A lo largo del siglo XX, más la media década que llevamos del siglo XXI, hemos apreciado cómo los artistas contemporáneos han asumido la libertad creadora y flexibilizado la manera de concebir una obra de arte. Por eso, luego de tales experiencias, sorprende conocer el trabajo de la joven artista cubana Aimée García. No sólo resulta una extrañeza en nuestro contexto artístico, no sólo induce a la admiración por la laboriosidad como está hecha, sino que trasciende estas apreciaciones formales por la densidad, llamemos simbólica, que cada una de estas piezas emana. Se trata de una pintura realizada con dominio del oficio, con rigor y severidad académicos, sorprendentemente austera, y a la vez, tremendamente condensada e intensa. Fue a finales de julio que el público caraqueño pudo asistir a su muestra individual en la Galería Spativm, espacio dedicado al arte latinoamericano, en especial al cubano. Allí estaban la artista y su obra reciente.
Residente en La Habana, Aimée García es conocida en varios países. Ha expuesto en Jamaica, México, Israel, Austria, República Dominicana, Corea del Sur, España, Argentina, Ecuador, Costa Rica y Líbano. A partir de 1998 ha realizado varias muestras individuales en Estados Unidos y, en esta oportunidad, en Caracas. Desde muy joven, a los 21 años de edad, ya la crítica de su país la reconocía como una de las artistas más destacadas de la nueva generación de los noventa. Su obra no sólo se centra en un discurso sobre la feminidad, sino que la aborda desde una perspectiva muy suya, sostenida reiteradamente en la representación de su propia imagen.

Si bien conoce al detalle la conformación anatómica de su persona, al punto de representarla casi obsesivamente bajo múltiples puntos de vista, también domina el rigor de las técnicas pictóricas. Por ello es que su pintura, centrada en la figura humana en primer plano, se la relaciona en primera instancia con la pintura renacentista. No obstante, Aimée García parece querer trascender los límites que le proporciona la pintura como medio. Es en ello que se distancia del peso de las referencias históricas, para insertarse en los discursos de la contemporaneidad. Con artistas como Zayda del Río, Consuelo Castañeda, Marta María Pérez, Sandra Ramos, Tania Brugueras, Belkys Ayón, entre muchas otras más, Aimée García forma parte de una tendencia en el panorama plástico de su país en la que lo femenino y su condición son nuevamente revisados y replanteados, induciendo a una reflexión, problematizada tal vez, sobre su identidad.
Un autorretrato supone develar esta identidad. Varios autorretratos conforman, en palabras del crítico Perán Erminy, una autoexploración icónica. De todo esto, se desprenden varias situaciones. Por una parte, la persona está identificada: es el rostro de la artista. En ello no hay enmascaramiento, pues, de hecho, muchas veces García contrapone en una obra su imagen digitalizada con su versión pintada al lado. Con ello produce un paralelismo entre la realidad (vista a través de la imagen fotográfica) y lo representado pictóricamente. Pero también hay un simulacro precisamente en la relación establecida entre lo real y lo que está representado. La imagen comienza a ocultarse. La artista es siempre otra en los distintos roles que aparece en cada nueva situación creada. Estas situaciones dependen mucho, asimismo, de los recursos formales que utiliza. Importa entonces conocer el sentido de estos recursos. Incorpora elementos extrapictóricos tomados de la realidad (pelos, hilos, trozos de metal —algunos de estos bordados como encajes—, así como cuchillos, tenedores, muñecas, entre otros), y con ellos conforma la imagen de sí misma en la obra, una imágen, por lo general, de elaboración impecable y minuciosa. Con estos contrastes —lo pintado y lo real— crea situaciones verosímiles, otras inverosímiles o descontextualizadas, paródicas o ambiguas, que, como alude la crítica, parecen muchas veces surreales. Perán Erminy lo define de la mejor manera: teatraliza la experiencia porque además, en ocasiones, este ambiente contenido y austero denota, asimismo, una austeridad de afectos. Esto lleva, paradójicamente, a una agresión contra su propia imagen: tenedores que la cercan o se clavan en su cabeza, hilos que la atan, o bien su rostro mirando a otro rostro que también es ella misma.
Este acto, autorretratarse reiteradamente, semeja de alguna forma mirarse en el espejo día a día. Se dice que en él se refleja el alma. En un espejo se confrontan verdades. Así ocurre con los rostros de Aimée García. Sus ojos están fijos, abiertos y confrontan nuestra mirada. Es inevitable eludir el diálogo frontal que se suscita entre ella y nosotros. Un diálogo sutil y profundamente intenso.
SUSANA BENKO
