuciosa de bodegones, base sobre la cual ha construido un lenguaje visual propio. Este admirador de los grandes maestros nunca se ha sentido completamente satisfecho con sus logros, condición que lo ha impulsado siempre a seguir buscando. En el proceso de esa búsqueda, ha logrado crear un cuerpo de trabajo que impresiona por su creatividad y maestría técnica.
Por otra parte, han sido pocas las oportunidades en Panamá que permiten recorrer la producción pictórica vitalicia de un creador con el apoyo de una publicación paralela. El libro titulado La vida y obra de Juan Carlos Marcos, de Mónica Kupfer ofrece una visión biográfica y estilística detallada del artista.
MÓNICA E. KUPFER
