En años recientes ha habido una proliferación de festivales de fotografía alrededor del mundo. Lo que comenzó en Arles y llegó a este continente vía FotoFest (Houston) es ahora una red de festivales que incluye Barcelona, Cracovia, Medellín, Ciudad de México, Montreal, Rotterdam, Portland, San Francisco, São Paulo, Estocolmo, etc. Aunque muchos no lo saben, todos estos eventos son parte de un proyecto cooperativo que lleva el nombre de Festival de la Luz. El punto de esta cooperación internacional es compartir recursos, intercambiar exhibiciones y establecer una cronología que asegure no sólo que ningún festival interfiera con otro sino también que haya uno en cada estación, cada mes, y hasta cada semana.
Los Festivales de la Luz tienen ciertos rasgos que los identifican inmediatamente como tales: una multitud de exhibiciones, unas cuantas ponencias y muchas codiciadas revisiones de portafolios donde a menudo se ven las obras más vigorosas. Los apuntes que siguen son sobre dos de estos festivales recientes: Encuentros Abiertos.04 (Buenos Aires) y FotoArte 2004 (Brasilia). Encuentros Abiertos recoge la idea original arlesiana de “encontrarse”, mientras que el neologismo del segundo es un obvio intento de establecer que de hecho la fotografía es un medio para hacer arte –punto éste que desafortunadamente aún hoy es necesario subrayar. No obstante, es igualmente importante añadir que el medio también se usa para documentar, vender y registrar datos, y que éste –junto con todos los otros medios visuales– son meras provincias de la fábrica de imágenes. Siempre es saludable hacer estas aclaraciones para que el lector esté al tanto de los prejuicios del escritor en este asunto.

Como en toda versión del Festival de la Luz, en FotoArte 2004 hubo exhibiciones nacionales e internacionales. Una de las últimas fue una exhibición antológica de la obra de Jacques Henri Lartigue (1894-1977). Lartigue fue uno de los principales contribuyentes a la estética fotográfica moderna. Antes de él, la estética académica y romántica del dibujo y la pintura había servido de modelo para la fotografía. Lartigue fue doblemente afortunado al encontrarse con un mundo en rápida evolución y con un medio vastamente inexplorado. Fue uno de los pioneros de la instantánea familiar íntima y de la fotografía de la calle. Al mirar sus obras es difícil decir si acaso Lartigue se entusiasma más por las carreras de automóviles, los primeros vuelos de aeroplanos, los estilos de vida modernos o el medio de representación con el que observa todo esto.
Entre las exhibiciones nacionales, la Colección Pirelli (MASP) de Fotografía fue la más exhaustiva y diversa. Pocos países se pueden jactar de tener una colección de su patrimonio fotográfico tan inteligentemente concebida que se cristaliza a medida que crece. Destacada prominentemente en la muestra estaba la obra del fotógrafo brasileño-japonés Haruo Ohara. Aunque la estética de Ohara muestra indicios de los Foto-clubs de los cincuenta, hay también en su imaginería una sensibilidad singular que combina sutilmente al cine neo-realista italiano con Akira Kurosawa.
El propio FotoArte fue una especie de IRM de las tendencias actuales en la fotografía brasileña. En el terreno conceptual, la exhibición de Rosângela Rennó El Archivo Universal y Otros Archivos repara en la ubicuidad de los álbumes fotográficos de antaño. En una serie de instalaciones hechas en mesas de doble tablero, Rennó coloca en el tablero inferior álbumes reales bajo sus imágenes fotográficas en el tablero superior. Este arreglo produce una suerte de trompe l’oeil fallido que —no obstante— logra aludir auto-referencialmente al papel ambivalente del medio fotográfico en el mundo moderno como reemplazo de lo real que no logra su cometido.

La exposición de Valdir Cruz Rostros de la Selva es una seria contribución a una tradición en la que varios fotógrafos brasileños han dejado marca. Desde Claudia Andujar, Nair Benedicto hasta Maureen Bisilliat (el orden no es cronológico), las poblaciones indígenas de Brasil han recibido la peor parte del lema nacional Orden y Progreso. La pesquisa fotográfica de Cruz nos informa que un orden de otra índole —el de los habitantes originales de las selvas tropicales de la Amazonía— está desapareciendo con el avance de un progreso que no necesariamente implica mejora. La obra de Cruz abarca no solo la gente sino también el paisaje. Su obra más reciente enfoca la disminución en las caídas de agua a lo largo del Río Paraná. Aunque estas obras pertenecen al género del paisaje, para los nativos primordiales que viven en comunión con la naturaleza –como el personaje Dersu Uzala de Kurosawa– las cataratas son también “gente”.
Sin embargo, estas exhibiciones fueron sólo la punta del témpano. Los organizadores de los Festivales de la Luz tienen el buen sentido de incluir siempre obras de artistas emergentes. Tal es el caso de la serie de Clarissa Borges Con los ojos de otro. Estos retratos apareados de parejas han sido mínimamente manipulados con medios digitales de tal manera que los ojos de él terminan en ella, y los de ella en él. El espectador incauto quizá ni siquiera se percate de nada excepto que los hombres tienen una mirada un tanto afeminada. Sin embargo, son las caras de las mujeres las que sufren la mayor y más inquietante transformación.
Dos artistas mexicanos hicieron memorables presentaciones. Ante un colmado auditorio Pedro Meyer –quien bien pudiera rechazar el apelativo de “artista”– ofreció una suerte de memoria crítica. Meyer es uno de los pioneros de la fotografía digitalmente manipulada a nivel mundial y el fundador de zonezero.com (el sitio de fotografía más visitado del Internet). El otro artista, Juan Jose Diaz Infante, heredero del legado de Ángel Cosmos, orquestó un performance de múltiples medios en el que un músico brasileño armado con un hacha, destruyó literal y musicalmente el monitor de un televisor en el que se mostraba un video de él mismo ejecutando el acto más benigno de simplemente tocar música.

