“Hay muchas especies de coleccionistas; y además, en cada uno de ellos opera una profusión de impulsos”. Así comienza el artículo de Walter Benjamin sobre historia y coleccionismo escrito en 1931. Lo cito porque la obra de Alberto Baraya desde hace algún tiempo está compuesta de colecciones de flores artificiales. Se inició en esta práctica, como lo oí comentar alguna vez, con la recolección de hojas secas entre las cuales descubrió, por azar, algunas de plástico.
Me propongo describir aquí la colección que presentó en esta oportunidad en la Galería Cuarto Nivel, y al final, intentar averiguar cuáles impulsos operan detrás de ella. Tengo una segunda intención, y es volver a leer el artículo de Benjamin para explorar algunos secretos clave que tiene escondidos, y así intentar comprender este “raro” mundo en que vivimos.
La exposición de Baraya, entonces, era una colección de flores artificiales. Las llamamos así, ya lo sabemos, porque son creadas por la cultura, esa segunda naturaleza. En la galería podíamos ver flores de todo tipo: las fabricadas en tela, “made in China”, las dispuso cuidadosamente en cajas-cuadro; éste era el caso de las Mimosas que se veían “idénticas a las naturales” —hay que reconocerlo—. Además, escogió pedazos de ramas y de tallos de la misma flor, que por ser fragmentos clasificados con nombre del recolector, lugar y fecha, confirmaban aún más la actitud científica del coleccionista, equivalente a la de la expedición de un botánico.

Otras flores estaban registradas en fotografías porque, como todo coleccionista, Baraya se dedica a recoger “objetos encontrados”. Algunas eran de jarrones con ramos de flores de tela, exuberantes. Otras eran registros de floreros con especímenes de plástico o de tela que descubrió en los lugares más insospechados. Por ejemplo, en hotelitos o peluquerías del Amazonas, donde nunca pensamos que la naturaleza-naturaleza podría ser lentamente sustituida por “esa segunda”, artificial.
En otra pared de la galería, pegadas a manera de inventario aleatorio, se podían ver fotografías de flores tatuadas en el cuerpo, en forma de tocados para el pelo, y pequeñísimas, de tela, utilizadas como prendedores; en una fotografía de grupo que me sorprendió, una indígena la exhibía con orgullo.
Así mismo, Baraya mostró una incipiente colección de calzones muy femeninos: uno de encaje rojo, dispuesto cuidadosamente también dentro de una caja-cuadro, acompañado de fotografías de flores elaboradas con el mismo encaje. Las tangas blancas con bordados de margaritas quedaron registradas en fotos.
El coleccionismo en el caso de Baraya comienza, a mi modo de ver, con la decisión de ser un viajero casi compulsivo, dispuesto a satisfacer la curiosidad que siente por los detalles del mundo y su ánimo de cartografiarlos. Y si me impuse la tarea de rastrear algunos de los impulsos detrás de esta actividad, lo primero que habría que decir es que el coleccionista convierte el pasado y el presente en experiencia, y al exhibirlo, hace visibles las paradojas de la construcción de la cultura. El artista, en un artículo recientemente publicado, subraya una: las flores de plástico y de tela ”son muestras fehacientes de la expansión infinita de esa extraña vegetación china por los confines del mundo”.
Y es que el coleccionismo, más que intentar reconstruir la historia, lo que consigue es poner en evidencia árboles genealógicos de formas, y también de relaciones. Por eso en las colecciones, el espectador encuentra sutiles semejanzas en lo que aparentemente estaba clasificado como diferencias. Así, es probable que nos consideremos separados geográficamente por un mapa, que en definitiva es una convención abstracta; pero en una colección, el asunto fundamental queda en evidencia, como en este caso, cuando una “ingenua” exposición de flores nos hace caer en la cuenta de que desde el Amazonas hasta el Tibet estamos sometidos a las mismas leyes invisibles del mercado. Y también, por qué no, a las leyes invisibles de la seducción.
Así pues, el coleccionismo tiene una importante función hoy: desordenar las clasificaciones establecidas y promover un pensamiento que permite encontrar otras relaciones, es decir, hacer visibles los flujos, como el dinero, las influencias y el poder.
En el artículo de Benjamin, es evidente que el coleccionismo como práctica lleva implícito la exhibición. Entonces, si hablamos de flujos, sólo sería posible fijar sus rutas mostrándolas, y ojalá con las estrategias convencionales, como herbarios, museos, álbumes etc . De esta manera, tendríamos acceso a sus derivas o de lo contrario, es posible que permanezcan encerrados en los documentos oficiales o escondidos sin nombre en la experiencia individual.
Benjamin escribe: “El coleccionista rapta los tipos que su época le ofrece para exponerlos”. Es posible decir después de esta frase que al detenernos en las colecciones, quedan al descubierto los “raros” y a veces dramáticos patrones de la historia que nos tocó vivir.
NATALIA GUTIÉRREZ
