Exposición Individualsept 2005 - nov 2005· Por Claudia Laudanno

Tomie Ohtake

Galería Nara Roesler São Paulo

Entre el 5 de abril y el 7 de mayo, la artista nipona Tomie Ohtake, residente en São Paulo, exhibió su nueva individual temática, denominada A colheita da cor (La colecta del color), que ofreció al espectador sorprendentes presencias cromáticas. Se trató de un voluminoso corpus expositivo inédito de siete pinturas acrílicas, ejecutadas en grandes formatos, y cinco grabados-objetuales.

En su recorrido global, el montaje y la disposición de las obras in situ revistieron el carácter de una gran instalación site-specific, dedicada a la investigación del color, la luz y el ambiente, articulada en dos espacios bien diferenciados: la gran sala central de la planta baja, en la que se dispusieron las enormes pinturas acrílicas de Ohtake, y la sala de ingreso, con los grabados-objeto, sobre soporte metálico, que jugaron a invadir techo y pared del recinto expositivo. En todos estos trabajos, Ohtake ha vuelto a “congelar” el color, dándole en sí mismo, para cada pieza, un valor superior, como partes de una sensibilidad cromática radical, manifestando un giro sustancial tendiente a particularizar lo universal. Su exacerbación y pregnancia, ganaron terreno gracias a la economía de las formas, si bien éstas eran de una singular belleza sensual.

Exposición Individual: Tomie Ohtake — imagen 1
Tomie Ohtake, Sin título, 2005. Acrílico sobre tela. 225 x 700 cm. (88 1/2 x 275 1/2 pulgadas).

En primer lugar, y cifrándonos en el opus de objeto gráficos instalatorios, la artista colocó el énfasis en la presencia física de las obras, usufructuando de los elementos pictóricos, para subrayar y dotar de un nuevo significado espacial al lenguaje del grabado, desterritorializado hacia el postgrabado. Reduciendo unas configuraciones geométricas muy primordiales, neominimalistas —largas bandas de metal colocadas a intervalos irregulares y a distintas alturas—, Ohtake concretó, en este primer núcleo plural, una vía de penetración colorística diferencial; así, en cada una de las cinco bandas gráficas, el contrapunto de matices sobre estructuras seriales, o bien alteró el propio cromatismo de cada objeto, o bien, lo intensificó, pero cabe acotar que siempre se produjo partiendo desde la propia naturaleza del color. De tal suerte, la blancura operacional y aséptica de la sala de ingreso se redefinió como enclave y apertura de morada, dando cabida a un intercambio calificativo y recíproco de objetos gráficos, entorno, colorimetría difusa y desdoblamiento de valores y tintas. Las líneas y los planos ondulantes, las manchas chispeantes y rebosantes y los arabescos lúdicos hallaron su locus expansivo y, paralelamente, sus modos de brillantez pictórica sobre fondos negros, amarillos, azules profundos, verdes y rojos atemperados. Este ciclo de site specific graphic objects puede ser leído, en cada artefacto-obra, como fragmentaciones y atomizaciones del color, en relación con valores muy bajos.

En la serie de pinturas espacialistas o ambientales, resulta notable descubrir un lenguaje plástico que se recreó a sí mismo desde la voluptuosidad del color, deteniéndose en él, jugando con la luz de otras maneras, porque se trataba de un enfoque lumínico, nacido, fundamentalmente, desde la compulsión cromática. Y aquí hay que ser precisos al señalar que los colores cumplen funciones ambiguas en dobles, triples y múltiples direcciones. En efecto, el tratamiento cromático no es más unidireccional, sino que gradualmente se torna complejo y alambicado, ya sea por los registros o los dispositivos alternados, que usa Ohtake, entre ellos, conjugaciones de matices, no planos, sino texturados o parcelados, con certeras vibraciones ígneas. Esa introducción de la función ambivalente de los colores y las formas, es lo que brinda nuevas alas y bríos a La colecta del color. Los fondos de los cuadros gigantescos de Ohtake adoptan el formato de la pintura colorfield, pues son auténticas propagaciones del cuadro al entorno. No obstante, estas pinturas in expanded field, en una segunda instancia, acogen un tipo de cromatismo magmático que se “coagula”, por medio del uso de formas abstractas, de geometría excéntrica, ovaladas, lobuladas, oblongas, elípticas, las cuales, reenvían, lejanamente, a iconografías de soles y lunas encendidas, targets, frutos, semillas, gotas cristalizadas, hojas, sexos y micro-organismos.

La pieza paradigmática de este conjunto pictórico mide 700 cm de ancho por 200 cm de altura, y posee un cuadro más pequeño inscrito sobre otro más grande. Los dos círculos rojos centelleantes sobresalen como explosiones cromáticas sobre un fondo gris medio. Nuevamente, la pintura de Ohtake vuelve a presentarse con un renovado espesor semántico y metonímico. El abandono de toda referencia a un único centro es la causa de un vértigo y de una incertidumbre postepocal, que cala profundamente en la poética de esta artista. La obra, aquejada ex profeso de una deslocalización esencial, conjuga analogías y semejanzas, renunciando a pensar en un monocentrismo.

Ohtake trabaja en términos de policentrismos, divergencias, disrupciones, categorías y principios heterodoxos. El centro ahora se corre, se desplaza, migra, se clona, es un no lugar —atopos—, en el que entran en competencia numerosos signos y presencias, a condición de que no sean más inmutables.

CLAUDIA LAUDANNO

Tomie Ohtake, por Claudia Laudanno | artnexus