Dos vigas blancas de madera están colocadas en paralelo, atravesadas en el centro de la galería. Esta disposición inusual sorprende al espectador y lo conduce por un canal de circulación transversal en el espacio. La dinámica del flujo compele a una experiencia desenfadada, casi cotidiana, de la exposición Partículas de Carmelo Fontánez.
Un simple cambio de perspectiva ha hecho que la gente se olvide de las paredes y concentre su mirada en las piezas que desfilan sobre las vigas. Se trata de una serie de cajas formadas por planchas de cristal enmarcadas. En el interior, la superposición de las planchas crea espacios que el artista rellena con materiales propios del oficio de dibujante: polvo de carbón, grafito y pastel triturados. Con ellos logra unos efectos riquísimos de texturas, veladuras y transparencias. Además, su aspecto posee cierto carácter efímero, pues al variar la colocación de las cajas, el contenido cambia de lugar creando nuevas formas en el interior.
La serie Partículas sugiere un muestrario geológico. La composición de planchas deslizadas para crear superficies desniveladas se asemeja a las fallas sísmicas. A esto se añade el uso de los materiales de origen mineral antes citados y el hecho de que algunas formas sugieren paisajes rocosos. Por último, la museografía realza este sentido acentuando el carácter expositivo de la instalación. Así, pues, el canal entre las vigas es una especie de corredor entre peceras o ventanas donde se exhibe un mundo de miniaturas, de piedras preciosas que han sido convertidas en herramientas del arte.

La intervención del arquitecto Otto Reyes en el diseño del montaje ha sido definitoria. Esto comprueba una vez más la tesis de que debiera corresponder a este tipo de profesional el manejo de las museografías. (De hecho, se plantea la necesidad de crear un área de especialización en el currículo de arquitectura por cuanto ésta ofrece instrumentos para trabajar creativamente con el espacio como ninguna otra profesión).
Ahora bien, destaca en las piezas su tridimensionalidad y también su naturalidad. Como apunta Rafael Trelles en el catálogo, las obras “navegan entre las aguas de la escultura y el dibujo”. Cada una constituye un dibujo doble, pues las dos caras de la caja ofrecen una composición particular. El empleo del cristal como soporte multiplica esta riqueza, puesto que la transparencia produce la integración de los elementos que rodean la obra.
Por su parte, la naturalidad se percibe en las “cosas sencillas del diario vivir [que] pueden detonar la creatividad de un artista: un pedazo de cristal roto, las ásperas texturas de las montañas dolorosamente cortadas por la autopista... las cualidades táctiles de un trozo de carbón”. A éstas se añade el accidente —el azar cumple un papel clave en la configuración de estos dibujos— que tiene una presencia temprana en el universo poético del artista.
Durante la década de los setenta, Carmelo Fontánez (Río Piedras, PR, 1945) construyó sus primeras cajas —más cercanas a Marcel Duchamp que a Joseph Cornell— utilizando madera y planchas de plexiglás. En esa época rellenaba los espacios con sal, aserrín coloreado, cuentas de plástico, canutillos y lentejuelas. Posteriormente, incursionó en un dibujo más convencional desde la abstracción.
El regreso a las construcciones se produce ahora con esta serie decididamente madura. Fontánez ha removido el papel y dislocado los restantes elementos del cuadro. Solamente el marco cumple su función tradicional. En cambio, el cristal se ha quebrado y crea formas espaciales, sus bordes son muros de una frontera. Los instrumentos de dibujo han pasado a integrarse como materiales en bruto, sin la intermediación del lenguaje simbólico del arte. Todo se hace más directo y corpóreo.
Pero el resultado desborda al objeto exquisito. La aglomeración de materiales de arte confinados a un área predeterminada pudiera representar una metáfora de los límites en la expresión. Sin embargo, su comportamiento, rompiendo la lógica de la forma que define las estructuras de las planchas, se convierte en su propia paradoja. Aun en un lugar doblemente cerrado —por las planchas de cristal y por el marco— hay espacio para una manifestación del azar, que es como decir, de libertad.
ELVIS FUENTES
