Exposición Individualsept 2005 - nov 2005· Por John Ewing

Javier Téllez

The Bronx Museum of the Arts

En 2003, cuando Javier Téllez renunció a la invitación oficial de representar a Venezuela en la Quincuagésima Bienal de Venecia —mediante una carta abierta por vía e-flux— habló de permanecer “al lado de los excluidos de nuestra sociedad”, a quienes describió como “individuos invisibles dentro de la estructura social: los enfermos mentales confinados en hospitales psiquiátricos, los prisioneros y las poblaciones de los tugurios”, y finalizó diciendo que “nunca he creído en la autonomía de la obra de arte sobre el contexto social”.

Rechazando el patrocinio de un gobierno al que consideraba intolerante y corrupto, Téllez identificó la autonomía como el ingrediente indispensable de su vida personal y su obra. En marcado contraste, fue precisamente la ausencia de autonomía personal lo que impregnó el proyecto de Téllez en el Bronx Museum. Empleando diversos medios y múltiples voces, el artista, quien reside en Nueva York, construyó un compuesto de subyugaciones coincidentes —psicosis, abuso de drogas, opresión institucional, racismo representado como hecho histórico, entre otros— pero le faltó poco para sugerir que la autonomía es posible para cualquiera de sus sujetos.

Exposición Individual: Javier Téllez — imagen 1
Javier Téllez. S-T-E-R-E-O-V-I-E-W, 2004. (Bronx Psychiatric Center). Videoinstalación. Foto: Cathy Carver.

S-T-E-R-E-O-V-I-E-W, parte de Conversaciones con la colección permanente, actualmente en curso en el museo, prolonga la colaboración de Téllez con los enfermos mentales, un tópico que refleja su niñez como hijo de dos médicos psiquiatras. Trabajando esta vez con el Bronx Psychiatric Center, Téllez realizó entrevistas de audio y grabó videos dentro y fuera de la institución e invitó a pacientes a que expresaran sus reacciones ante la Colección Stanley Burns del museo, consistente en fotografías del siglo XIX de afroamericanos, en especial antiguas postales estereoscópicas. Los pacientes hicieron globos al estilo de las tiras cómicas para poner palabras en boca de los personajes de las fotos, en especial, niños y adultos negros que sugerían o representaban abiertamente estereotipos racistas. Para organizar y presentar este material, el artista aplicó varios motivos: una vista binocular y pájaros (estos últimos eran los menos originales, además de totalmente desafortunados, dada la simplista alusión a Atrapado sin salida). En el centro de la galería oscurecida, Téllez colocó una pajarera a escala humana hecha de triples, en la cual se cortaron dos orificios circulares para permitir la vista (o para posarse: en el exterior había gallos montados bajo los huecos). Las tarjetas estereoscópicas, las entrevistas de audio y el video se editaron juntos para crear un montaje fragmentario que se presentó como dos proyecciones separadas y casi idénticas una al lado de la otra sobre una pared de la galería.

El motivo binocular, sugerido por los orificios de la pajarera y las proyecciones duales, se hacía torpemente evidente en el video. En éste, los pacientes (hombres todos) hablaban con calma sobre la vida dentro y fuera del hospital. A veces locas pero a menudo elocuentes, sus historias contaban cómo habían aprendido a sobrellevar su enfermedad mental y su estatus como extraños, para emplear un término de Téllez. Mirando con binoculares por ventanas enrejadas, los pacientes parecían los últimos internos. Particularmente conmovedor era un hombre que representaba I Feel Good, de James Brown, cantando y bailando por un estrecho corredor de hospital.

Entre estos segmentos había tomas de transición del exterior de la enjaulada institución, acompañadas de una torpe pista sonora de pájaros que gorjeaban. Las tarjetas estereoscópicas aparecían al azar en el video y ofrecían una silente refutación a las divagaciones, más fluidas y audibles, de los pacientes. No había un vínculo aparente entre estos materiales, pero era imposible anular el desangre de información que ocurría de manera natural. Una imagen de una mujer sonriente que amamantaba a un bebé llevaba un balón donde se leía “Espero que cuando yo crezca ella tenga comida sólida”. Otra, de un niño parado junto a un estanque, decía: “Mucha gente me llama mestizo bastardo”.

Podíamos imaginar estas líneas pronunciadas por las voces que estábamos oyendo y entretejidas en sus historias de miseria, fantasía y sueños comprometidos. Sin embargo, debido a que estas voces eran múltiples —y muchas manos participaron en este proyecto grupal—, ¿no estaremos más que proyectando nuestras propias conclusiones? En toda esta información la voz del autor es fugitiva, cambiante y, en última instancia, inidentificable. De hecho, es lo único autónomo del proyecto de Téllez.

Dentro de la pajarera, unas cien o más bolas de plástico blanco estaban atornilladas al techo en racimos casuales. Aunque son muy populares como juguetes para pájaros, en este contexto nos sorprendían como pensamientos dispersos que golpean contra el cráneo y otras capas de confinamiento. Esta triste e inquietantemente calmada obra ofrecía muchos puntos de referencia pero ninguna tesis central para navegar por sus intersticios. Nos dieron estéreo donde se necesitaba mono.

JOHN EWING

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