La obra de Elvis Céllez conmueve a todos. Así lo evidenció su reciente muestra personal Antes del amanecer en la Galería Servando de la capital cubana. Una propuesta explosiva y sensible que se mueve en un registro neoexpresionista para hablarnos a quemarropa sobre la soledad y despersonalización del sujeto social del siglo XXI. Y que sorprende, pues hoy en Cuba asistimos a un arte bastante complaciente, o en el mejor de los casos, con un nivel de sutileza que muchas veces sabe más a truco minimalista que a creación auténtica. Él es como un performer que pinta, porque consigue similares reacciones en el espectador.
Lienzos de mediano y gran formato cargados de violencia y angustia comentan sobre un tema caro dentro de la producción del autor: los mineros. Él es originario de Minas de Matahambre, municipio de Pinar del Río, y su discurso desde el inicio se interesó por el destino de estos hombres marcados por la tribulación. El cierre de las minas de cobre en su pueblo natal en 1997, como consecuencia de la crisis económica del país, significó un drama tremendo: los mineros se quedaron sin trabajo, y el lugar, en una situación de precariedad absoluta, porque allí se vivía de los ingresos que las minas representaban. Por la vigencia y gravedad del tema, Elvis Cellez lo ha tratado con singular fruición a lo largo de su trayectoria artística. Dichas minas, fundadas en 1913, llegaron a ser un rubro importantísimo dentro y fuera de Cuba. La pureza y calidad general del metal propició que se exportara en el contexto de América Latina, ofreciendo notables dividendos en nuestra economía.

En la serie titulada La clonación, el artista pintó varios retratos de personajes populares y autorretratos. Sobre todo los últimos, constituyen el segmento más provocador de la exposición, por representarse desnudo: unas veces atado de pies y manos, masturbándose, cortándose las venas, con las manos amputadas, con el hígado en la mano, en posición de crucificado, en grotesca actitud de irreverencia respecto al estado de orfandad de sus héroes anónimos. El gesto desenfadado, la calidez del colorido, el uso de recursos de la mala pintura, el dripping, las expresiones de angustia de los personajes, son algunos de los elementos que convierten esta pintura, muchas veces, en algo chocante; porque el arte se ha tornado sutil, hermético, ambiguo, en buena medida, gracias al mercado. Pero Elvis Céllez hace catarsis en sus piezas, él nos habla sin medias tintas.
Poco a poco, su interés se ha desplazado desde la atención al asunto de los mineros hasta los conflictos globales del hombre actual, mediado por el estrés, las crisis económicas, la pérdida de identidad, la carencia de valores éticos y morales, la emigración; aunque mantiene el mismo tono crítico, Antes del amanecer marca una diferenciación respecto a su quehacer anterior: aparecen formatos grandes y los objetos y acontecimientos relativos al mundo de la mina ceden paso a la figura humana, que ocupa aquí el centro de la trama. Ahora se dirige hacia el individuo del siglo XXI, un ser maniatado por las circunstancias sociales, apesadumbrado, enajenado, travestido (como en la pieza Mutante, una de las mejor logradas). La inclusión de textos de carácter acusatorio o nostálgico, que a veces incluyen la hora de realización de la pieza, o del desarrollo de la trama “real”, refuerza el abandono de los personajes. La transformación de los formatos en virtud de la dramaticidad acentúa también la falta de compañía. Sólo en dos trabajos aparece más de un personaje, como forma de reiterar el soliloquio al que está sometido Elvis Céllez.
El repertorio formal del artista transita por el neoexpresionismo, el informalismo, las deformaciones de Bacon y la grafía de Basquiat, hasta la performatividad exhibicionista y lacerante de Vito Acconci y Gina Pane respectivamente; sin pasar por alto la incidencia de figuras relevantes de la plástica nacional que desarrollaron obras de acento mordaz durante los candentes años ochenta. La excelencia técnica con que el artista se desenvuelve, a pesar de su corta carrera, deja ver a un joven inquieto que gusta de experimentar.
La personalidad de Elvis es extrovertida, de ahí su afán por autorrepresentarse en situaciones estremecedoras. El grueso de los trabajos son autorretratos donde el autor aparece solo o se repite su imagen dentro del lienzo. Una de sus autorrepresentaciones ostenta la posibilidad de redención, de búsqueda, la otra, el vacío, la pérdida; y así queda abierta una brecha para que el comentario no sea del todo devastador. Tal es el caso de Todos nos vamos a morir y Los sentimientos existen, donde el contraste cromático dispone la alteridad de posiciones humanas. Sus personajes nos recuerdan el grito muncheano. Algunos están decepcionados, otros melancólicos, cavilantes, con la esperanza de salvarse del silencio, de la queja; y tal vez la pintura pueda ser una terapia válida.
AMALINA BOMNIN
