Aunque a menudo se habla del arte en términos espirituales o casi religiosos, es extraño que artistas contemporáneos asuman el papel de santo varón, chamán o profeta en forma tan abierta como José Bedia. El artista cubano es miembro de la clerecía de Palo Monte, una secta de la religión afrocaribeña conocida más comúnmente como santería. Bedia también ha estudiado con los lakota en Dakota del sur y con comunidades indígenas de México, a donde emigró en 1991 antes de establecerse en Miami en 1993.
Cuando se les lleva al escenario secular de una galería, la práctica religiosa y el simbolismo pueden dar la impresión de ser simplemente ilustrativos o, lo que es peor, gratuitos. Bedia ha evitado de manera sistemática estas trampas al combinar el vocabulario del espiritualismo, la práctica religiosa y el arte en un estilo visual sincrético semejante a su formación religiosa ecléctica. Sus primeros murales negros e instalaciones site-specific son absolutamente contemporáneos por su desprecio de convenciones rígidas desde el punto de vista conceptual; atraviesan paredes, techos y pisos con formas animales y sistemas de símbolos. Aunque el contenido religioso específico sin duda se les escapa a los no iniciados, el espíritu ágil, salvaje, que impregna las obras de Bedia no requiere representación.

Sin embargo, en este nuevo grupo de cinco acrílicos sobre lienzo, todos de aproximadamente 5 x 8 pies, gran parte de la energía particular de Bedia está limitada por el formato de la pintura tradicional. Cada pintura contiene el título de la obra pintado en blanco y está organizada alrededor de una imagen totémica de cultura industrial a la que Bedia le infunde una especie de patología animista.
Lo que el artista pierde en el fervor desmedido, intenta compensarlo con su crítica política y humor negro.
La tranquilidad de saber que todo está en orden representa una fila de humeantes reactores nucleares que se van perdiendo de vista. La violentada paleta de tonos sucios de negro y gris, con toques espesos de blanco, amarillo pálido y durazno, crea una perturbadora y tóxica atmósfera aliviada sólo por una diminuta figura cornuda de apariencia maliciosa. Suspendida de la parte superior de un reactor, la figura caricaturesca de color negro parece estar marcando la superficie con símbolos místicos en tiza blanca, un componente común del ritual de la santería.
En La vida pudo ser más simple, las cornudas figuras haraganean y fuman sobre un submarino que salió a la superficie y flota hacia el espectador, con su casco lleno de símbolos religiosos pintados con tiza. Más rápido nos hará mejores representa un tren de alta velocidad que se lanza de derecha a izquierda a través del cuadro. El simple y estilizado contorno de la locomotora concentra una animada ferocidad, debido a que su farol delantero se abate sobre una graciosa figura animal que corre a pasos largos y se asemeja a las figuras con cuernos montadas sobre la máquina, marcada también con símbolos religiosos.
Eso no se queda así representa un barco de guerra que se dirige hacia el espectador con cañones llameantes, una dramática imagen lograda con finos toques de acrílico aplicados con cuchillo. Más figuras cornudas vagan y fuman por las diversas cubiertas de la nave, mientras un espíritu orisha que flota en el aire, delineado con tiza blanca (un motivo recurrente de la exposición) se lleva un dedo a la boca como para decir shhhhhhhhh.
La última pintura, Adonde no existe la muerte, era la más conmovedora de las cinco obras. La imagen central es una gigantesca figura que semeja una piedra, llena de grietas, que avanza pesadamente por el cuadro, acompañada de más criaturas diminutas astadas. La sombra de la figura, pintada en aguada clara, parece llevarla hacia un destino indefinido. Mientras las otras pinturas presentan imágenes agresivas suavizadas por títulos irónicamente sencillos y cómicas figuras cornudas, este último cuadro está cargado de patetismo.
Fiel al papel de chamán o profeta, Bedia parece estar sugiriendo múltiples niveles de existencia: el oscuro paisaje envenenado por la avaricia y la agresión; los despreocupados intrusos astados que alegremente negocian el desorden; y los vigilantes aunque aparentemente inútiles espíritus que se ciernen sobre todo. Bedia trató las paredes de la galería con dibujos pintados que les hacían eco a las relaciones dentro de las pinturas y entre éstas (quizás un esfuerzo por alterar la apariencia más bien decorosa de la exposición).
Había también bosquejos adicionales de espíritus pintados sobre las paredes de la galería —arqueadas figuras informes, con cara– que flotaban sobre las pinturas en varios lugares. Como lo indicaban las líneas cortas que salían de sus bocas, los espíritus soplaban aire. Si esto representaba una útil intervención o un juego caprichoso, es la etérea ambigüedad alrededor de la cual giraban los elementos más pesados y oscuros de la exposición.
JOHN EWING
