En años recientes, la utilización del Palacio de Cristal del Retiro para acoger exposiciones de arte contemporáneo ha gozado de resultados desiguales. La construcción, totalmente transparente y que emula al célebre Palacio de Cristal de Londres que construyera Joseph Paxton en 1851, es un lugar de compleja convivencia con la creación actual y, en general, han sido las intervenciones más discretas —con algunas excepciones memorables, como las muestras de Panamarenko o Cildo Meireles— las que mejores resultados han ofrecido. Regina Silveira ha recurrido también a la economía de medios y ha centrado su propuesta en el elemento primordial que informa tanto a su obra como a la construcción misma, la luz.
Aprovechando la propia estructura de hierro y cristal del lugar, Silveira desarrolló tres piezas distintas y complementarias que, bajo el título Lumen, más que ocupar, modifican y afectan visualmente la construcción.

A la entrada encontramos Quimera. Se trata de la imagen de un enorme foco encendido que en lugar de proyectar luz proyecta una gigantesca sombra sobre la fachada frontal que sirve de acceso al Palacio de Cristal. La imagen es en sí una paradoja, un foco encendido a cielo abierto que de alguna manera convierte la transparencia del Palacio en un interior virtual en el que, al contrario de los espacios cerrados y opacos que requieren ser iluminados, la gran sombra funciona como equilibrio metafórico del exceso de luminosidad característico de la construcción. El proceso de trabajo al que acudió Silveira para preparar el proyecto consistió en dibujar sobre grandes fotocopias de los planos del Palacio y en efecto, el gran foco de vinilo junto con su sombra son una especie de “dibujo” sobre la fachada, que sin embargo, funciona visualmente mejor en las fotografías tomadas a distancia, en las que aparece como un plano que cubre buena parte de la entrada.
Una de las cúpulas del Palacio ha sido cubierta también por vinilo adhesivo color azul transparente en el que está calada la palabra "LUZ". Es sólo a través de las gigantescas letras que la conforman que se puede ver el cielo y el espacio recupera su transparencia original. El resto del vinilo de color azul intenso funciona otra vez como una especie de “cielo artificial” que contrasta con el cielo real que se ve a través de las letras. Esta pieza, titulada Transluz, también funciona como un dibujo, literalmente una escritura sobre el espacio. De alguna manera, Silveira juega con la transparencia del edificio al que transforma en una especie de croquis, de plano estructural sobre el cual dibujar, trazar y colorear a gran escala, lo que da como resultado dos piezas reiterativas y en las que el paso del dibujo a la tridimensión desluce el resultado estético.
Por el contrario, Memoriazul, la pieza central que ocupa toda la cubierta del eje transversal de la construcción, es efectiva en todos sus planteamientos. Igual que en las dos piezas anteriores, Silveira ha cubierto las bóvedas con vinilos adhesivos, en este caso translúcidos, sobre los que ha impreso fragmentos fotografiados de detalles del palacio mismo: nervaduras de hierro y cristal en distintos ángulos y a distintas horas del día, de modo que hay diversas tonalidades de azul producidas directamente por el color del cielo a través de los ventanales en el momento en que fueron fotografiados. La fragmentación y yuxtaposición de estas imágenes de manera aleatoria producen un efecto parecido al de los cristales rotos. Al mirar hacia arriba, la composición parece congelar la imagen ficticia del colapso de las bóvedas. Al orden geométrico de la estructura que en efecto sostiene a la construcción, Silveira contrapone una imagen de ficción caótica y explosiva —aunque serena– de una gran belleza. Además, el elemento fundamental de toda su propuesta, la luz, genera una infinidad de refracciones en tonalidades azules que, estas sí, ocupan con contundencia el espacio interior del Palacio. Efecto reiterado por una reproducción de la intervención superior sobre el suelo que se convierte también, mediante los vinilos adhesivos, en un falso espacio de cristal.
En general, la propuesta de Silveira es difícil de apreciar si no se atiende a los pequeños cambios atmosféricos que genera el juego de luces y transparencias. Mientras Quimera y Transluz son piezas extremadamente literales, Memoriazul es, al contrario, una pieza bastante sutil a la que hay que dedicarle tiempo y observación. Quizá la mayor virtud de toda la intervención es la de jugar con las dimensiones del Palacio de Cristal como si de una maqueta se tratara, y convertirlo en tema mismo de la intervención, una especie de tautología en la que el cristal y la luz establecen un juego de reflejos y refracciones lumínicas que, al contrario de la mayoría de las intervenciones que buscan conectar el espacio con su entorno natural, en este caso lo cierran sobre sí mismo, como una transparente y diáfana burbuja flotante.
ISSA Mª BENÍTEZ DUEÑAS
