El tema de la frontera entre México y Estados Unidos es fundamental en el arte de Jaime Ruiz Otis. Lo que hace que su obra sea característica es que el artista evita la imaginería típica asociada con este género y trabaja, en cambio, con una estética minimalista, fusionando inquietudes sociales y económicas con formas abstractas. Siete proyectos de esta línea de investigación conformaron su reciente exposición en el Museum of Contemporary Art de San Diego. En ella, cada objeto estaba hecho esencialmente de un solo ítem prefabricado. Con frecuencia, los materiales se hacían casi irreconocibles en su nueva forma, como en la instalación de la galería del primer piso. Introfotosensiproyecta, 2005, la primera obra que el visitante encontraba, consistía en docenas de paneles rígidos de plástico gris, todos del mismo tamaño (aproximadamente 3 x 5 pies). Algunos estaban unidos para construir muros y barreras, mientras que otros colgaban libremente a diferentes alturas y ángulos uno del otro. Los paneles dividían el salón en nichos, obstruyendo el libre movimiento a través del espacio y creando un efecto casi laberíntico. Sensores de movimiento detectaban el momento en que un visitante entraba en la galería tenuemente iluminada, y entonces empezaban a escucharse golpecitos y a verse destellos de luces detrás de diversas construcciones plásticas. Sólo después de leer la etiqueta del objeto se podían reconocer los paneles como pantallas de televisores de plasma, lo que explicaba su leve curvatura y la alternativa opacidad y reflexión de diferentes lados. Es muy posible que estas pantallas hayan sido tomadas de televisores desechados o que la fábrica las haya descartado en el momento del ensamblaje, lo que no es una fuente inusual para Ruiz Otis, quien, de hecho, construye todas sus obras con materiales recuperados de las canecas de basura de las maquiladoras, es decir, fábricas de Tijuana.

El resto de la muestra estaba instalada en una galería del segundo piso. Allí se podía ver el trabajo de Ruiz Otis en otros medios diferentes como pintura, escultura y grabado. Por ejemplo, en Tapete radial, 2001, el artista amarró segmentos de viejas llantas radiales para formar un tapete escultórico redondo que colocó directamente sobre el piso. Su forma circular imitaba la de su fuente, un neumático. Lo que era notorio de inmediato en la lustrosa superficie negra era la diversidad de texturas y diseños de las distintas bandas, un rasgo raras veces apreciado, convertido en un objeto para contemplación estética. Otra obra, Estela, 1998-2005, enfrentaba la pintura abstracta. Aunque al principio parecía ser un tradicional óleo sobre lienzo, sólo al examinarlo más de cerca se podía ver que era un trozo de tela teñido en forma industrial y templado sobre un marco de madera. Los materiales de Ruiz Otis son por lo general encontrados, por lo cual son gratis, resaltando la ironía de su papel en una cultura mercantilista. Estos materiales han entrado y reentrado al mercado en diferentes puntos: como materias primas originales que fueron enviadas a las fábricas; luego, como productos de consumo y, más recientemente, como obras de arte. Esta ironía es muy bien exagerada por la limpieza y el cuidado recién descubiertos que estos productos de desecho reciben una vez entran al mundo del museo; es como si el caucho de Tapete radial nunca hubiese estado tan limpio y brillante antes de que el museo lo comprara.
La frontera entre México y Estados Unidos es sólo un punto de partida para Ruiz Otis. Su obra, en realidad, examina las dinámicas más amplias de las relaciones entre los dos países. El desecho industrial generado por las maquiladoras que fueron creadas en pueblos fronterizos, como resultado del NAFTA a principios de la década de 1990, le da a Ruiz Otis un punto de entrada a esta relación. Algunos objetos, como Tapete radial, están hechos del desperdicio que Estados Unidos decide no votar allí debido a leyes ambientales nacionales; en el caso de esta obra, son llantas que envió a México para que éste las manejara. Estas obras hacen observaciones sobre problemas más grandes de comercio y políticas internacionales, y describen con facilidad la relación de Estados Unidos con varias naciones. Las connotaciones globales también encuentran eco en el lenguaje formal de Ruiz Otis. Las pinturas en tela del artista alemán Blinky Palermo, el neoconcreto Nuclei del brasileño Hélio Oiticica, así como las obras para piso del minimalista estadounidense Carl André, parecen converger todas en su lenguaje visual. Esta obra resuena mucho más allá de la política local del límite entre San Diego y Tijuana.
Esta exposición fue instalada en la galería satélite del museo, en el centro de San Diego. Aunque sólo recibió dos galerías pequeñas, la curadora Rachel Teagle aprovechó muy bien cada centímetro de espacio, incluida la pared del descanso de la escalera que conectaba las dos galerías. La exposición fue parte de la serie Cerca, del museo, de exhibiciones más informales diseñadas para abrirles campo a artistas locales emergentes y atraer a un público más diverso. Ruiz Otis también es el primero en recibir, y desde luego lo merecía, el premio Art up que el museo creó para nuevos talentos.
ALECA LE BLANC
