Hasta principios de julio pudo observarse la magna exposición escultórica del octogenario artista plástico mexicano Juan Soriano. Nacido en Guadalajara en 1920, Soriano festeja con este acontecimiento su regreso a la Universidad Nacional Autónoma de México, donde hace 40 años tuvo su primera exposición individual.
La muestra consta de 11 piezas de bronce en gran formato que hacen alusión, sobre todo, a animales ovíparos o incluso a cierta fauna mítica. Las esculturas monumentales de Soriano son expuestas en el jardín frontal a la Facultad de Arquitectura de la UNAM, a un lado del Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA) y muy cerca de la explanada de la Torre de Rectoría. La obra en su conjunto, vista en perspectiva, hace pensar en una suerte de granja beatífica contemporánea, un espacio de zoología fantástica que adquiere movimiento en la medida que el espectador se desplace alrededor de ella. La museografía de la exposición, en ese sentido, logra una dimensión independiente y se presenta como una propuesta estética alterna al valor individual de cada escultura. Expuesta entre árboles y jardineras, la muestra se percibe, entonces, como un bestiario consumado que desata la fantasía del espectador y motiva una atmósfera indomable y agreste. Dicha selección es un esfuerzo por amalgamar piezas que están permanentemente en varios espacios artísticos del país, entre otros, el parque Garrido Canabal de Villahermosa, el Marco de Monterrey, el World Trade Center de Guadalajara, el Auditorio Nacional de la ciudad de México y la Plaza Loreto, también de la capital mexicana.

Todas las esculturas son de bronce y datan, en su mayoría, del año 2000, ya que, por ejemplo, El pato es de 1989, y Gallo, de 1994. La primera pieza, titulada La paloma, que abre por así decirlo la exposición, pues es la primera yendo de norte a sur, es una estructura de más de tres metros de alto por otros tantos de ancho, instalada en la plataforma inicial de la explanada, en clara sugerencia de iniciar el vuelo. En el caso de Toro, la única que no rebasa el metro de altura, si bien remite al poderoso bovino, el hecho de que sea representado en descanso sobre la yerba hace que disminuya el salvajismo de su esencia y se entienda más como un ser lánguido e inocuo. Hay, por otra parte, cuatro esculturas que se definen por su nombre: Pájaro sobre la ola, Gallo sobre la bola, El pato y Gallo. Las efigies de los animales son ubicadas sobre una base amplia que simula el pedestal donde están parados. Llama la atención que en las cuatro haya una sugerencia paradójica en relación con el elemento sobre el que, se dice en inicio, yacen los animales: las extremidades ovíparas son una extensión más de su base. Una suerte de ramificación ambigua, siamesa, entre ambos objetos.
Con Pájaro de dos caras, una estructura también de más de tres metros de alto, se plantea una vuelta de tuerca a la exposición, esto es, se deja de lado el aspecto “realista” de la representación animal y el artista transita a un estadio de abstracción más intenso. La percepción de esta escultura, más que remitirse a una bestia bicéfala, quimérica, tiende a una interpretación más fina del espectador, pues da la impresión de que se trata más bien de un animal sin alas. El efecto bisagra de esta figura desemboca en las piezas que culminan la exposición: Planta (estructura vertical de dos metros de textura erosionada), Dafne (un aro gigante con la representación de una silueta femenina en su diámetro), Ofrenda II (simulación simbólica con varios elementos abstractos) y Máquina de hacer dinero (quizás la pieza más anárquica y abigarrada que bien podría encarnar la abstracción del pensamiento).
La muestra Juan Soriano, Espíritu de formas y escultura monumental, no sólo es una oda sublime a la idea de monumento en su definición más clásica (la constitución de algo fastuoso o grandilocuente), sino también la constatación de que la cadena de obras se recrea a sí misma como una suerte de bestiario contemporáneo, una tribuna silvestre de animales fantásticos y colosales. Con esta exposición, la UNAM contribuye a los festejos de un aniversario más de la vida y obra de Juan Soriano y coincide con el Premio Velázquez de las Artes Plásticas que le otorgó la corona española hace unas semanas.
CARLOS ANTONIO DE LA SIERRA
