Uno de los factores decisivos en los encumbramientos precoces consiste en saber qué se pretende alcanzar como finalidad inmediata desde el momento de poseer los medios disponibles para llevarla a efecto. En el contexto del arte contemporáneo, esta exigencia no contempla otra alternativa que potenciar la estrategia de ascensión por encima de cualquier requerimiento ético o estético. Wilfredo Prieto fue uno de los aspirantes a engrosar la élite internacional que no titubeó a la hora de elegir cuál sería el camino a seguir. Su participación en maniobras grupales surgidas en el Instituto Superior de Arte así como los esfuerzos por convertirse en un minimalista perverso demuestran el protagonismo de un concepto pragmático del arte. Ello le facilitó evadir preceptos “pasados de moda” como “ser fiel a uno mismo” o de repetir el viejo estribillo de fundir el arte con la vida.
A salvo de la obsesión personalista-periférica, el artista fijó su mirada en paradigmas foráneos de probado éxito. Sin temerle a lo que Harold Bloom denomina la ansiedad de la contaminación, encaminó sus pasos siguiendo las huellas de Francis Alÿs, Cildo Meireles, Félix González-Torres o de Wim Delvoye. Pero, ante todo, se inclinó por esa mezcla de apropiaciones falsamente azarosas que conforman el imaginario de Gabriel Orozco, quien se reveló como su modelo estratégico de cabecera. Afines con una personalidad desprejuiciadamente chistosa, este ejercicio de enlaces poéticos registró su desenlace con la aparición de Apolítico (2002). Junto a esa otra paradójica colisión de opuestos como Soy hombre no minimalista (2004) de Eduardo Ponjuán, esta instalación se cuenta entre lo más valioso del arte hecho en Cuba durante la presente década En efecto, ese conjunto de banderas en blanco y negro provocan que un dolor de conciencia asuma el rol de una actitud camaleónica, capaz de concederle a una mínima operación visual el rango de máxima autoridad dentro del transformismo contemporáneo. Apolítico representa su autorretrato simbólico más acabado, suficiente para neutralizar las sospechas de impostura que acompañan a la carrera de Wilfredo Prieto.

La exposición personal auspiciada por la Galería Nogueras-Blanchard de Barcelona implica otro gesto postminimal donde la manipulación se concentra en vaciar de contenido a seis mil ejemplares de una biblioteca. Este recuerda los distintos ambientes representados en el espacio escénico del arte contemporáneo por antecesores como Claes Oldenburg (una tienda y un dormitorio), Jannis Kounellis (una caballeriza) o Damien Hirst (una farmacia). Incluso, Joseph Kosuth recreó una biblioteca. De cierta manera, lo que reivindica Wilfredo es la noción orwelliana de la reescritura de la historia, donde las palabras pueden quedar reducidas tanto a una traducción voluntarista como a su desaparición. En este sentido, la intencionalidad del comentario es tan conocida como aceptable. Ahora, su grado de actualidad habría que ubicarlo en el hecho de aludir a los estragos de la era virtual en la cual el lenguaje escrito no es la única vía de acceso a la información.
Siguiendo la fórmula operativa que desplegó en la configuración de Apolítico, Wilfredo insiste en homogeneizar la ideología y apostar por la no-diferencia. Pero si ello resulta orgánico en la esfera política, no ocurre igual en el ámbito del conocimiento, donde precisamente la diversidad es la encargada de otorgarle consistencia a su legado. A pesar de este absurdo, la idea que emana de la pieza deviene absurdamente creíble en una época empeñada en verificar la inutilidad de la lectura. Al igual que Apolítico, esta biblioteca en blanco significa otro vivo retrato de su gestor, quien confiesa abiertamente un inexplicable rechazo por la lectura. En este aspecto, su validez como chiste auto-paródico acaba por transformarse en una autocrítica radicalmente falsa.
Como una serpiente que se muerde la cola, esta obra termina siendo una contradicción en sí misma. ¿Acaso no resulta paradójico hablar del vacío desde el lleno? ¿Abarrotar paneles con libros que no dicen nada no es una forma de decir algo? Tras estas interrogantes emerge el utopismo de la negación, ya que su refutación abarca una idéntica dosis de sugerencia. Este contrasentido evoca las palabras de Cicerón cuando afirmó que “el silencio es la mayor elocuencia”. Así, una aparente sátira a la lectura, se revierte en una reafirmación de la biblioteca como espacio vital. En cambio, lo que se materializa plásticamente es una exacerbación de ese antagonismo tan occidental entre esencia y apariencia, sin ánimo de trascenderlo o concentrar la “lectura” en una meditación sobre el vacío situada más allá de una impresión espectacular. Contra la tiranía del blanco y negro de la letra impresa, la “carga apolítica” de esta actitud se limita a incentivar el deleite ante una imagen dispuesta a fulminar el drama de la censura, la ignorancia o el anhelo de erudición. Aunque de consumarse este equívoco, tendría más admiradores que detractores.
Enmarcada en la línea de poéticas basadas en lo impredecible, la pieza se mantiene fiel a los cánones de tolerancia experimental concebida para insertarse sin grandes dificultades en un circuito de mercado. Si es cierto que el mundo del arte está plagado de simulacros procesuales que comienzan en la calle y acaban en subastas, también es irrebatible que estos pliegues cerebrales dinamizan la rutina de lo que nace y muere como objeto museable. Paradójicamente, esa masa de pulpa inerte recuerda aquel gesto de Wilfredo cuando dejó la marca de su zapato en las remozadas paredes del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana (2001) bajo la “única mirada” de quien documentó la acción. Esta subversión solapada activaba una especie de alarma silente acerca de la necesidad de alterar las convenciones históricas a pesar de ser prácticamente imposible desafiarlas o escapar de ellas. Ninguna otra razón justifica el interés de mecenas y curadores por productores que socavan la noción de museo para conquistarlo finalmente como Cildo Meireles, Francis Alÿs o Santiago Sierra y su incursión en la “economía del arte conceptual”. De ello se infiere que en los últimos tiempos Wilfredo ha privilegiado el objeto en detrimento de la acción.
La inutilidad de esta biblioteca propone una reflexión sobre el consumo en la sociedad contemporánea para, finalmente, ser consumida como una imagen dotada para prescindir del concepto que la engloba. Si el artista-calígrafo chino Xu Bing eleva el no-significado de palabras confusas a pura esencia, lo que pretende Wilfredo es reducir la falta de contenido a mera apariencia objetual. Pese a que ambas propuestas se afincan en lo estético, mientras el creador de Un Libro del Cielo (1987-1991) cuestiona el absurdo maridaje entre las lenguas orientales y occidentales, Prieto opta por borrar toda la herencia cultural sin considerar que esa negación devendrá más tarde en el mismo residuo histórico-museable que la pieza pone en duda. Ante semejante cantidad de volúmenes ensimismados en su propia mutilación, se percibe algo similar a la contingencia de un Andy Warhol o un Jeff Koons aspirando a generar continuas discusiones. Solo que para alcanzar este objetivo se requiere estructurar una obra cuya mera elección temática consiga inquietar tanto a quienes la recepcionen o la ignoren rotundamente.
HÉCTOR ANTÓN CASTILLO
