A siete años de su última exposición individual en Caracas y bajo el título genérico de Obra reciente, José Antonio Hernández-Díez reaparece con una muestra novedosa y atractiva, con claves para entender quién es el artista emigrado y cuáles son sus intereses actuales. Con un lenguaje universal y haciendo guiños a lo nacional, Hernández-Díez continúa renovando las formas y asignando significados a materiales insospechados. Pero en esta ocasión no presenta las obras bajo un título contundente que indique una unidad temática y formal, como lo hizo con las exposiciones San Guinefort y otras devociones,1991 o Soledad Miranda,1998, sino que coexisten varios desarrollos estéticos que parten de su intimidad y su visión de lo cotidiano. El título no es contundente, pero sí preciso: todas las obras son de 2005.
Autorretrato con pantalón y Autorretrato con franela, que se mueven y hacen ruido, son las obras que primero llaman la atención. Son dos instalaciones escultóricas de máquinas que sacuden piezas de ropa usada del artista, una franela y un pantalón, respectivamente. Las máquinas artesanales, construidas con partes y motores usados de diferentes orígenes, son un acontecimiento ellas solas, aunque sirvan a un objetivo mayor. Están hechas sobre esqueletos de bicicletas, sin ruedas ni volantes.

Una de las máquinas usa como motor una batidora eléctrica de cocina, la cual hace girar un rin sin caucho en cuyos rayos suenan pequeños adornos. El rin, a su vez, mueve la cadena que va a los pedales, de donde sale un hilo invisible que sacude, de manera discontinua, una franela azul por una de sus mangas (la otra manga está fija en la pared). La base de la máquina es una rueda de las que se usan en las barras de levantamiento de pesas (de 35 libras).
En el Autorretrato con pantalón, dos máquinas se encargan de sacudir de un lado a otro un blue jean al revés. Estas máquinas no usan la rueda o rin de la bicicleta, sino que un motor, que parece de cuchillo eléctrico, mueve directamente los pedales. La cadena cuelga inútil a un lado. Igualmente inútiles son algunos amarres de goma elástica que parecen estructurales, lo que devela algo de ironía en los mecanismos. Las bases son pies metálicos como de bancos o sillas altas.
La ingeniosa e irónica creación de esculturas mecanizadas de Hernández-Díez está a un largo trecho de la intención de los artistas modernos de incorporar la tecnología al arte y explotar las posibilidades del movimiento. Las máquinas son dispositivos conceptuales y de tecnología doméstica, fabricadas con lo que está a la mano, con los restos de una tecnología más optimista.
Dentro de la misma línea de los autorretratos se exponen tres fotografías en gran formato de prendas de ropa usada en las que se destacan las etiquetas. Se ve la etiqueta de la marca y la de las instrucciones de cuidado, ligeramente gastadas al igual que la tela. Hernández-Díez expone objetos cotidianos, cercanos, que han pasado por el uso, empujones y presiones, al igual que quien los porta, con la diferencia que quienes se ponen la ropa no vienen con instrucciones de cuidado. El título de las fotografías refiere a esta ambigüedad: Cuidado, con diferentes números (7, 8 y 9 las expuestas).
En el piso de la sala hay dos esculturas-pinturas de carácter minimalista. Cada una está formada por tres cajas de Maizina Americana, con su logotipo del águila, una imagen fácilmente reconocible para los venezolanos (“gran producto nacional” proclamaba su eslogan publicitario, que viene rápidamente a la mente). El artista combina cajas de cartón con pinturas monocromas y abstractas para crear unos volúmenes geométricos simples e híbridos, productos de la unión de un elemento típico con la pintura de carácter internacional.
Dos grandes retratos titulados Chica morena con gota, 1 y 2, ocupan una pared. Sobre los rostros morenos aparece en relieve la gota referida: una semi-esfera blanca, lechosa. El elemento compositivo de la gota destaca la fuerza de las miradas de las retratadas.
La instalación Carrera contra la muerte 2 ocupa una sala con paredes de color naranja subido. En el suelo blanco aparece la representación de un recorrido, con esferas naranja que marcan los hitos. Dos extrañas figuras en granito negro, parecidas a murciélagos, son los corredores. Es difícil entender el sentido de todo esto, hasta que un observador entendido explica que las figuras negras representan unos dispositivos anales llevados a un tamaño imposible. Con esta información, comienza a cobrar sentido la obra como un recorrido hacia las entrañas, y se entiende que la competencia no es de velocidad sino de tamaños del dispositivo, hacia la muerte.
Fue necesaria una clave para comenzar a entender el sentido de una obra; probablemente hay otras claves por interpretar en la muestra, como el sentido de la gota blanca. La obra de José Antonio Hernández-Díez es un reto, porque sugiere sentidos difíciles de expresar y se maneja en el espacio de las ambigüedades, aunque con títulos claros y dentro de los códigos contemporáneos. El espectador sale sacudido por el giro hacia lo profundo que ha tomado la cotidianidad.
SONIA CASANOVA
