Exposición Individualdic 2005 - feb 2006· Por Carla Zaccagnini

João Loureiro

Espacio residencial en la calle Aimberê

João Loureiro inició su trayectoria en 1997 y desde entonces viene constituyendo un sólido cuerpo de trabajos, basado principalmente en la construcción de objetos y esculturas, sin dejar de lado una extensa producción gráfica. En su mayoría, las piezas y dibujos del artista disecan el ambiente doméstico como espacio de formación del sujeto y a las relaciones que allí se establecen: sea entre sus diferentes habitantes; sea entre éstos y los muebles que los confortan; sea entre ambos y la arquitectura que los aloja. 

A partir de ese interés en el universo de lo doméstico, João Loureiro desarrolló su “Proyecto para la ocupación de una casa”. Con el apoyo de la recién extinta Bolsa Vitae, fundación que subvencionaba la producción artística, Loureiro alquiló una casa en un barrio residencial de São Paulo y construyó una serie de piezas para poblar el inmueble vacío. El proyecto duró un año, entre los primeros estudios y bocetos para los diferentes ambientes y el último mes, en que la casa estuvo abierta al público.

El inmueble parece haber sido elegido no por alguna característica que pueda destacarse, sino por sus rasgos comunes: un pequeño jardín y el espacio para guardar el automóvil en el frente; la puerta de entrada que lleva directamente a un living no demasiado grande; la cocina al fondo con media pared de azulejos, como se usaba en los 50; una escalera que lleva al segundo piso, ocupado por dos dormitorios, un anexo y el baño. Nada que la distinga de los inmuebles vecinos construidos en la misma época.

Exposición Individual: João Loureiro — imagen 1
João Loureiro. Proyecto para la ocupación de una casa, 2004-2005. Madera, fórmica, hierro, instalación eléctrica, cúpulas de papel. Dimensiones variables.

El frente quedó intacto. En el living, una estructura de metal blanca dibujaba interligados los asientos fijos de un enrojecido convivio social. Los mismos perfiles metálicos que servían de pies a los sillones tapizados de blanco, los ataban uno a otro y sujetaban una mesa de centro, también blanca, un cuadro en blanco y tres lámparas que iluminaban el ambiente desde el cielo raso. La línea seguía por el suelo hasta dibujar una reja que delimitaba el espacio bajo la ventana, con vista al jardín frontal. Allí el parqué estaba cubierto por una alfombra de lana de oveja negra.

La cocina, espacio por excelencia de las relaciones familiares, estaba ocupada por una mesa redonda ligada por un eje a una silla que giraba a su alrededor, a una distancia fija. Construidas en metal y pintadas de marrón, ambas traían un diseño que la memoria asocia a muebles de madera. Un espejo servía de mostrador para un reloj, en hora, y reflejaba a los visitantes inmersos en ese ambiente. Pieza clave, inserta al observador en el lugar instaurado por el trabajo y lo hace consciente del tiempo que sigue corriendo, de la continuidad entre adentro y afuera. En todo momento, el proyecto se estructura por la tensión entre la realidad de la calle o del inmueble y la ficción que allí se construye.

La escalera fue cubierta por una alfombra verde que en los escalones más altos va ganando volumen, de a poco, como si el bien-comportado signo de confort y calidez se fuera saliendo de contról, tornándose EN vegetal poco a poco hasta desaparecer por debajo de la puerta a la izquierda, cerrada y sin picaportes. Hacia el otro lado, un pasillo lleva derecho al baño, donde la única interferencia del artista, lo único que parece fuera de lugar en la realidad conocida de los azulejos decorados, son dos jabones comunes con troncos entallados.

En el dormitorio abierto, una escultura se inicia paralela a la pared y se vuelve horizontal, con las dimensiones de una cama matrimonial. A un lado, una estructura semejante ocupa el lugar de mesa de luz, con su lámpara de cabecera. Hechas de cilindros de madera aglomerada recubiertos de fórmica en dos tonos de marron, las piezas traen a la memoria las cabañas de troncos de ilustraciones de libros o dibujos animados, o las imágenes de leñadores llevando hileras de madera cortada río abajo.

El ambiente contiguo tiene un sillón de madera tapizado de verde, junto a la ventana por donde se puede ver la calle. En las paredes, repisas y libros revelan algunas de las referencias literarias de un habitante ficcional o del artista: una colección incompleta de Julio Verne; tres libros científicos dedicados a la zoología, a la mineralogía y a la botánica; una repisa de troncos reales con los nichos que ocuparían publicaciones ausentes; Robinson Cruso, de Daniel Defoe, y su compañero Viernes, de Michel Tournier.

Volvemos al espejo y su reloj. Sentados en el sillón, los libros al alcance de los ojos traen discursos que construyen este espacio, mientras la ventana nos acerca a la calle, donde los contenidos cotidianos que no nos abandonaron aquí dentro se manifiestan sin trucos ni perversiones. 

CARLA ZACCAGNINI

João Loureiro, por Carla Zaccagnini | artnexus