La exposición personal de Rubén Alpízar, Cuban Barbecue Express, presentada en la Fundación Havana Club, constituyó una aseveración en torno a la idea de Néstor García Canclini de que “el postmodernismo no es un estilo sino la copresencia tumultuosa de todos, el lugar donde los capítulos de la historia del arte y del folclor se cruzan entre sí y con las nuevas tecnologías culturales”.
La pieza que dio título a esta muestra —conformada por 16 obras—, emergió desde costumbres ya tradicionales en Cuba. Con esa apariencia inocua usual en su pintura, Alpízar maniobró con cáustica ironía en torno a tres posibilidades de cocción de alimentos. Yuxtapuso, por una parte, la sofisticada elaboración de la comida proveniente de la bonanza económica de ciertos comensales, con la opción de un asado de pollo al pincho, alternativa asequible a bolsillos menos opulentos. Y, justo en el sitio en que vendría a tener lugar el dilema de la precariedad, se convirtió súbitamente en una escena donde bajo la luz de un bombillo incandescente, se “cocinaba” una mujer tomada en préstamo a Botero, simulando ser La Venus del espejo de Velázquez, junto al angelote negro sosteniendo el espejo que reflejaba el voluminoso trasero de tal “beldad” bulímica, en una barbacoa; nombre con el cual los cubanos designan esa habitación improvisada encima de pequeños cuartos donde sobreviven hacinadas muchas personas.

Cuban Barbecue Express fue un universo de parodias múltiples. Desde sus códigos indagaba sobre el ser, sobre el ahora inmediato, pero sin desasirse del pasado, buscando no ya una moraleja aleccionadora, sino marcar el sitio de la herida. Las construcciones que Rubén Alpízar urdió para esta exposición tenían el sabor del collage —y del neohistoricismo— pero sobre todo fueron la danza del pastiche.
Allí convergieron sus series El vértigo de la libertad, Qué vida más sana, qué mente más perversa, El gran juego y Retrato inconcluso del genoma humano, entremezclándose con otras piezas donde el artista se autorretrataba por primera vez, como en El sabor de las lágrimas y El sonido del silencio.
Nichos, ventanas, gaveteros, edificios y laberintos conformaron circunstancias de trasfondo pop a partir de un modo diferente de aplicar el acrílico sobre el lienzo, tornándose los espacios más fríos e impersonales, semejantes a los sets virtuales, cuál analogía de los nuevos medios, los videojuegos, los sitios de internet.
Alpízar concibe sus obras tomando las superficies como el espacio idóneo para la mezcla. Ella es la resultante de su gusto por la cita y también por lo híbrido. Así, pudieron ser vistos elementos entresacados de obras del Bosco, Brueghel, ligados a otros jirones pertenecientes a Manet, Degas, Duchamp, Dalí, Magritte, Max Ernst, Keith Haring, junto a los negros de Landaluze, la Gitana tropical de Víctor Manuel, y la apropiación de imágenes de personas extraídas de la prensa periódica cubana.
El diálogo entre tiempos y discursos tan disímiles produjo una resemantización de cada ícono, tornándose más compleja y expandida la intertextualidad de sus divertimentos analíticos. Juegos que hablan acerca de anhelos deshechos, manipulaciones, engaños, fracasos, angustias, dudas, del peligro siempre acechante, y del surgimiento de la vida y sus misterios.
Hubo un resquicio, sin embargo, en el cuál la broma y el choteo despuntaron. El bayú de Fontana, obra hecha a dúo entre Rubén Alpízar y Reinerio Tamayo, convirtió los cortes del lienzo, que el espacialista Lucio Fontana realizó durante la década del cuarenta del siglo XX, en vulvas abiertas en cuyo interior múltiples personajes insinuaban el goce orgiástico, y el erotismo estallaba con una delicadeza y un candor de matiz poético que fue un punto de conciliación y negociación entre ambos.
La presencia de Reinerio Tamayo como artista invitado en la muestra no fue gratuita. Él reforzó desde su propio discurso su conexión con algunas de las reflexiones planteadas por Alpízar. Un Tamayo, “otro”, más sarcástico, estuvo refiriéndose a la locura como parámetro de conducta del orbe, a la inseguridad asediante, a la guerra como peligro y real amenaza de exterminio que comienza en las manos de los niños con los videojuegos, y se decide en la mesa del poder. Good Bye Magritte, Planeta bélico y The Last Game apuntaron la posibilidad latente del genocidio.
Tal vez algunos, luego de ver esta exposición, sólo tuvieran la rotunda evidencia que señalara en una ocasión Stefania Mosca de que “en el Caribe, somos híbridos, amargos, burlones y sentimentales”. Pero si uno vio a Rubén Alpízar, de espaldas mirando hacia el mar, y pudo sentir cómo desde dentro de sí mismo se lanzó a las aguas para contrastar sus lágrimas con ese mar que tenemos por límite, se tenía además la certeza de que hay quienes llegan más lejos. Salvan algo de lo que un día fuimos. Ésos, nobles de espíritu, límpidos, capaces hasta de mostrar el sitio donde se nos parte el corazón.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
