Una de las cualidades más sintomáticas del trabajo de la joven artista costarricense Priscilla Monge es justamente su habilidad camaleónica para activar múltiples estrategias de sentidos, sin que ello suponga el abandono de unos preceptos conceptuales ya estabilizados, que desde inicios de los años noventa actúan como coordenadas de orientación de su poética. Su actual exposición en las salas de la madrileña Galería Juana de Aizpuru, inserta por derecho en el programa de PhotoEspaña 05, no hace sino corroborar la tesis de que estamos frente a una hacedora suspicaz con sobrado dominio de la ironía y con una auténtica destreza para manejarse entre situaciones paradójicas de rango existencial.
La muestra, articulada en torno a catorce fotografías a color de gran formato impresas sobre papel metálico, pareciera dar continuidad no escamoteada a historias y relatos que fueron concebidos en un momento anterior al presente de estas obras. Y es esta precisamente otra de las cualidades atendibles de su propuesta, que acaso funciona como un rasgo de identidad de ésta: la de presentarse como versiones infinitas de un mismo relato que reconoce una fijeza ideoestética, pero bajo azarosas y también certeras incursiones en los dominios formales de muchas técnicas y registros morfológicos a veces contrapuestos.

Desde los inicios de su trayectoria como artista que muy rápido alcanza irrefutable notoriedad internacional, la postulación de un discurso, de una tesis, o simplemente de una idea incluso peregrina, no se vio nunca circunscrita al protagonismo hegemónico de un medio concreto. Muy por el contrario, ha dejado manifiesto su condición travesti, en la medida en que transita de un medio a otro con la misma habilidad con la que el travesti más común se mueve por una nómina alarmante de identidades y roles bajo el concurso eficaz de la corrección cosmética. Pintura, instalación, revelaciones objetuales, tratamiento videográfico y usos con carácter tropológico del soporte fotográfico dan fe de un proyecto poético que cifra sus sentidos últimos en todos aquellos medios que para la ocasión sean capaces de sustantivar los conceptos que pretenden ser expresados.
En su afán por convertirse en relatora de la vida, sus obras son depositarias —en los intersticios de la construcción metafórica–, de reflexiones paradojales relativas a la violencia, a la (in)subordinación frente al habitus, a la agresión de ciertas normas y a fenómenos asociados a la emancipación del sujeto (no importa mucho si femenino o no), respecto de modelos de comportamiento social transidos por infinidad de prejuicios desfavorables. De ahí su recurrencia audaz a un tipo de imaginario popular urbano, en el que se resguarda con celo un amplísimo repertorio de relatos, supersticiones, refranes y sentencias casi atávicas, que la mayoría de las veces no hacen sino condicionar y estrangular la libre actuación ante la cultura y la vida, y a las que resulta imposible negar (aunque se quiera) su alto nivel de rendimiento cotidiano, toda vez que funcionan como axiomas operacionales de la más burda cotidianidad.
En una de las secciones de esta muestra, concretamente la que ocupa una de las salas laterales del espacio galerístico, el Espejo —en tanto superficie especular de profundas implicaciones psicoanalíticas y culturales tributarias de los conflictos de identidad— se revela como un protagonista de lujo. Una vez más, las obras se orientan sobre la base de un ejercicio de emancipación y exorcismo de conflictos ajenos y propios, teniendo como subtexto irónico y como recurso alegórico un tipo de práctica narcisista abiertamente sugestiva. Títulos como Amo mi sexo, Amo mi arte, Amo mi vida, Amo mi piel, Amo mi corazón y Amo mi muerte quedan esbozados como reclamos de un automirada convincente donde se apela a la autoridad del verbo, del discurso, para legitimar una postura. En tal caso, la imagen, la réplica de la artista inscrita en la superficie del espejo a modo de imagen reflejada, es sustituida por la fuerza de la palabra, venciendo así —vaya paradoja— el refrán popular que gusta advertir “que una imagen vale más que mil palabras”. De este modo, las instantáneas exhibidas parecen escribir la crónica de una y muchas experiencias vitales, hurgando en los recodos y dobleces de la psiquis humana.
En las obras que ocupan la otra sala de la galería, Priscilla Monge insiste en retomar sus escenarios aristócratas del té y el café, para desestabilizar ciertas convenciones regidas por la falsa legitimidad de unas posturas políticamente correctas. Los textos escritos sobre las huellas residuales de ambas bebidas terminan por constituir las razones de vida o muerte de muchas personas, en virtud, claro está, de la real trascendencia que para éstas puedan tener una u otras cuestiones puestas en juego. Unas exquisitas tazas de té colocadas con alguna dosis dramatúrgica sobre un tapiz antiguo de excelente factura, y la presencia inquietante de estos textos en los que descubrimos alusiones a la representación, a la lengua, y a la historia, desconciertan el logos de la mirada crítica que termina por sospechar sobre la grandeza de la metáfora allí donde quizás algunos sólo alcancen a presentir los despojos de una existencia.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