Los Encuentros de Buenos Aires se enmarcaron en la arquitectura de una ciudad más imbuida de una grandeza de fin-de-siglo que de la utopía moderna de mitad-de-siglo de Brasilia. En el epicentro del evento estaba la exhibición de Chema Madoz El Sueño de los Objetos, un nombre apropiadamente ambiguo entre los sueños que tenemos acerca de los objetos y los sueños que ellos mismos tendrían de sí mismos si acaso soñarán. El progresivo asalto de Madoz a las expectativas del espectador ha llevado a muchos a confundir su estética con las asociaciones oníricas y/o automáticas del Surrealismo. Sin embargo, la estética de Madoz es a la vez más calculada y más poética. Explota coincidencias de formas en los objetos que nos llevan a pensar que ellos pudieran cumplir funciones diferentes a las que alguien les impuso. No se apunta a la irracionalidad de los sueños humanos sino a cierta racionalidad desvariada de los objetos. De allí la idea que los objetos –confundidos acerca de su verdadera identidad –pudieran estar soñando para sí mismos una existencia diferente.
La imagen especular de la exhibición de Madoz fue Distancia y Proximidad: Fotografía Contemporánea Alemana cuyo núcleo era la obra de Bernd y Hilla Becher. Incluía además, obras de otros celebrados fotógrafos alemanes como Candida Höfer y Andreas Gursky que acusan el impacto de la afinidad de la pareja por Sachlichkeit (la “cosidad” del mundo). En esta tradición fotográfica no hay momento más decisivo que otro, ningún proyecto humanista más allá del documento fotográfico, casi ninguna revelación personal, ningún comentario sobre el medio, ni ángulo moderno; sólo la insoportable pesadez de los hechos visuales de un mundo cada vez más occidentalizado y los arrebatos ocasionales de un romanticismo sehr alemán. Aunque la repetición y la permutación tienen sutiles virtudes, la obsesión de los Becher con objetos del mismo tipo podría parecerle al espectador inocente un tanto compulsiva. Algunas de las imágenes más conocidas de Gursky de hoteles, supermercados y otros espacios públicos de hecho guardan un parecido de familia con el enfoque clínico, distante e industrial. Es posible que se requiera tener lo que Kant llamaba un “interés desinteresado” para entender el mundo que hace estas imágenes posibles.
En Buenos Aires hay una galería cuyo compromiso con la fotografía es destacable: Arte por Arte. Es lo suficientemente espaciosa como para haber albergado varias exhibiciones en sus múltiples niveles. Una de las más interesantes fue la de Jorge Bispo, un fotógrafo brasileño que hizo que varios hombres muy masculinos se pusieran vestidos blancos de novia. Hasta el momento de participar en este proyecto estos hombres no habían tenido vocación alguna por ponerse ropa de mujer. Bispo respeta las convenciones de este tipo de retrato comercial en cuanto poses y encuadre, y es justamente ésa la fórmula que le da viabilidad a este choque del físico masculino con la prenda de vestir femenina.

Buenos Aires tiene una abundancia de edificios que aunque no son nuevos ni diseñados originalmente para mostrar arte, han sido convertidos en salas de exhibición de primera. Uno de los más impresionantes es el Palais de Glace, un edificio art nouveau, que solía ser una pista de patinaje. Allí se mostró una exhibición española de fotografía y poesía en la cual la obra de Manuel Sonseca ejemplificaba mejor el concepto. Otro espacio importante es el del Centro Cultural del Teatro San Martin, donde hay una pequeña galería que albergó la muestra celebratoria de la arquitectura moderna de Cassio Vasconcellos; y dos mezzanines donde Jan Van Leeuween mostró solemnes obras sobre el Holocausto y escenas bíblicas. En los numerosos salones de Las Recoletas un sinnúmero de muestras se sucedían una trás otra; desde las intrigantes imágenes del desierto de Namibia de Elaine Ling, hasta los ganadores del Premio Oscar Barnack de Leica (Andrea Hoyer y Narelle Autio), y la muestra colectiva Anónimos/Sinónimos/Antónimos. En el Centro Cultural Borges, situado en la planta alta de un lujoso centro comercial, se mostraron: El Último Viaje de Roberto Huarcaya (las aciagas imágenes de automóviles destrozados en accidentes), Sombras de Silencio de John Demos (la penosa vida en una pequeña ciudad griega), Hombres de Carbón de Luis Lares (la oscura vida de los mineros del carbón), y La Ideología del Color (una reflexión sobre el color de la piel a través de los medios dispares de la fotografía y el collage) de Fernando Castro (un homónimo).
En una era de conexiones globales, el Festival de la Luz ha establecido un sistema de comunicación que tiende a disminuir la verticalidad de las relaciones internacionales en el mundo del arte y el malhumor de relativistas extremos sin menoscabar sus válidos reclamos de ser diferentes. Las gentes en el mundo de la fotografía muestran cierta reverencia por el pasado y curiosidad por la novedad, aunque todo con moderación. Sociológicamente hablando, parecen más predispuestos a cooperar que otros grupos en el mundo del arte.
FERNANDO CASTRO R.

