Mítica e inabarcable, la Patagonia es un portento natural. Es también un extenso territorio concebido justamente como lugar de límite y de libertad. Allí, donde nacen esperanzas y soledades, fortunas y desventuras, es donde la geografía se codea con los hielos eternos del extremo sur y donde existen huellas culturales de por lo menos 10.000 años. En términos espaciales, el punto de la Argentina continental más austral es Cabo Vírgenes, “referente geográfico y metafórico de la situación actual del arte” y punto de partida del Proyecto Atmósfera, ideado y dirigido por la artista Matilde Marín.
Las fotografías, objetos y videos en la exposición de Proyecto Atmósfera. Las formas del fin, la sugestiva muestra generada por los artistas sureños en relación con el coloquio de igual nombre, provocaron que éstos reflexionaran, junto a investigadores de la región y críticos de arte rioplatenses, acerca “del lugar donde están y sobre las formas del fin”. Precisamente, la bella imagen de Marín, Fotografía desde Cabo Vírgenes a Punta Dúngenes, ilustra el fin del suelo firme (Tierra del Fuego es una isla) y la frontera suroeste con Chile; también reproduce reminiscencias de la energía que el viajero siente en esas playas grises, junto al rugiente Atlántico, donde comienza el estrecho de Magallanes, separadas del lado chileno apenas por un alambrado.
Con guion curatorial de Marín, las obras de la autora y las de artistas de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego se despliegan en tres salas temporales de la Fundación Federico Jorge Klemm (Academia Nacional de Bellas Artes). Hay seducción estética en estas imágenes que navegan en cuestiones existenciales, que abordan la memoria colectiva, que trabajan con percepciones biográficas y con una multiplicidad de sensibilidades artísticas.

La reveladora serie El agua que apagó el fuego de Gustavo Groh, que abre la muestra en la sala central, manifiesta la necedad humana. Tomadas con una cámara estenopeica, las pequeñas fotos en blanco y negro (10 x 13 cm) descubren insultantes desechos bélicos arrumados en la inmensidad de la estepa y constituyen un testamento de los conflictos limítrofes entre Argentina y Chile, a punto de llevar en 1978 a ambos a la guerra impulsada por los gobiernos militares.
Entre tanto, las certeras fotografías directas de Julio Aguirre captan retratos en los que, por la fuerza de la belleza natural, el universo deviene un mágico torbellino de colores y las reproducciones parecen ser gloriosos artificios antes que magníficos reflejos de la realidad. En la misma sala, las sentidas tomas directas en color de Horacio Córdoba permiten advertir románticos y protectores cielos que bañan con destellos dorados y remolinos de luz las solitarias casas y los caminos del confín.
Más allá, la obra de animación de Adriel Ramos juega con la perspectiva y la permanencia; mientras que José Luis Tuñón presenta una serie de fotografías que atestiguan sus intervenciones en el paisaje, en donde otorga espuria vida, con un gran molde de hojalata (que exhibe) y arcilla, a unos gigantes e inexistentes pajarracos. Las pieles de guanacos de Bettina Muruzábal resultan vecinas a las Mesetas de Sonia Cortez.

Cortez apela aparentemente a la sociología para evocar la presencia humana en la casi desierta superficie patagónica, apenas poblada por algunas hierbas y arbustos, que no crecen de tanto estar peinados por los vientos, y por animalitos refugiados en laberintos subterráneos para subsistir. Archivos históricos y estadísticas demográficas (menos de un habitante por km2), registros fotográficos, que afirman el paso del hombre, y relatos ficticios informan su tarea con la memoria.
El espacio del subsuelo reúne otras provocadoras piezas de Muruzábal, que trabaja con cierto espíritu investigativo y con materiales que le proporciona la naturaleza, resignificándolos. Un arbusto autóctono disecado y pieles de animales de la región aparecen como “abrigos” que recuerdan la generosidad visual del paisaje y la aspereza del clima, la fragilidad del equilibrio entre hombre y naturaleza y la inestabilidad del sentido. Por su parte, Liliana Solari trabaja inteligente y digitalmente con fotografías satelitales de la región, que sobreimprime en copias de antiguos mapas con contornos dudosos, a propósito de la escasez de herramientas de definición de entonces y de la precariedad de cualquier borde.
Mientras que Niní Bernardello presenta una poesía —“La tarde bifronte de cornamenta dorada// abre su boca al borde del Atlántico// La arena finísima tiembla bajo mis pies (…)”—, el texto de la investigadora Silvia Lousto acompaña imágenes de los primeros pobladores de Tierra del Fuego, el sitio de donde son los ancestros de Mónica Alvarado, quien enseña conmovedores autorretratos y dibujos. Asimismo, las estupendas fotografías de Andriana Opacak ubican al vasto paisaje patagónico en tensión con las intrusiones del hombre. En su serie Quietud de la línea, el horizonte permanece imperturbable ante la aparición de objetos que se empequeñecen y se vuelven —real y metafóricamente— ridículamente inútiles.

¿El fin como principio o como disolución? En un pequeño recinto se exhibe el video con los debates del coloquio —con lineamientos conceptuales de Elena Oliveras: forma y fin, dos conceptos en tensión; las figuras del fin como metáforas de la estética del límite y de la desterritorialización del arte; las figuras míticas del fin—, realizado en febrero en un minúsculo museo a pasos del faro de Cabo Vírgenes. Ése es el mismo faro que con su luz domina el panorama de la inconmensurable noche del sur del Sur, asomada a extensiones similares de desconocido mar y silenciosa tierra. Esa luz oscilante, entre espectral y esperanzadora, potente y desfalleciente, es captada por Matilde Marín en el video que da la bienvenida a los espectadores. Esta pieza parecer funcionar como síntesis del compromiso intenso y silencioso de aquellos artistas que habitan la Patagonia y de la experiencia del que viene de afuera y está de paso. Quizá también sea una alusión a la dualidad de visiones y sensaciones que ofrece el serpenteante arte contemporáneo.
Las formas del fin seguirá viaje al Complejo Cultural Santa Cruz (agosto), al Museo del Penal en Ushuaia (octubre) y al Instituto Italo-Latinoamericano, Roma (febrero 2006).
VICTORIA VERLICHAK

