Exposición Individualsept 2005 - nov 2005· Por Freddy Carreño

Víctor Valera

Galería de Arte Ascaso

La reciente exposición de Víctor Valera en la Galería de Arte Ascaso, Caracas, muestra 53 pinturas —acrílicos/tela, realizadas entre 2002 y 2005— junto a 31 esculturas en hierro policromado (1997-1999); A pesar de las diferencias formales, ambos grupos se relacionan a través de un valor que les es común: la intención expresionista. Las obras pictóricas que marcan el regreso del creador al rigor de la geometría, la muestran, a pesar de ello, como una constante, es la misma fuerza que configura sus orgánicas piezas tridimensionales.

Si algún término pareciera apropiado para caracterizar estas pinturas del artista es el de cromo barroquismo abstracto. Es tal la densidad de líneas, segmentos, triángulos, cuadrados, ocupando la superficie, y tan intenso el protagonismo del color, que resulta casi inevitable establecer el vínculo con aquella búsqueda orientada a saturar el espacio. En Valera, lo figurado del barroco y su exuberante presencia, claramente ajeno a su propósito plástico, es reemplazado por la cromaticidad desbordada y una abigarrada geometría.

Valera retoma el vínculo color-geometría diríamos que con audacia, no le teme a los contrastes violentos ni al exceso, tampoco a las disonancias ni a las “cacofonías” cromáticas, su búsqueda pareciera dirigida a someter el instinto a las relaciones puras y armoniosas de lo abstracto y a la regularidad de lo geométrico. Las obras expuestas en Arte Ascaso son cromáticas articulaciones del espacio que se fundan en sucesivas combinaciones, estructuras sujetas a la ortogonalidad que, no obstante su aparente complejidad, resultan de relaciones iníciales simples. Formas que el artista, tal vez con una intención didáctica, reelabora en la obra que abre la exposición, Movimiento estable (Abecedario útil), 2004.

Exposición Individual: Víctor Valera — imagen 1
Víctor Valera. Apoteosis de Mara (Homenaje al Zulia), 2004. Tríptico, acrílico sobre tela. 140 x 420 cm. (55 x 165 1/4 pulgadas).

En las pinturas realizadas en 2002 dominan la relación los conjuntos de líneas verticales u horizontales asociadas por variaciones tonales afines, por contrastes, a veces forzados, o por degradaciones. En Cinefilia, una forma cuadrada articulada a partir de rítmicas bandas en tonos amarillos, naranjas y rojos, a los que se agrega el sepia, se superpone a otra, en la cual, la armonía está dada por franjas sepia, marrón y azul intenso; el contraste crea un agudo dinamismo óptico, cercano al cinetismo. Una situación similar hallamos en Orilla, Printemps, Talante y Verdefilia; en esta última, la horizontalidad y los distintos tonos en verde apaciguan el efecto visual. En Bandoneón, la regularidad de las bandas horizontales desaparece para lograr una articulación más dinámica, los módulos cromáticos, suben y bajan alternativamente para crear ritmo, el color se atempera, pero las relaciones se activan, propiciando una superficie perceptivamente inestable. Tutelado y Giro, también de 2002, son piezas complejas en su estructuración e intensas en su cromaticidad; en la primera, las gruesas líneas en blanco conforman alargados rectángulos y formas triangulares que se cruzan con bandas en rojo, verde, azul, naranja y amarillo, acompañadas del negro, creando un denso entramado de color que dirige la mirada del espectador en múltiples direcciones. En Giro, las relaciones que se establecen bajo el orden ortogonal son semejantes a la anterior; en cuanto al color, dominan los mismos tonos; sin embargo, las proporciones cambian, el blanco se reduce y las líneas se adelgazan, el espacio lo ocupan mayormente los rojos verdes y azules, la obra adquiere un tono más sosegado. Mientras Tutelado tiene el brillo de la hora temprana, Giro acoge la luminosidad mediada de la tarde, ambas se complementan, conformando un dúo de ritmos ascendentes y descendentes.

Apoteosis de Mara (Homenaje al Zulia), 2004, es un gran tríptico que exalta el color como hecho visual, por tanto, como estímulo sensorial. Es la apoteosis del rojo, no obstante que lo acompañan amarillos, verdes, azules, y los no colores blanco y negro. El rojo no sólo enmarca el conjunto de formas que crean una suerte de retícula de direcciones verticales, horizontales y diagonales, sino que participa en su estructuración, creando un compás, una cadencia que ordena la visualidad, señala los puntos y contrapuntos necesarios para activar los procesos perceptivos. El rojo, en la obra, es la forma y le otorga el sentido.

En otras piezas, como Melo incitante, 2002; Folclor y Pentagrama móvil, ambas de 2004, se reeditan algunos de los murales realizados por Valera para la Universidad Central de Venezuela a comienzos de los años cincuenta, obras que, bajo la égida de la modernidad y la inspirada visión del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, se unieron al acorde sinfónico de la síntesis de las artes. Reconocidos ahora por la mirada distanciada que los ha reinterpretado a partir del color, adquieren una nueva presencia sin el carácter monumental de los muros ucevistas. Lejanas formas que se suman en este recorrido a la inversa que emprende Valera, suerte de contra Odisea que, andando por los terrenos de la plástica, lo devuelve al origen, al inicio de todas las búsquedas, a su juventud.

FREDDY CARREÑO

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